¿DEDICARSE O NO A LA DANZA?

Por Laly Alejandra Balcazar Arévalo

IG @lalybalcazar


Fuente: Pinterest


Iniciamos la vida con la inocencia de la infancia. Las experiencias que se van presentando en el camino, nos guían hacia lo que un día se convertirá en nuestra profesión, o en el medio de ganarnos la vida. En mi época de adolescencia, jamás imaginé ver la danza como una profesión, nisiquiera llegué a imaginar que un día, en mi vida, yo misma me reconocería como una bailarina. La danza estuvo siempre allí, en el camino, desde muy pequeña; la veía como una actividad más, igual que tomar clases de natación o cualquier otro deporte, como las oportunidades que ofrecen los padres a los hijos fuera de la escolaridad.

En aquel entonces, el lugar y el entorno en el que crecí, la danza era vista como una simple diversión social o para pasar el tiempo; de manera inocente, instintiva y natural, siempre hice parte del grupo de danza del colegio; hacía parte de los concursos que se formaban a nivel estudiantil. Recuerdo que eran cosas que, desde aquel entonces ya me apasionaban y me llenaban, más que el cotidiano de cualquier estudiante de 14 o 15 años. Desde una edad muy temprana se pudo percibir mi pronunciado gusto por el arte y la práctica de ciertos deportes que exigían disciplina y entrega: la norma era pretender una profesión universitaria de una carrera normal y común como psicología, administración de empresas, derecho, entre otras. Así fui creciendo y dejándome llevar por la vida.

En la inocencia y la incertitud de la juventud, llegó el momento de ingresar a la universidad; aquella voz que todos tenemos en el interior, me hizo decidir no ingresar a estudiar psicología, arrepintiéndome antes de pagar la primera matrícula que me prometía un nuevo camino hacia mi vida de adulta. En aquel entonces hablé con mi madre, fui sincera y manifesté la necesidad de tomar un tiempo para decidir qué estudiar realmente. Ese año ingresé al mundo laboral, siendo aún menor de edad, en medio de mujeres adultas con sus vidas de personas grandes. Observaba mucho la vida y el comportamiento de aquellas personas y aquellos ritmos de vida que parecían, al final, todos tan comunes: casarse, tener hijos, tener un trabajo, tomar vacaciones, comprar una casa. Fueron cosas que, a mis 17 años, me parecían tan faltas de magia.

Ser madre sí hacía parte de mis planes, era algo que tenía claro desde muy joven. Viajar y salir de mi país no me hacía soñar, no me parecía importante. Tener un trabajo me parecía tan natural como tener que alimentarnos: todos necesitamos un día un trabajo para poder vivir mínimamente; pero nada me inspiraba más que el arte, la pintura, la fotografía, imaginarme trabajando en un museo por el resto de mi vida, o convertirme en una crítica y conocedora del arte, me parecía más divertido que pensar estar toda mi vida sentada en un escritorio. 

Estaba decidido. Anuncié en casa que estudiaría artes plásticas; sin mayor dificultad, apoyaron mi decisión e ingresé a estudiar durante 3 años; estaba tan convencida de que ése era el camino que me correspondía, que incluso llegué a decir, en algún momento, que por nada en el mundo dejaría el arte, y menos mis estudios en artes plásticas.

Nada fue como yo lo había imaginado. Poco tiempo después terminé viviendo en otro país, y aunque traté de continuar en la escuela de bellas artes, terminé abandonando las artes plásticas para convertirme en todo aquello que un día había observado y percibido tan falto de magia, sin ningún interés profundo: una vida normal con un trabajo y una familia, una adulta responsable, pero incompleta. 

La vida iba haciendo lo suyo, y yo me dejaba llevar por ella, hasta que sucedió aquel encuentro: esta vez, en papel de madre y repitiendo la historia, llevando a mi hija a clases de danza, así como tiempo atrás mi madre me llevaba a mis clases de deporte. Estaba fascinada por aquella actividad que, desde el exterior, me parecía fácil, divertida y agradable para observar; hasta aquel día, cuando el profesor de mi hija me propuso danzar con ellos o, por lo menos, intentarlo. Yo, sin imaginar lo que estaba por suceder, acepté.

Aquella noche, después de ese encuentro, no volví a ser la misma. O quizás, realmente, aquella noche regrese a mí. Sólo la divinidad lo sabe, y en el fondo, yo también lo sé. Fue una increíble experiencia, volver a dar un movimiento diferente a mi cuerpo. Después de tantos años lejos de la danza, fue ver la luz con los ojos del alma.

