¿POR QUÉ HABLAR DE ESTÉTICA CUANDO HABLAMOS DE DANZA?

Por Luisa Martínez Saldarriaga

IG @lademiradaencantadora




A la danza la he vivido, la he experimentado, la he estudiado, la he olvidado, la he amado y me he peleado con ella unas cuantas veces; pero apenas ahora empiezo a pensar en ella y, aún más importante, desde ella: porque sí, resulta que ambas cosas son diferentes. 

En el último tiempo he aprendido que una cosa es sentarse a analizar la manifestación artística desde afuera, con separación y haciendo distinción entre el bailarín y el espectador, entre la puesta en escena y “la vida real”, como si el arte -cualquier tipo de arte- no hiciera ya parte esencial de la vida misma; y otra cosa muy distinta, es reflexionar sobre su presencia en la experiencia humana con la intención de acortar esa barrera.

La danza funciona de igual manera como causa y efecto de la sociedad y, como tal, es inevitable reconocer su carácter transformador en aspectos relacionados con la cotidianeidad; y es que, ¿qué hay más cotidiano que la estética? ¿O crees que es posible vivir una vida plenamente humana sin ella? Y cuando digo plenamente humana, a lo que me refiero es a la capacidad de habitar la emoción, que es el puente entre el mundo interior y el exterior, conectándonos con aquello a lo que la estética realmente nos incita: a ampliar nuestra capacidad de percibir.

Pero entonces, ¿qué percibimos de la danza? ¿Qué miramos cuando miramos bailar? Solo observamos la coreografía, la técnica, el cuerpo en movimiento; o de manera muchas veces súbita e inconsciente, logramos también captar otra información a través de las emociones, de la interacción entre quienes bailan o de códigos estéticos no sonoros como la escena y el atuendo; elementos que, incluso antes de iniciar la melodía, ya nos comunican una energía y un género musical, llevándonos, incluso, a viajar en el tiempo-espacio hacia diferentes épocas o zonas geográficas, reales o imaginadas. 

De modo que empezamos a hacernos preguntas como: ¿Qué es la estética? ¿Cómo se ve un cuerpo cuando baila? ¿Es posible tocar la danza? ¿Qué queda de ella cuando el movimiento cesa?

Algunas palabras se repiten en la cotidianeidad con tanta frecuencia y ligereza que las incorporamos en nuestro vocabulario habitual con naturalidad y dejamos de preguntarnos qué significan realmente; estética, es una de ellas.

Solemos usarla para referirnos a algo visualmente agradable —bonito— como un vestuario bien logrado, un escenario armonioso, una combinación de colores que funciona, un estilo reconocido y alusivo a cierta época o tendencia, en algún área del diseño o de las artes.

Decimos que algo “es estético” cuando es aceptado masivamente o cuando nos gusta cómo se ve de manera individual. Y aunque todo ello está relacionado con la estética, lo cierto es que también se queda corto.

La estética, de manera más amplia, estudia la belleza, el arte y la experiencia sensible. Se pregunta por aquello que experimentamos cuando algo nos conmueve, nos atrae, nos parece bello e incluso, cuando nos resulta extraño o nos incomoda. No se ocupa únicamente de lo que vemos sino también de cómo percibimos y de lo que hacemos con ello.

Para el filósofo alemán Alexander Baumgarten, conocido como el fundador de la estética moderna, “es la ciencia del conocimiento sensible.” Más que reducir la experiencia estética a decidir si algo es bello o no, esta idea nos invita a preguntarnos cómo conocemos y experimentamos el mundo a través de los sentidos.

Desde este punto de vista, nos es posible cambiar el enfoque de la mirada, moviéndola desde la obra como punto de partida para dirigirla hacia la vivencia, tanto del observador como del artista, haciéndolos a ambos participantes activos y correlacionados de dicha construcción estética y, por ende, también creativa… ahora, cocreativa.

