Por Karla Maldonado
IG @karlamaldonado.n
Hace algunas noches me encontraba acostada en mi cama en posición fetal, lista para dejarme caer en los brazos del sueño. Ahí, en el limbo entre el inconsciente y el consciente, en cuestión de milésimas de segundos, un pensamiento detonó un recuerdo que no esperaba tener en ese momento. La posición fetal me recordó a cuando era una bebé, y me pregunté: ¿cómo fue la primera vez que llegué al mundo? Entonces, imágenes y sensaciones aparecieron, sin saber si estaba soñando, recordando o imaginando.
El sonido era similar a cuando te encuentras debajo del agua con una ligera presión en los oídos. Dentro del vientre de mi mamá sentía un líquido calentito y mi cuerpo flotaba sin el más mínimo esfuerzo, abrazada por la oscuridad. Algunos sonidos llegaban desde afuera, aunque en ese momento no sabía siquiera que eran voces de otros humanos, o que aquí se les llamara "sonidos". Calma, paz, seguridad. Yo solo era, y no había que ser nada más.
Y entonces, después de unos borrosos recuerdos, el frío tocó mi piel. Unas manos sostuvieron mi cuerpo, sustituyendo el flotar eterno. Mi piel contra otra piel que volvió a calentarme, y una voz familiar diciéndome: "hola princesa". Mi papá.
Regresé. La nostalgia y la ternura inundaron mi cuerpo y ahí, en mi cama, me quedé quieta un momento, dejando que el hormigueo y la belleza del recuerdo me recorrieran.
Para mí no había sido solo un recuerdo, sino un mensaje para la etapa en la que me encuentro viviendo. Así que no pude evitar preguntarme: si el cuerpo tiene la hermosa capacidad de recordar desde el inicio de nuestras vidas, ¿qué otros recuerdos y mensajes guarda sin que lo sepamos?
Así, caminamos, interactuamos y vivimos todos los días; portando un cuerpo construido biológicamente que se transforma con cada experiencia recolectada; modificando no solo nuestra postura y movimientos, sino también nuestros ideales, metas y pensamientos. Traumas o no traumas, memorables o casi borrosos, el cuerpo guarda toda la información que vamos recopilando a lo largo de nuestras vidas. Y sí, a veces da miedo saber qué es lo que guarda, pues como testigo sin juicio que nos acompaña hasta el final, no discierne entre qué experiencias conservar y cuáles no. Para el cuerpo no hay bueno ni malo, como en la moral humana, sino que todo simplemente es. Las experiencias son experiencias, y es el conjunto de todas ellas lo que nos hace ser quienes somos hoy. Desear eliminar una sola podría ser el equivalente a quitar un ladrillo de una construcción: cada una contribuye a lo que somos.
A diferencia de algunas creencias, el cuerpo no castiga sino que revela lo que hemos vivido desde que comenzó a formarse en el vientre de mamá. Por eso, es nuestro mejor amigo; el más honesto y cercano que encontraremos, pues será quien nos muestre lo que hemos cosechado con el tiempo y lo que necesitamos trabajar para seguir creciendo. Solo hemos de darle espacio y silencio para dejarlo hablar.
Dicen por ahí que el cuerpo habla, y que cuando habla, lo hace gritando. Y sí, algunas veces, después de tanto tiempo sin ser escuchado, no le queda otra más que gritar. Pero me gusta pensar que la mayoría de las veces el cuerpo se comunica a través de susurros. Cambios sutiles; a veces, aparentemente imperceptibles pero cargados de mucha información. Hay que aprender su lenguaje, que es muy diferente al de las palabras. Algunos cuerpos gustan de sensaciones para comunicarse; otros, de imágenes, o incluso, de dolores. No sé si exista un lenguaje universal para que puedas comunicarte con tu cuerpo y así acceder a la información que guarda para ti. Pero lo que sí sé, es que el camino ya está trazado. Tan sólo necesitas escucharlo y permitir que te lo muestre.
Así que, si hoy eligieras guardar silencio por un momento, ¿qué susurro escucharías de tu cuerpo?





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