Muchos años estuve alejada de la danza sin tener la oportunidad de vivirla, así fuera como simple diversión social. Fue un increíble encuentro, regresé a casa pensando en todo lo que debía hacer para lograr un movimiento, mi mente colapsaba con el simple hecho de tratar de entender los movimientos, era una revolución interna muy profunda.

Por esos días todo se me volvió danza, tratando de asimilar lo que aprendía en clase, e integrar aquellos aprendizajes en mi cuerpo. A la cuarta clase, el profesor me invitó para unirme a la celebración de un festival muy importante. El lugar donde estaba, y la danza que estaba aprendiendo, era otra nueva cultura en mi vida. Aunque era una isla francesa, estaba en medio de la comunidad de la India e ignoraba todo de ellos. Acepté con cierto temor sin saber hacia dónde iba y cuál sería el resultado, y en menos de un mes, me encontré entre bailarines de diferentes estilos de danzas de la India, luces, tambores, colores, olores y, por supuesto, dioses. La energía divina manifestada de múltiples maneras, estaba omnipresente: aquella luz divina que me ha llevado de la mano por este universo, desde aquel primer encuentro. 

Esta experiencia dejaba en evidencia que mi alma había estado incompleta. Se inició todo un camino y, de manera inocente, me fue llevando sin darme cuenta por lo que correspondía a mi vida. De regreso a Francia, era evidente que ya no podía seguir viviendo sin danzar. Esto se había convertido en algo vital.  Tratando de regresar a una vida “normal”, había algo totalmente claro: mi vida sin la danza ya no era posible. Fue así como, en mi búsqueda y a través de varias experiencias, encontré a mis maestros. Al tiempo comencé a enseñar lo poco que había aprendido en ese entonces. A medida que pasaba el tiempo, más consciente me hacía de que la danza era el camino que me correspondía. Siempre, cada paso que he dado, ha sucedido por la gracia divina y de manera orgánica: viajes, estudios, formación, experiencia tras experiencia, un camino lleno de vivencias profundas y mágicas. Por fin podía sentirme viva y completa. 

El tiempo fue pasando y me sumergía cada vez más, así, de manera natural. Sin darme cuenta, dediqué mi vida a la danza; siendo estudiante, profesora, bailarina, y convirtiéndome en la directora de mi propio centro. La vida me puso allí, yo me dejé llevar, la divinidad hizo lo suyo y todo fue tan natural como el hecho de respirar. Han sido años de aprendizaje, estudios, investigaciones; de descubrirme y conectarme conmigo misma, y los movimientos que experimenta mi ser a través del movimiento que la danza produce en él, son años de conexiones con mis maestros, mis compañeros de danza, mis colegas, mis estudiantes y mi público.

El alma es sabia y la divinidad tiene un plan para cada uno de nosotros. Sin dudas, el mío era éste: vivir de la danza ha sido un increíble camino con mucha magia y mucha profundidad. Jamás hubiera imaginado vivir de la danza con la divinidad pero, sin dudas, en cada paso, esa luz divina estuvo allí, permitiendo que todo sucediera, y mostrándome el camino para dar los pasos que me correspondían en esta existencia. ¿Vivir de la danza? Sí, y mil veces sí. ¿Es fácil? No, no siempre lo es. Sin duda alguna, ha valido la pena y me ha permitido libertad, consciencia, plenitud, amor y vida, mucha vida en cada movimiento. 

BAILAR ES RECUPERAR LA ESPERANZA EN LA VIDA

Por Ana González Vañek

IG @danzaycomunicacion


"La esperanza sonríe desde el umbral del año por venir, susurrando: será más feliz"

Alfred Lord Tennyson


Fotografía - Gentileza de prensa



Un aura de cálida poesía envuelve el bello trabajo de Catalina Briski, un homenaje danzado a su hija (Jacinta), a la danza, al río, a la desobediencia, a sus padres (el dramaturgo Norman Briski y la actriz Laura Melillo) y a sus hermanas. 

PaCata pone de manifiesto, en un recorrido que articula diversas experiencias artísticas y sensoriales, un profundo cruce entre lo real y lo posible, lo que fue y lo que podría haber sido, lo que creemos ver y todo aquello que aún no hemos aprendido a reconocer. 

