¿Por quién y cómo se gestiona la alternatividad cultural?

Por Jorge Padula Perkins



¿Quién gestiona las culturas alternativas? ¿necesitan éstas de gestores culturales? ¿desean los gestores culturales incursionar en la alternatividad o la contracultura? ¿cómo se gestiona una cultura de esa índole?. Todo parece indicar que quien se presupone atento a la detección y promoción de emergentes culturales auténticos, mira al mundo cultural con los “anteojos” que la sociedad le ofrece para ello y no con las lentes atrevidas y francamente revolucionarias de la contracultura.


Gestor – cultural – gestión – culturas – alternativas – contracultura – hegemónica – contrahegemónica – actores – socioculturales
-Formemos gestores culturales-, -seamos gestores culturales-, -garanticemos la gestión cultural-… parecen ser las consignas con las que se manejan los intelectuales del siglo XXI tras haber dotado de esta abarcadora denominación a todos aquellos que se ocupan por diseñar, planificar, ejecutar y evaluar proyectos de características culturales.


Es entonces que las instituciones educativas forman especialistas en tal sentido a través de la generación de nuevas carreras para esta naciente disciplina y se supone que los públicos, los artistas, los políticos, los productores, los ciudadanos en general, demandan la pronta y efectiva intervención de los gestores culturales para satisfacer sus necesidades en tal sentido.


Un ejército de gestores de la cultura egresa de los centros de formación dispuesto a llevar adelante una lucha sin cuartel contra la exclusión cultural, a defender los bienes patrimoniales, a reivindicar las expresiones intangibles y a apoyar las manifestaciones culturales emergentes de distintos sectores de la sociedad.


Algunos más orientados al diseño y administración de canales de expresión artística mediante la utilización de herramientas del marketing, otros persuadidos del valor identitario y liberador de la cultura desde una perspectiva sociológica que involucra a todas las prácticas sociales y demanda lineamientos políticos, en medio de una amplia gama de profesionales dispuestos a hacer valer su formación del modo que fuere, siempre que se les asigne el rol coordinador del quehacer cultural.


Sin embargo, todos bajo el común denominador de ser gestores de la cultura “vigente” en cuyo marco se capacitaron como tales.


Pero ¿Quién gestiona las culturas alternativas? ¿necesitan éstas de gestores culturales? ¿desean los gestores culturales incursionar en la alternatividad o la contracultura? ¿cómo se gestiona una cultura de esa índole?


Vicente Romano (2005) plantea una forma de alternatividad cultural revolucionaria por entender que “la cultura predominante del neoliberalismo propugna e impone la unificación de la economía y del pensamiento a nivel mundial”, razón por la cual invita a “organizar una cultura que permita a los seres humanos ser lo que desean ser, y no lo que los condicionamientos y penurias actuales les imponen. Esta hermosa tarea tiene que ser, necesariamente, solidaria y colectiva, es decir, humana en el sentido estricto del término. Pues la solidaridad y la cooperación es lo que distingue a los seres humanos del resto de los animales”.


Sigue diciendo que “ahora impera la cultura de la competitividad, la explotación, el interés particular, la discriminación, la comercialización de los sentimientos y de la intimidad, etc.” Y que “como alternativa a esta cultura deshumanizada existe el humanismo revolucionario. La visión humanista del futuro, el aspecto positivo de la utopía, parte de la rebelión contra esta civilización, por mutilar los rasgos más humanos de las personas y por ser la causa de los vencidos de hoy. La cultura humanista contiene y propugna valores alternativos como la igualdad, la amistad, el respeto a la propia persona, a la diversidad, etc.”


Jessica Kreimerman (2005) tiene otra mirada en torno de la alternatividad cultural. Se pregunta antes que nada ¿alternativa de qué? Y responde que “en general, es de una manera de vivir que no permite que los individuos seamos libres, nos conectemos a la divinidad interna, y confiemos en nuestra intuición y corazón para las decisiones que nos conciernen” y afirma que el camino para el cambio se transita “recuperando sabiduría milenaria de tantas tradiciones como culturas han habido en el mundo” y “reparando heridas que venimos cargando de generación en generación”.


“El movimiento de la cultura alternativa –continúa diciendo- se dirige hacia el amor sin miedo y hacia la salud total: de mente, cuerpo, emociones, voluntad y espíritu. Las herramientas son múltiples pero la meta es la misma: reconectarnos, cada uno de nosotros, a la Fuente Primordial”.


