Por Lucero Dávila
IG @lucerodavilaarte
Pina, es un documental realizado por el director alemán Wim Wenders. Esta producción es un viaje al corazón de los bailarines que formaron parte de la compañía de danza teatro, Pina Bausch Tanzteatheater Wuppertal, profesionales que bailaron con y para la coreógrafa alemana durante muchos años.
Philippine Bausch, nos dejó en Junio de 2009; pero esta ausencia es un estado relativo pues su obra logró sobrepasar el paso del tiempo y a los múltiples procesos de cambio que suceden en la danza y el mundo en general. Su huella sigue perenne en sus colegas, los que aprendieron directamente de ella y en las generaciones que aprenden y aprenderán de estos, manteniendo esa secuencia de movimiento que es la vida misma de la danza.
El film nos cuenta que las emociones fueron el núcleo básico del trabajo de Bausch; el material nutriente de cada pieza creada por ella lo cual le daba un sentido universal a sus composiciones. Este concepto es reforzado por sus bailadores al transmitirnos cuán importante era para ella estar presente y en contacto con el sentir interno. Consignas como: “Sigue buscando” sin saber muy bien a qué se pudo referir, invitaban a los miembros de su compañía a escudriñar en su interior hasta encontrar un sentimiento verdadero; sentirlo, tal cual, los conectaba con un movimiento, el que fuera; pero qué significaba, para ellos, tal sensación. Les pedía representar con el cuerpo la alegría o la luna, para tales efectos primero debían encontrar la raíz emotiva en ellos y luego convertirla en movimiento. Esa parte del proceso era el núcleo que volvía verdadero a un gesto, paso o acción.
Para la coreógrafa alemana, esa fisicalidad construida, encontrada después de este proceso de excursión interna contenía la honestidad del danzante; entonces era real y se transformaba en una parte dentro del engranaje de su composición.
Pero ¿por qué fueron tan importantes las emociones en las piezas de esta bailarina?
Pina nació en 1940, durante el segundo año de la Segunda Guerra Mundial. Creció en un país que tuvo que sobrevivir a una guerra y a los errores cometidos. Fue esta vivencia la cual le permitió desarrollar una gran sensibilidad hacia el entorno, y curiosamente, una mirada muy profunda hacia el interior del hombre, hacia sus dolores, pasiones, amores, alegrías; es decir, sus emociones y sentimientos.
Los acontecimientos que pudo experimentar durante la guerra y posguerra fueron los mismos que padecieron quienes la acompañaron en su crecimiento, ya sea que fueran personas conocidas o desconocidas para ella. Estos sucesos claramente se convirtieron en sus imágenes mentales, y a su vez en componentes de sus creaciones, para finalmente, ser bailadas. Nuestra artista creció observando como Alemania, en su totalidad, sufrió el duro pesar de la reconstrucción, la subsistencia y el peso de sus acciones generando una consciencia basada en el hecho tangible del dolor común, sentimiento que traspasó a un país, y aunque cada sentimiento no se pudiera expresar del mismo modo, lo claro, es que todos podían sentir lo mismo. Este ejemplo es notorio en la versión de 1975 de “La consagración de la primavera”; pieza con la cual inicia la película y desde donde nos explican cómo una comunidad puede ser traspasada por un solo evento y uniformizar sus acciones. En la propuesta de Pina encontramos que el colectivo no se une buscando un final feliz, sino más bien, confabulan de manera, probablemente inconsciente, para propiciar un sacrificio. Con esto, nos regala otra muestra de universalidad, otro gesto declaratoriamente humano: conjurar para la expiación del yerro.
En definitiva fue una bailarina con una gran sensibilidad que la llevó a testificar sobre su tiempo desde su visión como ciudadana y desde su visión como ser humano, armando desde la observación de su realidad, construyendo desde el golpe social de la guerra hasta el golpe al alma por la misma, quizás sea esa la razón por la cual era dueña de una mirada penetrante, como decían sus bailarines; tal vez por eso: ella lo veía todo, como señalaron también.
¿Cuál es nuestra responsabilidad, incluso cuando bailamos?
Esta pregunta fue formulada por uno de los miembros de la compañía durante el film. La demanda válida de un joven formado por una maestra consciente del mundo que la rodea y por ello transita con las generaciones subsiguientes y nos lleva a reflexionar sobre nuestro paso en la tierra. La interrogante del danzador es un cuestionamiento que cualquiera de nosotros podría hacerse. En este sentido, tenemos que la herencia de Pina trasciende también a la danza y llega hasta nosotros ubicándonos como miembros de esta sociedad; pero no cual receptores, sino, personajes activos y por supuesto, responsables de nuestro entorno y de lo que acontece con él; sobre todo en un planeta cuyos infortunios son constantes, repetitivos y vistos a diario por un gentío que muchas veces parece no sentirlo, untado por el privilegio de mirarlo todo desde la comodidad que otorga la virtualidad.
“La danza alude las cosas”, señala un pasaje de la película; esto es, decirlas sin decir pues el bailarín no habla, se mueve, gesticula, representa; baila y desde allí, Pina Bausch, declaraba en silencio, pero firme y contundente como una denuncia del tiempo que ocurre: Bailemos, bailemos o de otro modo, estaremos perdidos.