La obra de Briski articula diversas experiencias íntimas y subjetivas con elementos de carácter marcadamente social, que nos interpelan de manera individual y colectiva para encontrar(nos), a través de los recuerdos de su propia vida, con la nuestra. 

He aquí la riqueza significativa de esta pieza: no quiero ser vista, quiero compartirme, dirá Catalina, quien sostiene que bailar es recuperar la esperanza en la vida, el hermoso hilo conductor que atraviesa esta pieza, donde las melodías de un acordeón en vivo (Pedro Bragan) y las sabias palabras introductorias de un manifiesto que aguarda su trascendencia, acompañan una danza creada colectivamente e iluminada con precisión (Javier Rincón).

La esperanza, entendida como el estado de ánimo que surge cuando es alcanzable lo que se desea, se presenta en PaCata de manera inocente y lúdica, como un reflejo transparente de lo originario en nuestro ser: el espacio-tiempo perfecto para cocrear la narrativa de una nueva historia, capaz de albergar en ella, un pasado integrado, subsanado y comprendido desde el más profundo amor. Bailar es un ritual que da sentido a la existencia, sostiene la intérprete, y añade que como toda práctica social, material y concreta, la danza es vital


Fotografía - Gentileza de prensa


"Creo que los signos que comunica la danza son únicos y tienen un efecto de fuego artificial", afirma Briski. Y por serlo, atraviesan al público en todas sus dimensiones, incorporándose (literalmente) en nuestro ser como ningún otro lenguaje. Por eso es tan importante el trabajo personal del artista escénico y, particularmente, del artista de la danza, cuya mera presencia silenciosa puede convertir un instante de aparente quietud, en un potente movimiento colectivo. "La danza comunica diversidad. Y qué importante es hoy reivindicar la diversidad, y darle lugar y tiempo", sostiene.

En este sentido, PaCata es un trabajo que articula diversas experiencias íntimas y subjetivas con elementos de carácter marcadamente social, que nos interpelan de forma individual y social, para encontrar(nos), a través de su propia vida, con la nuestra. He aquí la riqueza significativa de la obra, que gracias a un inteligente tratamiento discursivo, es capaz de invitarnos a una profunda exploración personal más que a un cierre interpretativo.

Y esto también se vincula con la propia experiencia de Catalina como espectadora, a quien desde muy chica, se le develó un detrás de escena que, según ella, le dio cierta soberbia que la llevó a ser una pésima espectadora. Por eso intenta recuperar la inocencia de cuando tenía 5 años y veía Cats: "Hoy la crítica estética me aburre; además, me parece fascinante que existan miles. Si hay entrega en escena, siempre me emociono y agradezco". 

Emoción y agradecimiento, es precisamente lo que sentimos los espectadores de este hermoso trabajo que nos conmueve con su dulzura y, por sobre todas las cosas, con su honestidad, un elemento necesario y fundamental para que la danza sea integrada por nuestras sociedades, en su valiosa inmensidad. 

Hoy más que nunca, nada es más poderoso ni transformador que una obra de arte: aquella que nace de una danza sincera.




PaCata


FUNCIONES

Domingos 9, 16, 23 y 30 de junio - 18hs

Sala: Teatro Cooperativa Perra 

(Bonpland 800, CABA)

Entrada general: desde $5000 por Alternativa
Duración: 60 minutos




FICHA TÉCNICO ARTÍSTICA

 

Dramaturgia: Catalina Briski

Intérpretes:  Catalina Briski

Acordeón: Pedro Bragan

Voz en Off:  Norman Briski, Olinda Briski, Lola Garcia Blaya, Sofia Guggiari, Laura Melillo, Marie Pascal, Manuela Vanni, Frida Jazmín Vigliecca

Escenografía: Timoteo Ezequiel Del Papa

Iluminación: Javier Rincón

Vestuario: Victoria Monserrat

Edición de sonido: Tomas Melillo

Edicion de videos: Josefina Sagasti

Realización Audiovisual: Leonel Fastovsky, Juan Figueroa

Fotografía: Silvia Sergi

Dibujos: Panchopepe, Natalia Pazmiño, Julia Valicente

Equipo de Dirección: Josefina Sagasti

Edición Audiovisual: Leonel Fastovsky, Juan Figueroa

Prensa: Prensópolis

Dirección General: Catalina Briski


DANZAS SAGRADAS


Un sendero danzado hacia la sanación, liberación y elevación de la mujer, a través de la integración de sus dimensiones física, mental, emocional y espiritual, en comunión sagrada y perfecta. Cada encuentro grupal favorece los procesos individuales de transformación, en un espacio de cálido intercambio. 