Es precisamente por esta dimensión sensible y experiencial que tiene sentido hablar de estética al hablar de la danza. Cuando danzamos, se generan sensaciones tanto en el bailarín como en su público. Incluso cuando no hay una audiencia, existe un espectador, y esto sucede aunque los ojos que miren lo hagan a través del espejo -porque pertenecen al artista mismo-, ya sea que esté practicando, disfrutando, calificándose o, simplemente, habitando su propio arte: su manera creativa de existir.

Hay estética en la danza porque antes de preguntarnos si alguien baila bien, sucede algo entre ese cuerpo en movimiento y nuestra mirada. Vemos una silueta, una manera de ocupar el espacio, una velocidad, una pausa, un gesto. Percibimos un vestido que se abre al girar, un pelo que acompaña el movimiento, un tocado, un maquillaje artístico o la ausencia de él, unos pies descalzos o unos zapatos de tacón, una determinada combinación de colores. Escuchamos la música pero también vemos cómo el sonido se mimetiza con un cuerpo; en ocasiones, incluso, vemos a varios cuerpos trenzando las fronteras del espacio y fundiéndose entre sí, convirtiéndose en uno con la ocasión y con todo lo que la ocupa en ese preciso, pasajero y eterno momento.

La estética, en la danza como en el mundo, está íntimamente asociada al contexto. Un vestido de lentejuelas y medias veladas puede parecernos perfectamente natural en una competencia de salsa y completamente fuera de lugar en un círculo de danza ritual. Un tutú puede ser inseparable del ballet, mientras que unos pantalones anchos pueden resultar casi inevitables cuando pensamos en ciertos estilos urbanos. Unos zapatos de tango cuentan algo antes de que la pareja dé el primer paso, mientras los pies descalzos son para el bailarín de danza contemporánea un medio ineludible para conectarse con su arte.

Nada de esto ocurre por casualidad y, cuando comprendemos esta naturaleza intrínseca, presente en las artes y en la existencia misma, estamos aprendiendo a mirar de una forma más auténtica y profunda. Porque hablar de estética cuando hablamos de danza es aprender a prestar atención, y prestar atención cambia aquello que percibimos ya que amplía nuestro rango de captación y enriquece nuestra forma de integrarlo en la vida individual y colectiva.

DANZA Y MODA - TALLER VIRTUAL CERTIFICADO



"La moda es arte en movimiento"

Carolina Herrera



DANZA Y MODA
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¿CUÁNDO?
Martes 6, 13, 20 y 27 de octubre de 19 a 20 hs (de Argentina). Los encuentros no se graban. Si no pudieras estar presente en los mismos, te enviaremos el taller en su versión digital vía mail.


DOCENTE
Ana González Vañek. Bailarina, Periodista de Danza y de Moda. Investigadora y Docente en Artes Escénicas. Licenciada en Comunicación Social. Editora de la revista Danza & Comunicación (2006-2026). Premios Teatro del Mundo.

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LA DANZA DESDE LA LOGOTERAPIA

Por Fionna Viscido

IG @ffionnaviscido




La danza ¿tiene un sentido?

La logoterapia es una psicoterapia desarrollada por el neurólogo, psiquiatra y filósofo Víctor Frankl, que busca el significado vital en momentos cruciales y de vacío existencial. Es una terapia existencialista y con base filosófica. 

¿Cómo podríamos pensar la danza desde la misma?

En “Asumir lo efímero de la existencia”, Frankl nos habla de la búsqueda del sentido de la vida como motor de deseo, aún en una sociedad en la que se valora mucho más el sentido de la utilidad que el sentido y el valor de la vida por fuera de la utilidad. Nos dice que “el ser humano tiene la capacidad de transformar una tragedia personal en un triunfo, de crear un logro a partir de un sufrimiento en el plano humano” (…) ”y ese es el contenido de una teoría del sentido que apunta terapéuticamente contra el vacío de sentido, contra ese abismal sentimiento actual de falta de sentido."

