EL CEREBRO, DANZANTE Y CAMBIANTE

Por Helena Lorenzo

@biodanzahelena




Danza, neuroplasticidad y la sorprendente capacidad del cerebro para transformarse


Cuando una persona danza, aparentemente es el cerebro quien dirige al cuerpo. Decide la trayectoria de un brazo, calcula el equilibrio, reconoce el ritmo, anticipa el siguiente movimiento y coordina músculos y articulaciones. Aunque mientras el cerebro organiza la danza, la danza está modificando al cerebro.

Esta es una de las grandes sorpresas que nos regala la neurociencia. Durante mucho tiempo se pensó que el cerebro adulto era una estructura prácticamente terminada. Hoy sabemos que conserva una gran capacidad para modificar sus conexiones y reorganizar sus redes como consecuencia de la experiencia. Es lo que denominamos neuroplasticidad. Resulta que la experiencia de la danza reúne simultáneamente muchos estímulos para este cerebro dispuesto a cambiar. 

Cuando danzamos hay movimiento, música, propiocepción, equilibrio, memoria, orientación espacial, coordinación, emoción, creatividad, atención y, muchas veces, interacción con otras personas. El cerebro integra toda esa información y produce continuamente nuevas respuestas. Danzar es colocar al cerebro en una situación de aprendizaje permanente.

Por ejemplo, aprender una danza significa crear y consolidar patrones de movimiento que inicialmente requieren atención consciente. Hay que descubrir cómo colocar el cuerpo, hacia dónde desplazarse, cómo responder al ritmo y cómo coordinar las diferentes partes corporales. Con la repetición, el movimiento se vuelve progresivamente más fluido. Detrás de este acto existe una transformación neuronal. Las redes utilizadas repetidamente modifican la eficacia de sus conexiones. Algunas sinapsis se fortalecen, otras se debilitan y determinados circuitos se reorganizan. La danza no entra únicamente en nuestra memoria como un Recuerdo; entra en nuestro sistema nervioso como una experiencia aprendida.

Esta capacidad explica por qué una secuencia que inicialmente parecía imposible puede convertirse después en un movimiento espontáneo. El cerebro que comienza a aprender una danza no es funcionalmente exactamente el mismo que después de haberla aprendido.

Sabemos que el ejercicio físico constituye uno de los grandes aliados de la salud cerebral. La actividad física se relaciona con modificaciones del flujo sanguíneo cerebral y con moléculas implicadas en la plasticidad neuronal, entre ellas el BDNF (Brain-Derived Neurotrophic Factor), relacionado con la supervivencia neuronal, la plasticidad sináptica, el aprendizaje y la memoria [1,2].

Bailar añade algo extraordinario al ejercicio. Durante la danza, el cerebro escucha una modificación musical, un cambio de dirección, quizás inhibir un movimiento y producir otro, recordar una secuencia, improvisar, orientarse en el espacio o sincronizarse con otra persona. El cuerpo se mueve, el cerebro resuelve y vuelve a resolver en cada compás. Entonces, la danza se convierte en una experiencia particularmente compleja desde el punto de vista neurobiológico. Investigaciones con personas mayores han encontrado que programas prolongados de danza pueden asociarse con cambios en medidas cerebrales y mejoras relacionadas con el equilibrio y funciones cognitivas, aunque los resultados dependen del tipo de intervención [3].

La danza tiene una característica que la diferencia de otras formas de ejercicio y es que normalmente sucede dentro de la música. El cerebro analiza ritmo, intensidad, duración y estructura temporal mientras organiza simultáneamente el movimiento. La música puede, además, despertar recuerdos y generar respuestas emocionales. Así, durante la danza escuchamos, sentimos, recordamos, anticipamos y nos movemos. Si añades la pareja de baile, aparece un nuevo desafío que implica incluir la observación, el contacto visual, la sincronización , la cooperación, la imitación…

La danza reúne así dimensiones profundamente ligadas a nuestra historia evolutiva: cuerpo, emoción y comunidad.