 

DIRIGIDO A 

​-Mujeres de todas las edades con o sin experiencia en trabajo corporal

DESCRIPCIÓN

Comenzaremos el encuentro con un ritual de movimientos destinados a preparar el cuerpo y el alma para recibir la experiencia de la danza.

Posteriormente, trabajaremos secuencias coreográficas especialmente diseñadas para abordar la sanación en todos sus aspectos, privilegiando la dimensión espiritual del ser, en un sendero de profundo autoconocimiento.

Realizaremos ejercicios para la apertura del corazón, irradiando toda su luz y sabiduría a través del movimiento danzado.

Cada encuentro ofrece un espacio sagrado de conexión y armonización, donde podrás experimentar la unión del cielo y la tierra en tu propia corporalidad, alineando tus centros energéticos, reconociendo cada aspecto de tu divinidad y haciéndote partícipe de un propósito trascendente. 

Acompañaremos la infinita sabiduría del lenguaje de la danza, con símbolos sagrados, elementos de la terapia Reiki y la asistencia de María Magdalena, quien nos guiará en este maravilloso camino de autoconocimiento y transformación.

Facilita: Ana González Vañek. Bailarina y Creadora de Danza, Maestra de Reiki, Practicante de Kabalah, Licenciada en Comunicación Social

Viernes 21 de junio de 19.30 a 20.30 hs.​

Espacio Holístico IKI (Echeverría 1565 - CABA)

Reciprocidad: $10.000 Ars 

Alias para transferencia: danzaycomunicacion (sin acento)

Por favor enviar comprobante, nombre y apellido por whatsapp para confirmar la inscripción:

(+549) 153 - 687 3237

INNER DANCER

Por Alba Felpete

IG @albafelpete


Fuente: Pinterest


Encontrarse con la realidad que el cuerpo nos ofrece no es fácil. Escuchar profundamente el cuerpo a través de una práctica que realmente nos de la información cruda no es sencillo. Cualquier disciplina, herramienta, práctica que nos ponga en contacto real con nuestro cuerpo, sin edulcorar ni teñir el mensaje, puede generar muchas resistencias. 

Encontrarnos con el mensaje del cuerpo requiere aterrizarnos profundamente en nuestra humanidad. Nos enraíza a la humildad de que somos seres y humanos, convivimos con esta realidad, somos las dos dimensiones, seres y humanos y qué complejo puede resultar a veces habitar este binomio. Digamos algo así como que la tierra duele. La tierra es densa, lenta y procesal. La tierra tiene sus fases. Y nuestra tierra, que es nuestro cuerpo, también. Toda la información más sutil está densificada en él y por ello, adentrarnos mediante una práctica cruda, nos pone directamente en comunicación con todo lo que portamos: nuestro, ambiental, cultural e intergeneracional. 

¿Cómo afrontar esta labor sin caer en una tonalidad dura? Danzando el proceso. Respirando la resistencia, acariciando con atención nuestra sombra, iluminando con ternura las zonas acorazadas, lamiendo las heridas con oxígeno, habitando la incomodidad sin aguantar, sólo sostener el corazón abierto en lo incómodo, haciéndonos una con el lodo que el día de mañana verá nuestros pétalos brotar sobre él. 

La danza académica y profesional, en ocasiones, cierra el flujo del inconsciente. Constriñe el ser. No deja fluir el caudal y encorseta al “inner dancer” que cada uno lleva. Con los paradigmas establecidos de lo que es la danza, se nos activan los automatismos y la información se pierde. Puede existir cierta consciencia del movimiento y de su articulación, incluso de los procesos formales creativos y de la expresión corporal pero no se llega a permitir que se abran las compuertas del inconsciente y esa barrera no se traspasa, es demasiado femenina, incontrolable... y asusta. 

Tampoco existe suficiente grado de detención, no hay espacio para la quietud, para el detenerse y buscar el espacio, por lo que ya sabemos quién toma el timón de la danza. Qué necesario generar espacios para danzar. Espacios dentro del cuerpo, espacios en las directrices, espacios físicos, espacios en silencio, espacios de escucha, espacios entre los pensamientos, espacios antes de comenzar a movernos. 