A partir de esta cita, quisiera remarcar que la danza ocupa un lugar donde, en un mundo repleto de hostilidad en el contexto del capitalismo y el “ser útil”, aún puede haber un sentido, más allá de este sistema. Por ejemplo, las infancias pueden encontrar un sentido lúdico en la danza e imaginar que “su cuerpo es una hoja a la que mueve el viento”, fuera de las pantallas y el sentido de utilidad que esta sociedad les impone desde edades absurdamente tempranas. 

Frankl nos habla de buscar el sentido de la vida en el humor y la imaginación como herramienta de supervivencia. La danza sin las mismas no podría poseer un sentido en sí. Un rol de un personaje sin imaginación, realizaría tan sólo movimientos en secuencia; y un bailarín sin humor en medio de todo lo que debe soportar, sería un bailarín abolido por el sistema.

El autor nos dice también: “hace un momento hablaba de la posibilidad de realizar un sentido. Tales posibilidades deben llevarse a efecto, realizarse. Y esa es la tarea del ser humano en cada situación vital concreta. Pero una vez que esas posibilidades han sido realizadas, una vez que hemos convertido en realidad una de esas posibilidades, porque resulta que con una vez es suficiente, entonces ya lo hemos hecho de una vez para siempre. Porque eso queda ahí, eso nadie va a poder deshacerlo; nadie lo va a poder borrar.”

Encontrar un sentido en la danza no equivale a no sufrir por la misma. Al contrario. Encontrar un sentido en un arte, y que ese arte sea una forma de vida, es uno de los sufrimientos más grandes que tiene el ser humano, porque deposita no solo su amor sino todo su resto y su malestar en ese mismo arte. Paradójicamente, la danza implica usar el cuerpo, y muchas veces, lo que hay de ese cuerpo no es más que resto. Entonces, ¿cómo damos un sentido a la danza sin que éste se encuentre contaminado por el mero sentido de la utilidad?

Quizás, y por más difícil que nos resulte, encontrar el sentido de la danza lejos de la utilidad del cuerpo sea una utopía. Pero podríamos acercarnos a la misma si abrimos interrogantes acerca de su sentido. Interrogantes que nunca cierren. Porque una vez que lo hagan, el cuerpo dejará de buscar sentidos nuevos, y con esto, nuevas formas de imaginar y hacer arte. Una vez que el bailarín encuentre ciertos sentidos y los transfiera a su danza, nadie podrá borrarlos. De ahora en más, solo podrá expandirlos, sobre la danza y, por lo tanto, sobre la vida.

La logoterapia nos enseña que, aún no pudiendo modificar las cosas que nos suceden, sí podemos modificar cómo tomarlas y qué hacer con ellas. Quizás, el sentido de la danza sea hacer arte con aquello que nos duele para que aquello, en un sentido simbólico, no nos mate.

INQUIETA OLEADA DE EMOCIÓN

Por Luisa Martínez Saldarriaga

IG @luisaencantadora


Fuente - Pinterest


¿De qué manera te expreso mi lamento?

Si aquí estoy, envuelta en el color de mi sangre; ésa que haces apresurar en torbellinos dentro de mí, y tú solo ves mi cuerpo.

¿De qué forma debo moverme para agitar tus mareas?

Si convertirme en flor a cada paso, con el único objetivo de proveerte belleza, no parece suficiente.

Entonces, te regalo mi coraje; el coraje de las espinas que brotan de mi arte.

EL LENGUAJE SECRETO DEL ALMA

Por Karla Maldonado

IG @karlamaldonado.n 


Fotografía - Evgenij Abu



El arte ha sido uno de los objetos de estudio del ser humano durante siglos. Las distintas formas de expresión han cautivado a miles de personas, llevándolas a reflexionar, contemplarlas, investigarlas y profundizar en el porqué de su existencia. No importa si consideras que eres una persona artística o no; el arte ha llegado de una manera u otra a tu vida desde que eras pequeña o pequeño.