En 1998, Eriksson, Gage y colaboradores publicaron evidencias de formación de nuevas neuronas en el giro dentado del hipocampo humano adulto [4]. Su magnitud y persistencia siguen siendo objeto de debate por lo que sería excesivo afirmar que bailar «produce nuevas neuronas». Lo que sí podemos decir con mucha mayor seguridad es que el ejercicio, el aprendizaje y los ambientes estimulantes -componentes presentes en muchas experiencias de danza- están relacionados con mecanismos favorables para la plasticidad cerebral.

El movimiento y el ejercicio regular, el aprendizaje, la novedad, la estimulación cognitiva, la interacción social y un sueño adecuado proporcionan condiciones favorables para que el sistema nervioso se adapte. El cerebro necesita desafíos, pero también recuperación. En el otro extremo, el estrés crónico, la exposición mantenida a glucocorticoides, la inflamación persistente, la privación de sueño y el sedentarismo pueden crear condiciones menos favorables para determinados procesos de plasticidad y, según la investigación experimental, para la neurogénesis en el hipocampo [5].

El cerebro parece necesitar una alternancia entre activarse y descansar, explorar y recuperar, aprender e integrar. Curiosamente, una experiencia de danza también puede transitar entre esos estados.

Por lo tanto, cada vez que aprendemos un movimiento estamos proporcionando una experiencia al sistema nervioso. Cuando incorporamos música añadimos percepción, temporalidad y emoción. Cuando improvisamos introducimos novedad y decisión. Cuando aparece otra persona añadimos comunicación, adaptación y vínculo. La danza deja entonces de ser únicamente aquello que el cerebro hace con el cuerpo. También es aquello que el cuerpo vivido hace con el cerebro.

No podemos prometer que cada danza genere nuevas neuronas, ni que cualquier sesión produzca cambios cerebrales permanentes. Pero sí podemos contemplar la danza desde una perspectiva profundamente biológica: como una experiencia capaz de proporcionar simultáneamente movimiento, aprendizaje, estimulación sensorial, emoción y relación.

El cerebro humano no está terminado. Continúa modificándose mientras vivimos. Cuando el cuerpo descubre una nueva manera de moverse, cuando aprende, siente, improvisa y se encuentra con otros cuerpos, el cerebro también participa de esa danza de transformación. Porque, en realidad, el cerebro es un danzante cambiante.



Referencias bibliográficas

1. Voss, M. W., Vivar, C., Kramer, A. F., & van Praag, H. (2013). Bridging animal and human models of exercise-induced brain plasticity. Trends in Cognitive Sciences, 17(10), 525-544.

2. Erickson, K. I., Voss, M. W., Prakash, R. S., et al. (2011). Exercise training increases size of hippocampus and improves memory. Proceedings of the National Academy of Sciences, 108(7), 3017-3022.

3. Rehfeld, K., Müller, P., Aye, N., et al. (2017). Dancing or fitness sport? The effects of two training programs on hippocampal plasticity and balance abilities in healthy seniors. Frontiers in Human Neuroscience, 11, 305.

4. Eriksson, P. S., Perfilieva, E., Björk-Eriksson, T., et al. (1998). Neurogenesis in the adult human hippocampus. Nature Medicine, 4, 1313-1317.

5. Lucassen, P. J., Oomen, C. A., Naninck, E. F. G., et al. (2015). Regulation of adult neurogenesis and plasticity by (early) stress, glucocorticoids, and inflammation. Cold Spring Harbor Perspectives in Biology, 7(9), a021303.

DANZAS SAGRADAS - TALLER PRESENCIAL EN BUENOS AIRES


¡Atención Buenos Aires! Se viene un hermoso encuentro presencial, abierto a mujeres de todas las edades. 

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DANZAS SAGRADAS es un sendero danzado hacia el autoconocimiento espiritual, a través de secuencias de movimiento diseñadas para experimentar la unión del cielo y la tierra en la propia corporalidad, reconocer la divinidad que somos y hacernos partícipes de un propósito trascendente.

Con una metodología concebida luego de una profunda investigación experiencial sobre el lenguaje de la danza y su rol fundamental en los procesos evolutivos, esta propuesta integra elementos de la danza contemporánea, la expresión corporal y las danzas hebreas.