En la tradición yóguica el acto más sublime es la quietud. La práctica se fundamenta en diferentes peldaños y el último es la meditación, pasando por la ética en el vivir, el entramado de las asanas o posturas, el pranayama o ejercicios respiratorios, para por último, desembocar en la quietud. Todo es una preparación para poder sostener un estado meditativo, todo. Lo que sucede es que desde la mentalidad occidental hacemos un mercado y un circo de cualquier cosa mínimamente atractiva y satisfactoria y ahí nos quedamos, flotando en la superficie, saltando de rama en rama, perdiéndonos el néctar de la existencia: el aquí y el ahora. 

En la cara escénica sucede un poco lo mismo que en el aula. Dónde se halla la profundidad o la trascendencia artística? Desde dónde está danzando el intérprete? Dónde está su mente cuando danza? 

Cuanto más se habla del Tao más desaparece. Es por ello que comunicar con palabras lo esencial es jugar con una línea muy sutil. Escoger el lenguaje coreográfico también lo es. Codificar demasiado un mensaje es delicado para quien se sienta comprometido con la profundidad. Hablar con muchas palabras de algo que va más allá de ellas puede desvirtuarlo. Con la danza siento que es lo mismo. A veces es mejor quedarse en el campo pre personal, no codificar demasiado la información, dejarla en su campo simbólico, ofrecerla así, sin tamizar, con el cuerpo abierto.


Quién es él, pues? 

De quién hablamos?

Quién es nuestro inner dancer?

Sería algo así como un ser compuesto por los ritmos universales, ondulante, femenino y espacioso. Con el tono muscular desinhibido y la corriente emocional de un bebé. 

Sería algo así como un caudal majestuoso en donde los pensamientos apenas fluctúan, permanecen estables mientras lo orgánico se abre paso con la implacable verdad del momento presente. Aquí, ahora, aquí, ahora, corre este discurso por las venas de esta criatura. 

Sería algo así como el bailarín que hasta la persona más sedentaria posee. 

Sería algo así como una antena cósmica y un ser permeable e incorruptible a la vez. 

Sería algo así como un purísimo organismo sensible que no logra traducir la existencia en palabras porque el alcance de su percepción no cabe en el contenido del lenguaje. 

Sería algo así como el ser interno que se agita por dentro queriendo romper el cascarón, que siente, que se mueve porque todo es movimiento, que percibe la pequeña danza en el epicentro de su ser y responde. Que no se queda cuando no siente reciprocidad y se queda cuando es hogar. 

Sería instinto, impulso y quietud por igual.

Sería mitad corazón y mitad cuerpo. 

Sería todo aquello que es.


TIEMPO DE ANIDAR

Por Ornela Sabbatini

IG @ornelasabbatini


Fuente: Pinterest


Hace unos años me pregunté qué significaba llegar a un lugar desconocido. Era una pregunta para la improvisación de una escena de danza.

Llegar es, ante todo, elegir. Elegir atravesar una puerta. Tomar aire e impulso, necesarios para dar el paso que permite cruzar el umbral. 


Llegar, ¿es un modo de nacer?


¿Los humanos nacemos por deseo o por incomodidad? Dejar el nido inicial, una amorosa muerte que indica que estamos listos para entrar a la danza de la vida.


Nací por cesárea, un domingo de lluvia. Mil novecientos ochenta. Una vez tuve la oportunidad de recordar el momento de mi nacimiento. Recuerdo una mano asomando. Una sola imagen, una postal. La mano, como señal.


Mis manos anidan palabras germinadas en mi danza. Crece aquello a lo que le ponemos energía, soñé.


Escribir es un acto que abre espacio en el tiempo del crecer. Parar, pararse, parir, repararse. Reparirse en la palabra.


Escribo para parirme y nacer a la conciencia. Escribo como un modo de celebrar la vida, observándola a través de las personas que están y las que ya no; a través de los nuevos compañeros de camino; de los reencuentros de almas. Tomo lo que viene, suelto lo que se despide. Como un vaivén que se mece y conecta la muerte con la vida, escribo como rito de pasaje. 


Como si entrara al laberinto del minotauro, cruzo la puerta. Cruzo el umbral. Deseo llegar. Una vez más. Otra vuelta de espiral. Algo me convoca a entrar y meter las patas en el barro. Un anhelo profundo: la búsqueda de mí misma. 