La búsqueda misma de manifestaciones que se autodenominen como cultura alternativa o contracultura, implica el hallazgo de fuentes poco ortodoxas que, paradójicamente, habrán de citarse tratando de seguir los parámetros académicos reconocidos por la cultura vigente.


En este sentido, en el canal http://www.myspace.com/culturaycontra se hace referencia a la música electrónica como expresión contracultural. Su responsable define la contracultura señalando que refiere a “los valores, tendencias y formas sociales que chocan con lo establecido”. Advierte que el vocablo debe entenderse en dos sentidos, uno como “ofensiva contra la cultura (oficial)” y el segundo como “cultura a la contra” que permanece “al margen del mercado y de los medios masivos”. Se trata entonces, afirma, de “manifestaciones culturales que se presentan como una alternativa a la cultura predominante”, por lo general “preservadas y transmitidas por pequeños grupos sociales”.


“La cultura alternativa tiene su revista” asevera la publicación on line “24 CON” al presentar a “Como loca mala”, un producto gráfico autodefinido como dedicado “a la difusión de los artistas en movimiento, los escritores alternativos y la cultura independiente”, desde “una mirada estética, periodística y literaria”.


“Cultura alternativa” se denomina un completo blog sobre “tatuajes, piercings y otras modificaciones corporales” y “cómo afectan la manera en que lucimos y cómo las ve la sociedad”.
Con una fuerte convicción ideológica en cuanto al poder de la hegemonía cultural imperante, Federico Pollieri (sin fecha), se pregunta ¿Cuál es el lugar que ocupa la cultura alternativa, de oposición o contracultura? Y responde que “puede decirse que todas o casi todas las iniciativas y contribuciones, aún cuando sean manifiestamente alternativas o de oposición, en la práctica se hallan vinculadas a lo hegemónico. He aquí la profundidad de la hegemonía cultural. Para decirlo más simple: la cultura dominante produce y limita a la vez sus propias formas de contracultura”.
No obstante destaca que “de todas formas, y aún asumiendo la profundidad de las hegemonías culturales, sería un gran error descuidar la importancia de las manifestaciones culturales que, aunque se encuentren afectadas por los límites y las presiones hegemónicas, constituyen -al menos en parte- rupturas significativas y aún cuando pueden -también en parte- ser incorporadas o neutralizadas, en lo que refiere a sus elementos más activos pueden mantener su independencia y originalidad. (Ibidem).


“Una hegemonía es siempre un proceso compuesto de experiencias, relaciones y actos y no se produce de modo pasivo: es permanentemente desafiada y resistida por otras presiones que constituyen los momentos contrahegemónicos o de hegemonías compartidas”, sostiene al respecto Portantiero (2008) y agrega que “si la hegemonía, por definición, siempre es dominante, jamás lo es de modo total o exclusivo... por lo que los procesos culturales no deben ser vistos como simplemente adaptativos” sino dotados de una complejidad en la que se articulan “la dominación y la resistencia” (Ibidem.)


A la luz de las referencias presentadas, se aprecia que la expresión “cultura alternativa” es francamente polisémica en cuanto a qué es aquello que representa la alternatividad. Sin embargo, queda claro que se trata de formas culturales, por lo general productos de una cosmovisión particular, discrepantes con la cultura preponderante en la sociedad en su conjunto.
La cultura alternativa parece entonces provenir de lugares muy diferentes entre sí, cuyo común denominador es solamente la oposición a las formas hegemónicas. Economías sustentables, medicina complementaria, desarrollos ecológicos, propuestas revolucionarias, arte no convencional, pacifismo, misticismo, naturalismo, humanismo, vanguardias, son sectores sociales que de una u otra forma pueden encuadrarse en el concepto general de contracultura o cultura alternativa.


En este sentido, la identidad cultural, que sería el factor aglutinante y a la vez diferenciador de esos grupos de culturas alternativas, aparece “como una adscripción ‘fluida’, que se genera en la interacción social”, y “se forma libremente entre pares” (Lomnitz, 2008).


Según Raymond Williams (citado por Auyero y Benzecry, 2008), una cultura incluye “elementos dominantes (los hegemónicos dentro de la sociedad), residuales (aquellos que provienen de períodos pasados pero que aun se mantienen relativamente activos) y emergentes (aquellos que son parte del futuro y contradictorios con los elementos hegemónicos del presente de la sociedad).


