MONÓLOGO ANTINATURAL

Por Luisa Martínez Saldarriaga


Fuente - Pinterest


Se suponía que sería mía, personal: la forma de navegar mi casa, mi templo.

Esa nativa manera de sacudir mi mundo interno;

el salvavidas que siempre supe abrir con un estilo natural.

Mover mi cuerpo, ¡y mis ideas!

Levantar mis alas y sacudir mis antenas;

tan fuerte como pudiera, tan dulce como quisiera.

¡Mis antenas! Tan deseosas de sintonizar con su ritmo original.

Bailar, lo que fuera y cuando fuera,

era ese grito infantil que me rescataba cuando el verbo ya no era suficiente. 

—¿Infantil? —

¡Sí! Eso creí.

Así le decimos a veces a lo que nace de manera genuinamente salvaje.

¡Qué alarido interno tan delicioso!

Pero —¿puede ese impulso ser la chispa que ilumine una vida entera? —

¡No! Eso creí.

Y es que estaba tan acompañada e invadida,

que, a lo mejor, lo único en el mundo que siempre fue realmente mío era ese rugido;

pero por desgracia era solo uno.

Uno luchando contra miles de murmullos ajenos, inaudibles y constantes;

todos repitiendo: “no es, no eres para tanto”.

Ese barullo casi ensordeció mi melodía;

sin embargo, ella persistió, aunque en segundo plano;

como una antigua canción favorita que solo se escucha a veces.

Hasta que de pronto un día me vi amándome en los ojos de alguien más;

Pero —¿cómo sería tal cosa posible y qué tiene que ver el amor con todo esto? —

¡Todo, absolutamente todo!

Y es que ocasionalmente se precisa el préstamo de una mirada externa,

atenta, atónita y neutral que actúe como espejo;

desafiándonos a admitir aquello imperceptible a nuestros ojos somnolientos.

Para mi sorpresa y fortuna, así fue: primero fue una, luego vinieron decenas;

después quizás cientos de miradas.

Estaba lleno el público y también el escenario, pero en el éter solo estaba yo,

entonces me permití conectar con el susurro;

esta vez con el que habita dentro de mí.

Y ese día al fin, lo vi: a mi gran amor.

Allí estaba regresándome con pureza un querer que yo le había entregado condicionado.

Pero yo, estaba de igual manera arrepentida y aliviada,

pues entendí que realmente nunca le abandoné, era imposible;

de la misma manera que no es posible separar un producto de su materia prima.

Ese fue el momento en que comprendí que la danza está y siempre estuvo ahí,

literalmente en cada paso.