Entre todas las formas de expresión artísticas tan auténticas existen distintos tipos de clasificaciones: están las artes literarias, las musicales, las visuales, las plásticas y las artes vivas. Estas últimas son llamadas así porque ocurren en el aquí y el ahora, siendo fundamental la presencia física y el contacto directo entre el artista y el público. Hoy, en este artículo, profundizaremos en la danza, arte viva que destaca por su singularidad y belleza.


La danza, por definición, es el arte de mover el cuerpo de forma rítmica y expresiva, por lo general con música, para comunicar sentimientos, contar historias o celebrar tradiciones. Esta disciplina ha acompañado al ser humano desde hace miles de años, naciendo como una manera de invocar rituales, hacer celebraciones, o generar conexión e integración en las comunidades. Con el paso de los años y las especializaciones, esta disciplina se fue afinando y evolucionando, pero nunca perdiendo su verdadera esencia y propósito: ser un vehículo de expresión para el alma y el cuerpo, y de conexión con el otro. Una ventana para expresar lo que sucede dentro de nosotros, o nuestro pincel para pintar sobre el lienzo en blanco que es el escenario físico o simbólico. Como dijo alguna vez Martha Graham, bailarina famosa conocida por su técnica Graham: "La danza es el lenguaje secreto del alma."


Con el tiempo, la danza se ramificó y nacieron distintas disciplinas y técnicas que hoy en día conocemos mundialmente, como por ejemplo el ballet, el jazz, las danzas urbanas, los ritmos latinos o la danza contemporánea, por mencionar algunas. Cada una de ellas, aunque se une por el cuerpo y el movimiento, nació por distintas necesidades y contextos de época, y si las pruebas, encontrarás distintas versiones de ti que cada danza requiere.


Pero, ¿es necesario aprender una técnica de danza para bailar? La respuesta es no. Cualquier persona puede bailar, sin necesidad de aprender una técnica, pues la esencia de la danza no consiste en ser perfecta, sino en conectar y expresar. Sin embargo, si existe una llama dentro de ti que se despierta con alguna disciplina o técnica, sugiero que la sigas. Cada una de ellas será como aprender un idioma nuevo, donde las palabras y la gramática te permitirán expresarte en ese lenguaje y comunicar distintas cosas, conforme lo requieras. Así como con los idiomas: el español o el francés los puedes usar para cuando quieras decir algo romántico, quizás el alemán cuando quieras expresar tu furia, el inglés cuando quieras ser entendido universalmente, o el portugués para una ocasión específica. Así pasará con la danza: hables o no hables el lenguaje, conocerlo te dará las herramientas para entenderlo y conectar con distintas personas. 


Quizás nunca hayas pensado en tu cuerpo como un idioma, ni en el movimiento como una forma de decir lo que las palabras no alcanzan. Pero ahí está, esperando. Porque si la danza es, como decía Martha Graham, el lenguaje secreto del alma, entonces cada persona ya lo lleva consigo, aunque no lo haya hablado nunca. Así que, ¿por qué no elegir bailar el día de hoy? 


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Carolina Herrera


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DANZO, SIENTO, LUEGO EXISTO

Por Helena Lorenzo

@biodanzahelena 


Sensibilidad corporal, cascadas hormonales y regulación del cortisol en la danza y la Biodanza


Fuente - Pinterest


El cuerpo es el instrumento con el que danzamos y también un órgano de percepción. Cada cambio en la respiración, el tono muscular, el latido, la temperatura o la tensión visceral genera información interoceptiva que asciende hacia el sistema nervioso central. Cuando la danza desplaza la atención desde la ejecución externa hacia la vivencia interna —como ocurre en Biodanza—, sentir el propio cuerpo puede convertirse en una vía de regulación. La hipótesis que aquí nos interesa es sencilla: cuanto más afinada es la escucha corporal, mayor posibilidad existe de reconocer el estado de activación y modularlo antes de que el estrés sea crónico.