Paradójicamente, esos emergentes sociales contraculturales, no suelen ser planificados por gestores culturales sino por líderes sociales o artísticos provenientes de una clara externalidad respecto de la cultura socialmente imperante.


El gestor cultural es producto de la cultura hegemónica o de las formas, también concentradas, de contrahegemonía, institucionalizadas al fin.


Como en un laberinto paradojal, quien se presupone atento a la detección y promoción de emergentes culturales auténticos, mira al mundo cultural con los “anteojos” que la sociedad le ofrece para ello y no con las lentes atrevidas y francamente revolucionarias de la contracultura.
Los actores socioculturales alternativos suelen ser, por el contrario, radicalizados en su rechazo a todo lo proveniente de la estructura y de la dinámica de la sociedad como colectivo imperante. La alternatividad se vincula también a la no aceptación de los procesos de significación y atribución de valores, construcción del conocimiento, interacción y difusión y en ellos está involucrado el gestor cultural, con todo su bagaje proveniente de la cosmovisión generalizada de la que la contracultura reniega y se aparta.


Un post titulado “Por un movimiento contracultural en las organizaciones” (http://dsanchez.blogs.mondragon.edu/2009/06/14/por-un-movimiento-contracultural-en-las-organizaciones/) caracteriza lo contracultural en base a conceptos provenientes del libro “La contracultura a través de los tiempos”, de Ken Goffman. Entre otras cosas, se señala que “las contraculturas conceden la primacía a la individualidad por encima de las convenciones sociales y las restricciones institucionales”, “desafían el autoritarismo tanto en sus formas obvias como en las sutiles”, “están a favor del cambio” e incluyen la práctica de “lo que Nietzsche llamó ‘transvaluación’, una filosofía y un modo de vida que supone experimentar continuamente con el cambio de sistemas de valores, las percepciones y las creencias como un fin en sí mismo”.


¿Cuál es el espacio de acción que tendría un gestor cultural en ese contexto filosófico y vivencial? Posiblemente ninguno o por lo menos ninguno mientras pretenda hacer ejercicio formal de su rol asignado por la sociedad hegemónica.


“La contracultura –afirma un comentario en dicho post- no es una cultura en el sentido que no busca destilar unos valores de un colectivo sino aceptar con naturalidad los que cada uno trae consigo. No hay gestión cultural en la contracultura, no es sustituir unos valores por otros sino entender que cada persona tiene sus creencias y no hay motivo para buscar un mínimo denominador común en todas ellas.”






Bibliografía y fuentes:


· Auyero, Javier y Benzery, Claudio (2008): voz “Cultura”. En: Altamirano, Carlos: Términos críticos de sociología de la cultura, Paidós, Bs.As.
· Kreimerman, Jessica (2005): “Introducción a la cultura alternativa”. En línea: http://www.redplanetaria.com/4/content/view/1108/11/ [Consulta: 17-doc-2009]
· Lomnitz, Claudio (2008): voz “Identidad”. En: Altamirano, Carlos: Términos críticos de sociología de la cultura, Paidós, Bs.As.
· Pollieri, Federico (sin fecha): http://www.gramsci.org.ar/12/polleri_heg_cult_lucha.htm [Consulta: 18-dic-2009]
· Portantiero, Juan Carlos (2008): voz “Hegemonía”. En: Altamirano, Carlos: Términos críticos de sociología de la cultura, Paidós, Bs.As.
· Romano, Vicente (2005): “Valores para una cultura alternativa”. En línea: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=22965 [Consulta: 17-dic-2009]
· http://www.myspace.com/culturaycontra [Consulta: 17-doc-2009]
· http://www.24con.com/conurbano/nota/25144-La-cultura-alternativa-tiene-su-revista/ [Consulta: 17-doc-2009]
· http://www.comolocamala.com.ar/index.php?option=com_content&view=section&id=7&Itemid=7 [Consulta: 17-doc-2009]
· http://culturaalterna.blogspot.com/2004/08/el-tatuaje-maori.html [Consulta: 17-doc-2009]
· http://dsanchez.blogs.mondragon.edu/2009/06/14/por-un-movimiento-contracultural-en-las-organizaciones/ [Consulta: 18-dic-2009]