CUÁNDO
Sábado 10 de octubre de 14 a 16 hs (de Argentina)
DÓNDE
Casa D'Ohr, Av. del Libertador y Congreso, Belgrano, CABA. Se brindará la dirección exacta una vez confirmada la inscripción.

FACILITA
Ana González Vañek. Bailarina y Creadora de Danza, Investigadora y Docente en Artes Escénicas, Licenciada en Comunicación Social.

IMPORTANTE
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MODALIDAD

•Presencial

-Viernes 9, 16, 23 y 30 de octubre, de 19 a 20.30 hs

-Casa D'Ohr - Av. del Libertador y Congreso. Se brindará la dirección exacta una vez confirmada la inscripción


IMPARTEN

Ana González Vañek: Periodista Cultural especializada en Artes Escénicas, Licenciada en Comunicación Social por la Universidad de Buenos Aires. Editora de la Revista Danza & Comunicación (2006-2026). Premios Teatro del Mundo. Artista Escénica.

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LAS PAREDES DEL SALÓN UNA VEZ ME DIJERON

Por Karla Maldonado

IG @karlamaldonado.n 







Ahora me imagino a mí misma entrando de nuevo

en aquel altísimo salón de danza,

decorado con cálidos candelabros en su techo

y unos hermosos vitrales en sus paredes.


La luz de un nuevo día pasa a través del vidrio de colores.

Sus luces siguen iluminando el salón

con colores arcoíris proyectados en la oscuridad del linóleo,

como si hubieran decidido poéticamente hacerlo en el negro.


Aquel que fue alguna vez un cuartel militar,

hoy sigue conteniendo creatividad,

solo que diferente en su expresar.


Me imagino de nuevo, entrando en ese salón que parecía de ensueño.

Pero ahora ya no hay pies saltando en el acolchonado linóleo.

Ya no hay mochilas que se yerguen cabizbajas sobre la pared.

Ya no hay puertas ni ventanas abiertas.

Ni alguien que escuche el canto de las palomas o los pasos andar.


Sin nadie dentro, el espacio pesa más.

Los instrumentos esperando tocar

y el salón diseñado para bailar.


Pensamos que los únicos beneficiados de la danza somos los seres humanos,

¿pero y si no?

¿Y si las paredes amaban escuchar la música?

¿Y si las plantas disfrutaban y gozaban bailar con nosotros?


Y nosotros, tan inocentes,

ignorando que cuando una clase de baile termina,

también termina para el espacio que lo albergó y lo sostuvo:

las columnas que sostuvieron el techo,

el linóleo que amortigua,

y las luces que iluminan.


Así, quizás deberíamos aprender de los espacios.

Esos que no se resisten a nada

y que fluyen con la llegada y la partida de nuevas personas.

Algunos se ponen tristes, sí.

Pero solo a algunos les hace falta un poco de vida

para contagiarse y renacer.


LA PERFECCIÓN DE LA VIDA

14-09-2026


Hoy abro DIARIOS DE DANZA con una breve pero necesaria reflexión para introducir algunos pensamientos que he desarrollado a lo largo de todos estos años de trabajo e investigación sobre las dimensiones física, mental, emocional y espiritual del ser humano.

El cuerpo humano es sano por naturaleza.

¡Pero qué enunciado tan desafiante! ¿Cómo expresarlo por fuera de los entornos donde cocreamos nuestras prácticas artísticas (y hemos entendido el para qué), sin encontrar resistencia por parte de las mayorías?
Algunos mandatos (en realidad, todos, pero estoy aprendiendo a ir de a poco), insisten en debilitar y enfermar el cuerpo, a través de la incorporación (literal) de conceptos que lo alejan de su fuerza vital.
Desde nuestro nacimiento a una cultura donde predomina el lenguaje verbal como medio expresivo del entendimiento colectivo, el mundo tal como lo conocemos se sostiene en las palabras que dan forma a los pensamientos que lo construyen y reproducen. Reproducción es una palabra clave, y la retomaré más adelante para oponerla a creación cultural, que es lo que nos permite hacer -¡entre tantas otras cosas- el arte de la danza.
Sueltas, las palabras son pura materialidad vacía que se colman del sentido mayoritariamente aceptado y socialmente construido... únicamente, cuando el mismo no es observado ni puesto en cuestión.
¿Por qué no elegir, entonces, las palabras del mundo que anhelamos y abandonar el uso de todas las demás?
La vida humana es eterna porque es precisamente eso: VIDA. Y el cuerpo, que no es objeto del pensamiento sino más bien, todo lo contrario, es el medio expresivo para lograr la perfección de la vida.
Todo lo demás NO es real. Continuará...