Ante una amenaza real o interpretada como tal, las redes límbicas y corticales que valoran el contexto activan al hipotálamo. La reacción en cadena es: Liberación de CRH (hormona liberadora de corticotropina) y vasopresina. Esto estimula la liberación de ACTH que mediante sucesivas reacciones, resulta en la síntesis de cortisol. El cortisol aumenta la disponibilidad energética y modifica la respuesta inmunitaria y cardiovascular (Herman et al., 2016; Thau et al., 2025).


Amenaza → Hipotálamo → Hipófisis (ACTH) → Corteza suprarrenal → Cortisol


Pero el cortisol no es un «enemigo»: es imprescindible para la adaptación. El problema aparece cuando su producción es excesiva o repetida. Además, no toda danza reduce cortisol de forma inmediata. Una danza intensa, competitiva o vivida como evaluación social puede elevarlo; de hecho, se han descrito aumentos tanto en danza africana de alta activación como en competición de baile. Por tanto, atribuir a «bailar» un descenso hormonal automático no es exacto. (West et al., 2004; Rohleder et al., 2007).


La interocepción permite representar el estado interno del organismcon las señales orgánicas y emocionales integradas. La sensibilidad corporal no significa simplemente «sentir más», sino discriminar mejor qué ocurre dentro y responder de manera flexible. La literatura reciente relaciona interocepción y estrés, aunque la dirección de esta relación depende de cómo se mida la interocepción y del tipo de estrés estudiado (Irigoras Izagirre et al., 2026). En prácticas cuerpo-mente, la evidencia apunta además a una mejora de la conciencia corporal, aunque los estudios siguen siendo heterogéneos (Mehling et al., 2025).


Aquí aparece un puente especialmente sugerente para Biodanza. El movimiento consciente modifica la percepción del estado interno y de la postura corporal; la respiración, el ritmo y la alternancia entre activación y reposo cambian el estado interno; la música organiza la emoción y el encuentro seguro añade información social. Cuando la experiencia deja de ser percibida como amenaza y se transforma en una vivencia de seguridad, placer y pertenencia, disminuye la necesidad de sostener la respuesta defensiva. El resultado esperable no es «apagar» la cascada que hemos descrito, sino favorecer una activación más ajustada y una recuperación más eficaz. En Biodanza trabajamos aportando “luz” a nuestro interior, abrazando la “sombra”.


Durante una sesión se activan diversas descargas químicas: Dopamina, por el movimiento y la música Oxitocina, por el contacto físico y la interacción personal. Sin embargo, conviene evitar la fórmula popular «abrazo = oxitocina = menos cortisol»: ya que esta hormona es difícil de medir y los resultados son heterogéneos. 


Podemos resumir la secuencia funcional así: música + movimiento + percepción corporal + vínculo seguro → integración sensorial/interoceptiva y emocional → modulación de redes nerviosas y de valoración de amenaza → ajuste de la señal hipotalámica → menor impulso ACTH cuando el organismo ya no necesita mantener la alarma → recuperación del cortisol hacia niveles compatibles con reposo y equilibrio. 


Paralelamente, el placer cenestésico y el sentido de pertenencia pueden reforzar la vivencia mediante dopamina, opioides endógenos y, posiblemente según el contexto, oxitocina. No se trata de una única «descarga de hormonas de la felicidad», sino de una conversación simultánea entre cerebro, sistema nervioso autónomo, hipófisis, suprarrenales, sistema inmunitario y señales procedentes del propio cuerpo.


En Biodanza, la vivencia propone recuperar el cuerpo como fuente de información y no sólo como objeto que se mueve. Percibir el pulso, el apoyo, la respiración, el placer del movimiento, la emoción que despierta una música o la seguridad de un encuentro puede entrenar una relación más fina con el estado interno. Desde esta perspectiva, la posible reducción del cortisol sería el extremo visible de un proceso más amplio: pasar de una fisiología organizada alrededor de la amenaza a otra capaz de reconocer seguridad, recuperar equilibrio y vincularse. Danzo, siento mi cuerpo y, al sentirlo, puedo regularme. «Danzo, siento, luego existo» deja entonces de ser únicamente una metáfora poética para convertirse en una pregunta biológica: ¿hasta qué punto aprender a escucharnos corporalmente puede modificar la forma en que nuestro organismo responde al estrés?




