CONVERTIR LA FRUSTRACIÓN EN MOTOR DE MOVIMIENTO

Por Karla Maldonado

IG @karlamaldonado.n



Hace poco, la vida me dio la oportunidad de aprender, nada más y nada menos, que de la maravillosa frustración. Así es: un sentimiento del cual, quizás por instinto, huimos de entrada, pero que resulta fundamental para nuestro desarrollo como seres humanos en todos los aspectos.

Según la Gaceta UNAM (2022), la frustración es esa emoción tan común que surge cuando algo que deseamos o necesitamos se queda sin satisfacer. La palabra viene del latín frustratio, que significa engaño, decepción o desencanto.

Como bailarines, sabemos que es una realidad. La frustración nos acompaña de manera constante, tanto en lo profesional como en el entrenamiento: cuando no somos elegidos en el medio por diversas razones, cuando intentamos una disciplina nueva, un paso o un truco y no nos sale, cuando nos equivocamos en una coreografía o cuando nos quedamos en blanco en una improvisación o en escena. Nadie se escapa de este sentimiento, aunque en redes sociales, a veces, solo mostremos nuestros logros y no el proceso para llegar a ellos ni los proyectos que nunca concluyeron. Pero ¿es realmente tan mala la frustración?

Como otros conceptos de la vida, pienso que la frustración no nos cambia: sólo potencia y revela lo que ya somos, y nos muestra lo que aún tenemos por trabajar. Es ahí cuando nuestro diálogo interno se intensifica, donde aparece la oportunidad de observar cómo nos hablamos y cómo hacemos las paces con soltar lo que no fue, lo que pudo haber sido e, incluso, como menciona Ratia (2022) en su artículo, “reconciliarnos con la mediocridad”.

Hace algunas semanas la frustración me visitó y, confieso, hacía mucho que no venía tan intensa. Ahí estaba yo, intentando responder a situaciones que, vistas ahora desde otra perspectiva, me retaron muchísimo y me sacaron por completo de mi zona de confort. Mi respuesta fue intentar sostener lo que hoy puedo ver como tres capacidades distintas.

La primera, mi capacidad de disponibilidad.

Mi artículo anterior se tituló “Estar disponible también es disciplina” y, en ese momento, no me di cuenta de que había pasado por alto una parte crucial del estado de disponibilidad: si no estamos acostumbrados, sostenerlo por un periodo prolongado puede ser extremadamente agotador.

Ahora añado a aquel artículo que, quizás, el secreto de la disciplina de la disponibilidad no es querer cambiar de la noche a la mañana sino ir ampliando poco a poco el tiempo que logramos sostener cierto tipo de disponibilidad (por ejemplo, estar disponibles para la inspiración, para nuestro cuerpo, para los demás, para una obra…).

Además -y es muy importante decirlo- también se vale descansar y permitirnos no estar disponibles por ciertos períodos. Hablar de sostener la disponibilidad con disciplina sin mencionar que es imposible mantenerla por siempre, sería caer en los mismos discursos que inundan las redes sociales; ésos que romantizan la perfección y la optimización de la rutina y del estilo de vida como si fuéramos un producto.

Es sólo combinando períodos de disponibilidad y de no disponibilidad, y ampliando ambos poco a poco, cuando nos acercaremos a la vida que cada quien desea. Es probable que el estilo de vida de quien admiras hoy no se haya construido de la noche a la mañana, y tal vez esa persona tampoco haya logrado sostenerlo por períodos largos desde el inicio. Quizás empezó como un hábito y, con constancia, se volvió una forma de vivir.

La segunda, mi tolerancia a la frustración. En algunas clases, escuché a la maestra Karen de Luna hablar sobre la importancia de desarrollar esta habilidad; y hoy, por fin entendí la urgencia de hablar acerca de ello. Se define como la capacidad de sostener el malestar emocional cuando un deseo, meta o expectativa no se cumple, sin caer en reacciones desadaptativas ni abandonar nuestros proyectos. Y al igual que las demás capacidades, no es un rasgo fijo sino algo entrenable que funciona de manera similar a un músculo.

Y la tercera, la capacidad de responder antes de reaccionar. No creo que la frustración como motor para moverse y accionar esté del todo mal: a veces es el empujón que necesitamos para hacer cosas que habíamos postergado o que ni siquiera habíamos pensado hacer. Sin embargo, otras veces llega con tanta intensidad que nos ciega con enojo o tristeza, y entonces reaccionamos desde el impulso visceral.

Ése es el momento perfecto para entrenar la respuesta antes que la reacción; es decir, tomarse un momento después de recibir el estímulo para elegir conscientemente cómo actuar. Porque, como se le atribuye a Viktor Frankl, “entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio se encuentra nuestro poder para elegir nuestra respuesta, y en ella residen nuestro crecimiento y nuestra libertad”.

Si en algún momento sentiste que lo “arruinaste” y que mandaste muy lejos el uso de estas capacidades, quiero recordarte que todos somos seres humanos y todos seguimos aprendiendo. El punto está en asumir las consecuencias de nuestras acciones y levantarnos cada día a intentarlo de nuevo.

Me parece sumamente importante que, como artistas, abramos espacios para hablar en torno a la frustración y a cómo gestionarla cuando llega, y nos acompañemos en el camino que todos recorremos para cumplir nuestros sueños. Hablar sobre la frustración no la hace desaparecer, pero nos recuerda que nadie se mueve solo. Si hoy la tienes cerca, aquí hay alguien más que también está intentándolo.

Hoy menciono tres capacidades, pero seguro hay más. ¿Cuáles agregarías tú?


Recomendaciones para seguir leyendo:

Gaceta UNAM, Trabajemos en la tolerancia a la frustración (mayo de 2022): https://www.gaceta.unam.mx/trabajemos-en-la-tolerancia-a-la-frustracion/

Ratia, Jorge, Reconciliarnos con la mediocridad, ETHIC (febrero de 2022): https://ethic.es/2022/02/reconciliarnos-con-la-mediocridad/