Por Lucero Dávila
IG @lucerodavilaarte
En esta ocasión hablaré desde mi experiencia muy entrecortada en la danza tanto clásica como contemporánea y desde la observación de las ocurrencias con esta bella disciplina aquí en mi país, Perú.
Como dije, llevo algunos años incursionando en el mundo de la danza (con múltiples pausas, reitero). Descubrirlo fue encontrar un espacio sanador para mí, además de, un viaje en el cual me abro a las posibilidades que tengo como cuerpo, desarrollando una nueva expresión en mi trabajo y adquiriendo conocimiento para reconocer el discurso de otros cuerpos. Contar con este hermoso arte es el bastión de fortaleza que muchas veces me mantiene en pie, otras tantas, se convierte en el refugio para el dolor de mi alma cuando nada más me puede abrigar; pero, sobre todo, es el anhelo, el sueño que aún persigo.
En el transcurso de mis años de práctica he visto cómo han cambiado los cuerpos de los bailarines. Hoy tenemos diversidad de tallas y edades y todos bailamos; las técnicas tanto de contemporánea como de ballet se han adaptado a la corporalidad de nuestra raza y genética, muy distintas a la europea. Sin perder la disciplina y exigencia que este arte requiere, vemos a las escuelas Vaganova y Cubana moldear y moldearse siguiendo las formas del cuerpo peruano, mientras que técnicas como la de Merce Cunnigham, Martha Graham o José Limón se entremezclan para dar vida a nuevos estilos.
En las escuelas peruanas de ballet, encontramos cursos para todas las edades. En la medida en la que mi país fue cambiando, también lo hizo esta disciplina; ya no es necesario tener una estructura ósea específica de pies o una edad determinada para empezar los estudios. Tenemos también que muchas personas lo practican para mantenerse en forma. Quizá este sea el gran aporte del ballet a mi país: la capacidad de poner a bailar a quien quiera hacerlo, ayudando a lograr el objetivo que busca, transformando en belleza y elegancia la cotidianeidad de un paso tocado por los patrones de movimiento que este bello arte confiere al andar diario de la gente.
En la danza contemporánea, la realidad no es diferente. Contando con una naturaleza y registro de movimiento más amplio y libre, tenemos, por ejemplo, que la carrera de Educción artística la contempla dentro de su maya curricular. En los escenarios las propuestas muestran su combinación con otras artes y los bailarines presentan tamaños y formas que tiempo atrás no imaginaríamos. Su práctica continua no solo mejora el cuerpo y lo fortalece, sino también, le permite hablar de su historia, revelando el gran bagaje con el cual construye nuevas imágenes y figuras que se entrelazan con una cultura formada en una nación que tiene su propia manera de andar y bailar.
Nos queda mucho por hacer; pero tenemos un camino cimentado con significativos esfuerzos realizados por bailarines como María del Carmen Silva, Miguel Burgos, Patricia Cano, Pachi Valle-Riestra, Morella Petrozzi, Juan Salas Ariza; quienes hoy por hoy, aquí en Perú, ofrecen múltiples opciones para conocer la danza, un arte que inicialmente fue practicado por un sector social específico y que ahora abre las puertas de su magnífico espacio a todo aquel que deseo ingresar.
Me cuesta decidir con quien me siento mejor; por un lado, el ballet me proporciona la firmeza y equilibrio que necesito en mi vida, por el otro, la danza contemporánea me ofrece esa mirada amplia que es tan importante para ver el pasado, presente y futuro. Sin embargo, hay algo que se mantiene constante y es que ambas muestran las posibilidades que tenemos para seguir en movimiento, ambas, reflejan el cambio en el pensamiento humano, el tránsito de un tiempo a otro apareciendo como opciones válidas para una especie que debe seguir creciendo y construyendo.
Observar este proceso es nutritivo para mí, poder contárselos me permite transmitir esta experiencia que voy adquiriendo poco a poco y de formas variables.
Ser testigo de estos días en la danza me regala la esperanza de poder seguir en ella. Desde Jean Georges Noverre hasta Ahmad Joudeh, pasando por Pina Bausch, Isadora Duncan, Rudolf Nureyev, Mijail Barishnykov, Julio Bocca, Travis Wall, Mia Michaels y Juliano Nunes; la danza ha bailado el mismo paso y al mismo ritmo que el mundo y el tiempo determinaron, reflejando el cambio en los cuerpos, las mentes y las políticas de los hombres como de sus naciones, dejando su huella sutil y a la vez indeleble en cada cultura conforme transcurre la historia humana.




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