Referencias bibliográficas

Herman, J. P., et al. (2016). Regulation of the hypothalamic-pituitary-adrenocortical stress response. Comprehensive Physiology, 6, 603–621.

Irigoras Izagirre, N., et al. (2026). Investigating the relationship between cardiac interoceptive accuracy and stress: A systematic review and meta-analysis. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 180, 106454.

Mehling, W. E., et al. (2025). Changes in body awareness in yoga interventions: A systematic review. Complementary Therapies in Clinical Practice.

Rohleder, N., Beulen, S. E., Chen, E., Wolf, J. M., & Kirschbaum, C. (2007). Stress on the dance floor: The cortisol stress response to social-evaluative threat in competitive ballroom dancers. Personality and Social Psychology Bulletin, 33(1), 69–84.

Thau, L., Gandhi, J., & Sharma, S. (2025). Physiology, Cortisol. StatPearls Publishing.

West, J., Otte, C., Geher, K., Johnson, J., & Mohr, D. C. (2004). Effects of Hatha yoga and African dance on perceived stress, affect, and salivary cortisol. Annals of Behavioral Medicine, 28(2), 114–118.


MONÓLOGO ANTINATURAL

Por Luisa Martínez Saldarriaga


Fuente - Pinterest


Se suponía que sería mía, personal: la forma de navegar mi casa, mi templo.

Esa nativa manera de sacudir mi mundo interno;

el salvavidas que siempre supe abrir con un estilo natural.

Mover mi cuerpo, ¡y mis ideas!

Levantar mis alas y sacudir mis antenas;

tan fuerte como pudiera, tan dulce como quisiera.

¡Mis antenas! Tan deseosas de sintonizar con su ritmo original.

Bailar, lo que fuera y cuando fuera,

era ese grito infantil que me rescataba cuando el verbo ya no era suficiente. 

—¿Infantil? —

¡Sí! Eso creí.

Así le decimos a veces a lo que nace de manera genuinamente salvaje.

¡Qué alarido interno tan delicioso!

Pero —¿puede ese impulso ser la chispa que ilumine una vida entera? —

¡No! Eso creí.

Y es que estaba tan acompañada e invadida,

que, a lo mejor, lo único en el mundo que siempre fue realmente mío era ese rugido;

pero por desgracia era solo uno.

Uno luchando contra miles de murmullos ajenos, inaudibles y constantes;

todos repitiendo: “no es, no eres para tanto”.

Ese barullo casi ensordeció mi melodía;

sin embargo, ella persistió, aunque en segundo plano;

como una antigua canción favorita que solo se escucha a veces.

Hasta que de pronto un día me vi amándome en los ojos de alguien más;

Pero —¿cómo sería tal cosa posible y qué tiene que ver el amor con todo esto? —

¡Todo, absolutamente todo!

Y es que ocasionalmente se precisa el préstamo de una mirada externa,

atenta, atónita y neutral que actúe como espejo;

desafiándonos a admitir aquello imperceptible a nuestros ojos somnolientos.

Para mi sorpresa y fortuna, así fue: primero fue una, luego vinieron decenas;

después quizás cientos de miradas.

Estaba lleno el público y también el escenario, pero en el éter solo estaba yo,

entonces me permití conectar con el susurro;

esta vez con el que habita dentro de mí.

Y ese día al fin, lo vi: a mi gran amor.

Allí estaba regresándome con pureza un querer que yo le había entregado condicionado.

Pero yo, estaba de igual manera arrepentida y aliviada,

pues entendí que realmente nunca le abandoné, era imposible;

de la misma manera que no es posible separar un producto de su materia prima.

Ese fue el momento en que comprendí que la danza está y siempre estuvo ahí,

literalmente en cada paso.