Cruzo con una pregunta grabada en la frente, por si me extravío, por si se me olvida. Por si me enredo en los vericuetos. Por si me mareo entre reflejos y sombras.


¿Qué es el amor? Una pregunta en capas de sentido. Concepto, emoción y dirección. Lanzo mi flecha-pregunta al universo, intencionando que el impulso, como fuerza magnética, me cruce con la respuesta una mañana cualquiera de improvisto, sin previo aviso.


Que la respuesta me abrace, como lo sabe hacer el viento cuando espirala en la esquina. Que llegue en forma de susurro, capaz de sacarme del pantano donde meto las patas de vez en vez. Que sea una respuesta que llegue mientras ensayo alguna receta de esas que siempre me niego a aprender, y que su fuerza sea capaz de nutrirme, sin darle tiempo a mi mente para entender. Que sea el cuerpo el que comprenda.

Que sea valiente y me contagie su valentía. Que sea graciosa y no pueda parar de reírme. Que sea luminosa y me recuerde que nací mientras amanecía.

Anidar el sí mismo como forma de nacer en el deseo.
Ama Nacer.
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Luz titilante es un recorrido por el territorio de mi cuerpo, un viaje que oscila entre luces y sombras. Un diario que nace en el plano del movimiento y se sella en la escritura.


El siguiente texto es la coordenada dos: territorio útero. Fue gestado entre diversas canciones que componen una lista en Spotify. Aquí el enlace a una de las más significativas para estas líneas que comparto:


8 PREGUNTAS

Por Flavia Basilico

IG @sinobailoescribo


"Improvisar es situarse en la actitud atenta de cierta simpatía con los movimientos haciéndose, eludiendo un puro determinismo de reproducción de gestos, tanto como una creación de pura novedad, de absoluta originalidad.’’ Marie Bardet


Fuente: Pinterest


Me pregunto, si ya todo está inventado... ¿Qué más puedo improvisar? ¿Qué más puedo bailar? Las posibilidades son infinitas pero en la práctica parece que, después de tantos años, de tantas danzas, nos terminamos repitiendo una y otra vez. Nos abro la pregunta a la comunidad de la danza ¿Cómo improvisamos hacia lo nuevo?, lo que aún no movimos, lo inimaginable, el futuro. ¿Hay alguien que pueda llevarnos hacia ahí? No es que me cansé de los grand-pliés o de los espirales contemporáneos, deslizadas y roladas. Los amo. No sé quién soy sin ellos. Sin embargo, ¿qué más hay? ¿qué más podemos pedirle a la danza?


Pienso en el Yoga, milenario, con sus poses en repetición hace cientos y cientos de años. Las seguimos haciendo, sí. Nos hacen muy bien, sí. Sin embargo, fueron surgiendo sub-estilos, otras dinámicas para las clases, nuevas ideas. La danza, por supuesto, no se queda atrás, pasamos de las danzas más primitivas, al ballet, a la danza moderna, tenemos Graham por un lado, Limón, mi amada danza contemporánea, flying low, contact improvisation, hip-hop, popping, locking, twerk, breaking dance, tango, folklore y muchísimo más. Dentro de cualquiera de los estilos igualmente, nos seguimos repitiendo ¿Cómo llegar a lo desconocido? Me lo pregunto hace años y ahora puedo poner en palabras mis pequeños experimentos para encontrar nuevas movilidades. 


Probé cientos de ideas en la última década. Todas resultan muy atractivas al principio pero luego surge una especie de estancamiento y salto a la siguiente idea. ¿Será que es cuestión de movernos de una a otra idea sin parar?


Analizo los movimientos cotidianos. Abrir la puerta, servir un café, cerrar un cajón, prender la luz, abrazar a una amiga, parar el colectivo, gritar. La danza está ahí también. ¿Qué puedo extraer de esos gestos? ¿Me pueden ayudar en mi impro? También lo pruebo, porque todo es danza. Si todo es danza, debería ser inacabable, pero a mi se me acaba. Parece un planteo filosófico o científico, y creo que lo es.


¿Qué prueban ustedes en sus danzas, en sus creaciones? En un momento se me dio por bailar poesías. Le pedí a un amigo músico si podía tocar y recitar distintos textos para probar qué generaba cada palabra en mi cuerpo. Funcionó bien, se volvió interesante un tiempo, un año. Hasta que empecé a repetirme. Igualmente, prueben bailar palabras, es un gran disparador creativo. Cuenten después cómo les fue y a quienes bailaron. 