¿POR QUÉ HABLAR DE ESTÉTICA CUANDO HABLAMOS DE DANZA?

Por Luisa Martínez Saldarriaga

IG @lademiradaencantadora




A la danza la he vivido, la he experimentado, la he estudiado, la he olvidado, la he amado y me he peleado con ella unas cuantas veces; pero apenas ahora empiezo a pensar en ella y, aún más importante, desde ella: porque sí, resulta que ambas cosas son diferentes. 

En el último tiempo he aprendido que una cosa es sentarse a analizar la manifestación artística desde afuera, con separación y haciendo distinción entre el bailarín y el espectador, entre la puesta en escena y “la vida real”, como si el arte -cualquier tipo de arte- no hiciera ya parte esencial de la vida misma; y otra cosa muy distinta, es reflexionar sobre su presencia en la experiencia humana con la intención de acortar esa barrera.

La danza funciona de igual manera como causa y efecto de la sociedad y, como tal, es inevitable reconocer su carácter transformador en aspectos relacionados con la cotidianeidad; y es que, ¿qué hay más cotidiano que la estética? ¿O crees que es posible vivir una vida plenamente humana sin ella? Y cuando digo plenamente humana, a lo que me refiero es a la capacidad de habitar la emoción, que es el puente entre el mundo interior y el exterior, conectándonos con aquello a lo que la estética realmente nos incita: a ampliar nuestra capacidad de percibir.

Pero entonces, ¿qué percibimos de la danza? ¿Qué miramos cuando miramos bailar? Solo observamos la coreografía, la técnica, el cuerpo en movimiento; o de manera muchas veces súbita e inconsciente, logramos también captar otra información a través de las emociones, de la interacción entre quienes bailan o de códigos estéticos no sonoros como la escena y el atuendo; elementos que, incluso antes de iniciar la melodía, ya nos comunican una energía y un género musical, llevándonos, incluso, a viajar en el tiempo-espacio hacia diferentes épocas o zonas geográficas, reales o imaginadas. 

De modo que empezamos a hacernos preguntas como: ¿Qué es la estética? ¿Cómo se ve un cuerpo cuando baila? ¿Es posible tocar la danza? ¿Qué queda de ella cuando el movimiento cesa?

Algunas palabras se repiten en la cotidianeidad con tanta frecuencia y ligereza que las incorporamos en nuestro vocabulario habitual con naturalidad y dejamos de preguntarnos qué significan realmente; estética, es una de ellas.

Solemos usarla para referirnos a algo visualmente agradable —bonito— como un vestuario bien logrado, un escenario armonioso, una combinación de colores que funciona, un estilo reconocido y alusivo a cierta época o tendencia, en algún área del diseño o de las artes.

Decimos que algo “es estético” cuando es aceptado masivamente o cuando nos gusta cómo se ve de manera individual. Y aunque todo ello está relacionado con la estética, lo cierto es que también se queda corto.

La estética, de manera más amplia, estudia la belleza, el arte y la experiencia sensible. Se pregunta por aquello que experimentamos cuando algo nos conmueve, nos atrae, nos parece bello e incluso, cuando nos resulta extraño o nos incomoda. No se ocupa únicamente de lo que vemos sino también de cómo percibimos y de lo que hacemos con ello.

Para el filósofo alemán Alexander Baumgarten, conocido como el fundador de la estética moderna, “es la ciencia del conocimiento sensible.” Más que reducir la experiencia estética a decidir si algo es bello o no, esta idea nos invita a preguntarnos cómo conocemos y experimentamos el mundo a través de los sentidos.