EL LEGADO DEL CUERPO: EL MOVIMIENTO ESPONTÁNEO

Por Brenda Inés Di Pao

IG @dipbren



Fuente: Pinterest


En las últimas décadas, el desarrollo personal y las disciplinas psicoterapéuticas han revalorizado un hecho fundamental que la modernidad occidental fragmentó durante siglos: la mente y el cuerpo no son entidades separadas. Vivimos en una cultura de matriz patriarcal que, históricamente, ha empujado la energía vital hacia el intelecto, fomentando el control excesivo, la sobreexigencia y el enmudecimiento de nuestra dimensión instintiva. Frente a este paradigma de la desconexión, surgen espacios de integración profunda que nos devuelven a nuestra naturaleza orgánica.

Entre los legados más potentes dejados por el psiquiatra, escritor y maestro Claudio Naranjo dentro de su programa SAT, destaca con luz propia la práctica del “movimiento espontáneo”. Lejos de constituir una simple técnica gimnástica o una danza coreografiada, esta disciplina se erige como un camino psicoespiritual de autoconocimiento, un puente directo hacia la escucha interior y la recuperación del goce.

El movimiento espontáneo es un abordaje corporal que nos invita al "dejarse ir". Esta práctica no busca una descarga catártica caótica, sino un ejercicio sutil de atención interior para distinguir qué es lo verdadero, qué es lo habitual y qué mandatos externos nos han impuesto sobre lo que supuestamente "queremos" o "debemos" ser.

La consigna principal no es estructurada ni directiva, sino facilitada. Las personas se introducen en la práctica habitualmente con los ojos cerrados, guiadas por la música, el silencio y la atención plena. A través del movimiento libre, el cuerpo deja de ser visto como un objeto utilitario para convertirse en el vehículo principal de la experiencia del ser.

Un pilar fundamental de esta técnica es el cultivo de una mirada sin juicio, tanto hacia uno mismo como hacia los demás. Este mirarse con "buenos ojos" es el primer paso indispensable para aceptar nuestras formas de estar en el mundo, reconocer nuestras corazas y, eventualmente, transformar aquellos aspectos que interfieren con nuestro desarrollo integral.

En el espacio de movimiento espontáneo no existen moldes ni exigencias estéticas. No requiere experiencia previa en danza ni aptitudes físicas extraordinarias; parte de la premisa de que cualquier ser humano ya posee la experiencia fundamental de haber habitado, sentido y presenciado la vida a través de su propia corporalidad. El desafío más grande de la práctica: aprender a rendirse al vacío y soltar el control. Algunas personas experimentan desplazamientos amplios y dinámicos; otras transitan movimientos sutiles, pequeños o eligen directamente la quietud. Todo el espectro es legítimo y profundamente bienvenido.

El cuerpo humano es un archivo viviente: en él se imprimen nuestra historia personal, nuestros traumas, nuestros límites y también nuestro potencial inexplorado. Al permitirnos transitar el movimiento espontáneo, desbloqueamos capas de rigidez acumuladas por el mandato social.

La práctica nos propone una entrada al contacto con lo instintivo. Nos reconecta con la tierra, la energía vital y la matriz de las emociones profundas que muchas veces permanecen entumecidas por la racionalidad excesiva.

Los participantes descubren que las respuestas a sus encrucijadas vitales no residen únicamente en un análisis mental, sino que se sienten físicamente. Es el cuerpo el que, poco a poco, aprende el lenguaje de las sensaciones: comienza a marcar con mayor honestidad qué camino transitar y de qué lugares es necesario retirarse.

Entregarse al movimiento enseña a confiar en la vida y en el devenir. Comprendemos que no necesitamos controlarlo todo de manera rígida para que las cosas fluyan de forma orgánica.

En sintonía con la metáfora que propone la Odisea, este trabajo interior representa el viaje de vuelta a casa. Al soltar las estructuras del ego y permitir que el cuerpo hable en libertad, recuperamos la soberanía de nuestra alma, abriendo la puerta a una existencia más honesta, integrada, vital y profundamente humana.