Durante la pandemia, bailé imágenes. Ponía videos de mariposas coloridas volando de flor en flor, de la lluvia, tormentas, el mar, el desierto, gelatina, miel, barro, abejas, imágenes abstractas, colores psicodélicos, y una vez más, encontré un límite, una repetición. Nos pregunto: ¿estamos listos para lo nuevo, o ya no tenemos tiempo ni de pensar que puede haber algo distinto, novedoso e inspirador en nuestra danza?


Cuando la pandemia por fin acabó y volvimos a salir, probé ir a distintas plazas a improvisar. No llevaba nada encima, solo llegaba me descalzaba, tocaba el pasto con los dedos del pie y la brisa con los dedos de la mano y también al revés. Empecé otra danza en los parques. El resultado me gustaba, el tacto da muchísima información y Buenos Aires dispara sensaciones por todos lados: El ruido de las calles, los pájaros, las charlas de amigos, el tráfico aturdía por momentos pero me movía. El grito de los niños jugando me provocaba saltar, desear esa energía infinita. Mirar al cielo y bailar es realmente incomparable. Hice todo un verano de pruebas en plazas. Es muy entretenido y cada tanto, vuelvo a probarlo.


De todas formas, siempre parece que llego a un limite y vuelve lo conocido. ¿Qué más hay ahí para probar? ¿Qué me pueden recomendar? ¿Les parece una búsqueda sensata, buscar esa danza infinita y nueva? ¿O será que cada día que hago ese plié ya es distinto, ya soy otra, y el movimiento, en un punto, nunca puede ser igual a ayer, y eso ya es suficiente? Hay algo de eso, pero hay algo de repetirse ¿Cómo nos podemos generar nuevos estados para movernos? ¿De dónde vendrá mi próxima danza? 


Sigo buscando respuestas.


NOTAS PARA UNA INVESTIGACIÓN DEL MOVIMIENTO: LA ESCUCHA

Por Melanie Jhan

IG @aguanabana


Fuente: Pinterest


El movimiento surge de la escucha. 

Escucha de la palabra.

Escucha del cuerpo. 

Un cuerpo tiene la capacidad de hablar. Tiene la capacidad de ser imagen y palabra en un movimiento. 

¿Cómo se afina el oído? ¿Quizás con práctica y atención?


Un cuerpo tiene la capacidad de escuchar, y a veces, finalmente lo logra cuando se ha cansado de no escuchar. 

El movimiento en el teatro responde a una necesidad. 

En el teatro, mi cuerpo debe estar presente porque estoy en un hecho vivo.

El movimiento es un lenguaje. 

Buscar la propia voz que se comparte y que es capaz de explorar posibilidades.

Conquistar las posibilidades del lenguaje afianzando la atención en ese impulso único que puede ser de mil formas. 

Un movimiento se imprime en el tiempo, queda, y se desvanece.

¿Cómo se escucha un impulso? 

¿Cómo se sabe cuando se escucha? 

¿Cómo se siente escuchar? 

Un bisonte es dibujado con 8 patas en una cueva para simular movimiento hace 32.000 años;

quedó inscrito en el tiempo. El movimiento es ancestral. 

Un poema es un sonido convertido en movimiento capaz de escribirse sobre cualquier superficie y espacio. 

No sé qué es lo que debo escuchar. 

¿Puede tener esto algo que ver con el placer? 

¿Puede el placer tener que ver con la lentitud?

¿Tiene el placer que ver con cómo me muevo?

Adecuarse a un espacio y reconocerlo lleva tiempo.

¿Qué conforma un espacio? 

Cuando mi pensamiento se une al movimiento, no pienso en moverme; me muevo con el pensamiento.

Hay una pulsión escondida de extrema fuerza y fortaleza cuando pienso que ya no puedo más.

Es un impulso inagotable como fuente de poder. Ahí está Dios. Fuerza creadora. 

Habitar los espacios vacíos. 

Ausencia tanto como presencia.

Combinar movimiento y respiración.

La respiración, tiene la facultad de dibujar el flujo energético de una acción concreta, traducida en movimiento.

Encontrar/fijar/respirar el impulso

Olvidar lo recordado y recordar otras formas extrañas que solo un cuerpo reconoce, y traduce.

Cuidar al otro es cuidarme; cuidarme es cuidar al otro.