Desde este punto de vista, nos es posible cambiar el enfoque de la mirada, moviéndola desde la obra como punto de partida para dirigirla hacia la vivencia, tanto del observador como del artista, haciéndolos a ambos participantes activos y correlacionados de dicha construcción estética y, por ende, también creativa… ahora, cocreativa.

Es precisamente por esta dimensión sensible y experiencial que tiene sentido hablar de estética al hablar de la danza. Cuando danzamos, se generan sensaciones tanto en el bailarín como en su público. Incluso cuando no hay una audiencia, existe un espectador, y esto sucede aunque los ojos que miren lo hagan a través del espejo -porque pertenecen al artista mismo-, ya sea que esté practicando, disfrutando, calificándose o, simplemente, habitando su propio arte: su manera creativa de existir.

Hay estética en la danza porque antes de preguntarnos si alguien baila bien, sucede algo entre ese cuerpo en movimiento y nuestra mirada. Vemos una silueta, una manera de ocupar el espacio, una velocidad, una pausa, un gesto. Percibimos un vestido que se abre al girar, un pelo que acompaña el movimiento, un tocado, un maquillaje artístico o la ausencia de él, unos pies descalzos o unos zapatos de tacón, una determinada combinación de colores. Escuchamos la música pero también vemos cómo el sonido se mimetiza con un cuerpo; en ocasiones, incluso, vemos a varios cuerpos trenzando las fronteras del espacio y fundiéndose entre sí, convirtiéndose en uno con la ocasión y con todo lo que la ocupa en ese preciso, pasajero y eterno momento.

La estética, en la danza como en el mundo, está íntimamente asociada al contexto. Un vestido de lentejuelas y medias veladas puede parecernos perfectamente natural en una competencia de salsa y completamente fuera de lugar en un círculo de danza ritual. Un tutú puede ser inseparable del ballet, mientras que unos pantalones anchos pueden resultar casi inevitables cuando pensamos en ciertos estilos urbanos. Unos zapatos de tango cuentan algo antes de que la pareja dé el primer paso, mientras los pies descalzos son para el bailarín de danza contemporánea un medio ineludible para conectarse con su arte.

Nada de esto ocurre por casualidad y, cuando comprendemos esta naturaleza intrínseca, presente en las artes y en la existencia misma, estamos aprendiendo a mirar de una forma más auténtica y profunda. Porque hablar de estética cuando hablamos de danza es aprender a prestar atención, y prestar atención cambia aquello que percibimos ya que amplía nuestro rango de captación y enriquece nuestra forma de integrarlo en la vida individual y colectiva.

DANZA Y MODA - TALLER VIRTUAL CERTIFICADO



"La moda es arte en movimiento"

Carolina Herrera



DANZA Y MODA
Taller Virtual Certificado

Se otorgará certificado de participación



DESCRIPCIÓN
Si te interesas por la moda, el diseño de indumentaria y su gran relevancia en la comunicación cultural, te invitamos muy especialmente a ser parte de una actividad diseñada para amantes de la cuestión estética, en la danza y en la vida cotidiana.


MODALIDAD
Online por Google Meet. Una vez confirmada tu inscripción, te invitaremos a nuestra comunidad en Whatsapp donde compartiremos el link de acceso a cada clase.


¿CUÁNDO?
Martes 6, 13, 20 y 27 de octubre de 19 a 20 hs (de Argentina). Los encuentros no se graban. Si no pudieras estar presente en los mismos, te enviaremos el taller en su versión digital vía mail.


DOCENTE
Ana González Vañek. Bailarina, Periodista de Danza y de Moda. Investigadora y Docente en Artes Escénicas. Licenciada en Comunicación Social. Editora de la revista Danza & Comunicación (2006-2026). Premios Teatro del Mundo.

VALOR Y FORMA DE PAGO

33 usd - PayPal. Abona AQUÍ

Envíanos el comprobante para continuar: wa.me/5491136873237

LA DANZA DESDE LA LOGOTERAPIA

Por Fionna Viscido

IG @ffionnaviscido




La danza ¿tiene un sentido?

La logoterapia es una psicoterapia desarrollada por el neurólogo, psiquiatra y filósofo Víctor Frankl, que busca el significado vital en momentos cruciales y de vacío existencial. Es una terapia existencialista y con base filosófica. 

