Por Fionna Viscido
Bailarina del Ballet Estable de la Provincia de San Miguel de Tucumán
Estudiante avanzada de Licenciatura en Psicología (UNT)
IG @ffionnaviscido
El capitalismo nos ha ido llevando a una época en la que todo es posible y todo es visible. El uso de las redes sociales ha sido modificado de manera considerable desde sus inicios. Instagram ya no es un lugar donde publicar lo cotidiano, sino un espacio que busca alcanzar el “yo ideal” del que habla Freud cuando nos introduce al concepto de narcisismo.
El “yo ideal” es un concepto que representa la omnipotencia infantil, al que Freud nombra “His Majesty the Baby”, época en la que el niño todo lo puede y todo lo es. El niño alcanza el “yo ideal” en el sentir su perfección imaginaria. Cuando el “no” como respuesta y castración aparece en la vida del niño, esa omnipotencia pierde efecto; así, el niño sale de lo que Freud llama “narcisismo primario” para luego encontrarse en el “narcisismo secundario" y en el “ideal del yo”, que se ubica en la meta simbólica, mediado por padres, cultura y sociedad, a lo que el yo quiere parecerse: la búsqueda de retorno al “yo ideal”.
Podríamos ubicar a Instagram como el medio para esa búsqueda; armar mi perfil y decidir todo lo que puedo y quiero mostrar, la personalidad que deseo armar para así, quizás, parecerme y acercarme un poco al “yo ideal”.
¿Qué relación tiene esto con la danza?
Como si la búsqueda del “yo ideal” no fuese mucho, en la danza pareciera potenciarse la búsqueda de perfección absoluta. Me atrevería a decir que es el ambiente donde más "obscena" es la búsqueda del mismo; una búsqueda de perfección romantizada y naturalizada.
La autoestima del bailarín se da por medio de la validación excesiva del otro; validación que se ve por medio de un rol, papel, puesto y la forma del trato. Utilizo la palabra “obsceno” para referirme a la mirada que se busca en la danza, porque es una mirada que, sin filtro, quiere escuchar constantemente “His majesty the dancer”.
El ideal existe en cada bailarín pero, ¿es acaso más difícil para los bailarines de la modernidad liquida? La "modernidad liquida” es un concepto del sociólogo Zygmunt Bauman que describe la rapidez y la inmediatez que trae consigo el capitalismo, época de fluidez donde no hay nada totalmente establecido o inscripto. Es decir, lo líquido como una imposibilidad de inscripción simbólica prolongada a lo largo del tiempo. Caemos en una controversia porque la danza crea y sostiene sujetos que se definen psíquicamente por su decisión clara y sostenida en el tiempo: “Quiero ser bailarín”; “Hago todo a mi alcance para lograrlo, incluso rompo la relación con mi cuerpo en pos de esa búsqueda”. Parecería, entonces, que en los bailarines sí hay una inscripción simbólica muy clara.
¿Dónde queda lo liquido?
En el capitalismo, lo líquido pasa a ser estructura. Es la forma de funcionamiento del mismo; nada debe solidificarse, porque lo sólido no es lo rentable; por lo tanto, el bailarín no es rentable. Sin embargo, si articulamos el uso del cuerpo con el capitalismo, podemos hablar de “un cuerpo líquido”. El bailarín es formado en la lógica de la solidez, desde la repetición hasta la disciplina exacta. Pero esta lógica sólida intenta existir en un régimen líquido donde el cuerpo deja de ser el portador de un sentido, movimiento, línea, arte, y pasa a ser portador de algo modificable, medible y reemplazable.
Así, el cuerpo es consumido: al bailarín se le exige una extrema solidez en medio de un mundo que no da certezas ni estabilidad alguna: desde contratos precarios hasta la mercantilización del arte y el cuerpo. El bailarín queda atrapado en un “ideal del yo” porque ahora la pregunta es: ¿El otro gusta de mí? ¿Cumplo con el ideal heredado?
¿Qué relación tiene esto con las redes?
El “yo ideal” es modificado constantemente por las redes, permitiendo el acceso a personas de otros lugares, cuerpos diferentes, casi como si pudiera “verlo y saberlo todo”; como si las redes nos dijeran: “Tienes al alcance de tus ojos estos ideales, pero por un tiempo, por una pantalla, no en un plano físico y real”. Sin embargo, el “ideal del yo” o “superyó” no afloja, ajusta más, tortura más, quiere eso que ve pero no puede tocar, eso que cree que es lo real.
Creo que los bailarines de otra época no tenían tantas imágenes a su alcance, como para armar un ideal tan inalcanzable, y quizás su ideal era menos cruel, o su superyó tenía menos imágenes para compararse.
¿Por qué es tan frecuente la comparación? Considero que es más frecuente en las mujeres por una cuestión de “belleza como medida fálica”, y que la medida fálica de los hombres es más burda y simple. Pero sin pecar de entrar en la cuestión de género, voy a hablar de los bailarines en general.
Establecimos que los ideales superyoicos son un punto de comparación; que el superyó genera culpa y tortura al yo para su beneficio. Pero, ¿qué pasa cuando la comparación aparece como síntoma? ¿Es un síntoma de época? La comparación es sana cuando se usa como ejemplo para modificar, corregir o estudiar. Pero cuando la misma aparece por un algoritmo desmedido, sin jerarquía ni contexto, puede pensarse como síntoma de época. El problema no es el contenido en sí o las redes en sí mismas, sino que el ideal se divide, se reparte en muchos cuerpos y en diversas imágenes. El ideal ya no es único y simbólico sino que es un ideal repartido en una serie infinita de imágenes y cuerpos sin voz ni presencia real en un plano físico.
¿Por qué se mercantiliza el cuerpo del bailarín en redes? El bailarín cuantifica su valor, técnico, físico y artístico mediante likes, visualizaciones y seguidores. La comparación mercantiliza porque lejos del plano del deseo se encuentra en un plano que intenta medir y fragmentar la relación bailarín-cuerpo, generando una brecha entre el cuerpo que se tiene y el cuerpo que se quiere, imposibilitando así el surgimiento de deseo en un cuerpo que ahora no tiene posibilidades de ser el mismo ni de ser otro. El deseo se alinea a lo que debe ser y no a lo que es; lo que puede ser con lo que tiene para ser.
La autoestima no tiene nada de “auto” porque no es de uno; es del otro. Es la voz, la mirada y el discurso del otro. Depende de ser visto, hablado, alojado por otro. En la danza toma un tinte más oscuro y complejo. No solo hay un imperativo de quererse sino de gustar; un objetivo explícito de gustar al otro, de llegar y llenar la mirada del otro. Los bailarines, entonces, podríamos decir que son dos veces víctimas, tanto de la sociedad, las redes y el capitalismo como de los objetivos estéticos a los que son inmersos explícitamente.
En la carrera de Psicología se dice que la autoestima no tiene nada de “auto”. En realidad, todo lo relacionado con la voz y la mirada del otro es lo que va moldeando nuestra autoestima; lo cual representa un problema en las redes sociales porque se vende un discurso de “ámate a ti mismo”, “no te compares”, “sé vos mismo”, imperativos que generan angustia ya que siguen desplazando la culpa en el sujeto y no en el contexto.
En un contexto de redes y de inmediatez, en el contexto del “acceso al todo”, este discurso es cruel, obsceno y ridículo. ¿Cómo podría una persona inmersa en el mismo tener autoestima si cada día sufre una inmensidad de información que la posiciona en un lugar de consumo y no de subjetividad? ¿Cómo sería posible mantener una autoestima como imperativo y deber social?
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