¿Cómo podríamos pensar la danza desde la misma?

En “Asumir lo efímero de la existencia”, Frankl nos habla de la búsqueda del sentido de la vida como motor de deseo, aún en una sociedad en la que se valora mucho más el sentido de la utilidad que el sentido y el valor de la vida por fuera de la utilidad. Nos dice que “el ser humano tiene la capacidad de transformar una tragedia personal en un triunfo, de crear un logro a partir de un sufrimiento en el plano humano” (…) ”y ese es el contenido de una teoría del sentido que apunta terapéuticamente contra el vacío de sentido, contra ese abismal sentimiento actual de falta de sentido."

A partir de esta cita, quisiera remarcar que la danza ocupa un lugar donde, en un mundo repleto de hostilidad en el contexto del capitalismo y el “ser útil”, aún puede haber un sentido, más allá de este sistema. Por ejemplo, las infancias pueden encontrar un sentido lúdico en la danza e imaginar que “su cuerpo es una hoja a la que mueve el viento”, fuera de las pantallas y el sentido de utilidad que esta sociedad les impone desde edades absurdamente tempranas. 

Frankl nos habla de buscar el sentido de la vida en el humor y la imaginación como herramienta de supervivencia. La danza sin las mismas no podría poseer un sentido en sí. Un rol de un personaje sin imaginación, realizaría tan sólo movimientos en secuencia; y un bailarín sin humor en medio de todo lo que debe soportar, sería un bailarín abolido por el sistema.

El autor nos dice también: “hace un momento hablaba de la posibilidad de realizar un sentido. Tales posibilidades deben llevarse a efecto, realizarse. Y esa es la tarea del ser humano en cada situación vital concreta. Pero una vez que esas posibilidades han sido realizadas, una vez que hemos convertido en realidad una de esas posibilidades, porque resulta que con una vez es suficiente, entonces ya lo hemos hecho de una vez para siempre. Porque eso queda ahí, eso nadie va a poder deshacerlo; nadie lo va a poder borrar.”

Encontrar un sentido en la danza no equivale a no sufrir por la misma. Al contrario. Encontrar un sentido en un arte, y que ese arte sea una forma de vida, es uno de los sufrimientos más grandes que tiene el ser humano, porque deposita no solo su amor sino todo su resto y su malestar en ese mismo arte. Paradójicamente, la danza implica usar el cuerpo, y muchas veces, lo que hay de ese cuerpo no es más que resto. Entonces, ¿cómo damos un sentido a la danza sin que éste se encuentre contaminado por el mero sentido de la utilidad?

Quizás, y por más difícil que nos resulte, encontrar el sentido de la danza lejos de la utilidad del cuerpo sea una utopía. Pero podríamos acercarnos a la misma si abrimos interrogantes acerca de su sentido. Interrogantes que nunca cierren. Porque una vez que lo hagan, el cuerpo dejará de buscar sentidos nuevos, y con esto, nuevas formas de imaginar y hacer arte. Una vez que el bailarín encuentre ciertos sentidos y los transfiera a su danza, nadie podrá borrarlos. De ahora en más, solo podrá expandirlos, sobre la danza y, por lo tanto, sobre la vida.

La logoterapia nos enseña que, aún no pudiendo modificar las cosas que nos suceden, sí podemos modificar cómo tomarlas y qué hacer con ellas. Quizás, el sentido de la danza sea hacer arte con aquello que nos duele para que aquello, en un sentido simbólico, no nos mate.

INQUIETA OLEADA DE EMOCIÓN

Por Luisa Martínez Saldarriaga

IG @luisaencantadora


Fuente - Pinterest


¿De qué manera te expreso mi lamento?

Si aquí estoy, envuelta en el color de mi sangre; ésa que haces apresurar en torbellinos dentro de mí, y tú solo ves mi cuerpo.

¿De qué forma debo moverme para agitar tus mareas?

Si convertirme en flor a cada paso, con el único objetivo de proveerte belleza, no parece suficiente.

Entonces, te regalo mi coraje; el coraje de las espinas que brotan de mi arte.