Por Patricia García Nieves
IG @movimiiento_libre
Por Patricia García Nieves
IG @movimiiento_libre
Por Nadia Bermúdez
IG @nadia_b.t
Bailar flamenco es navegar hacia el alma, al mismo tiempo que entiendes que tienes que ir reconstruyendo un barco que ni siquiera sabías que hacía aguas. Es un proceso tan nutritivo, que cuando los movimientos de tu cuerpo, poco a poco, van teniendo sentido y adaptándose al compás, te revelan una verdad mística... porque ellos siempre han estado dentro de ti, bloqueados.
El flamenco se aprende mientras te permites sentir todo lo que te muestra el agua clara en la que te reflejas. La técnica crea los cimientos de una construcción privada e íntima que proyecta todas esas fortalezas que un día dudaste poseer, y así avanzas, no solo en el camino de la danza, sino también en tu forma de sentir la vida.
El flamenco modifica las estructuras de las emociones dirigidas a una misma, y restablece un sistema interior que, a veces, ha estado sujeto a patrones limitantes, sometido a conceptos propios que no eran reales. Y eso, curiosamente, se evidencia en las propias dificultades o en las habilidades que desarrollamos a lo largo del aprendizaje. Algunas de nosotras sentimos una dificultad enorme al intentar mantener una correcta posición corporal; en interiorizar una coreografía, elevar los brazos, o actuar frente al público, lo que puede traducirse en el sostenimiento de creencias restrictivas, como el no merecimiento. Otras, en cambio, disfrutamos de una habilidad natural para interiorizar el compás, asimilar las emociones de la música y hacerlas propias, o para un buen funcionamiento de los movimientos de los pies. Y es aquí donde se pone en marcha un sistema interno en el que las habilidades se potencian, al mismo tiempo que se superan las dificultades, y comienzan a desencriptarse las fortalezas que ya habitan dentro de nosotras.
Al bailar, las almas comienzan a brillar, a seducir, a reirse a carcajadas, a bromear, pero también se oscurecen, se llenan de humo, gritan, lloran, estallan, y todo construye esa verdad frente al espejo, a la que el cuerpo puede dar forma a través de los movimientos de los brazos, los pies, la cabeza, los hombros y hasta los músculos de la cara, manifestando aquello que no tiene forma por sí mismo. Es el alma ofrecida.
Cuando bailamos, estamos conectando el cuerpo con aquello que somos dentro de nuestro propio universo, de manera bidireccional; es decir, bailamos lo que somos y somos lo que bailamos, por lo que se podría decir que los movimientos están creando nuevas verdades que, al mismo tiempo, crean nuevos movimientos, por lo que el crecimiento personal se convierte en un ser vivo con fuerza propia para fijar mejores realidades dentro de nuestras profundidades. Y todo este ejercicio se traslada a la cotidianeidad de la vida de una manera orgánica, que hace que caminemos más erguidas, que seamos conscientes de nuestras capacidades, o que ocupemos el espacio que nos pertenece sin culpa.
La música y su poder sanador, es el conducto por el que el flujo de las emociones nos energiza y activa espacios internos que iluminan elementos que han estado ocultos. Porque el flamenco canta oscuro y luminoso, entre sombras y luces, de noches y mañanas. Canta entre las prendas tendidas al sol, olor a café, brisas de primavera, hogueras en noches frías, pañuelos llenos de lágrimas y humo de tabaco.
Escuchar las letras de los diferentes palos, que se ajustan a cada momento de la vida, y atreverse a transitar por todo lo feo, lo agónico, la muerte, la desesperanza, el anhelo y el dolor, y también dejarse encender por la lumbre de la pasión, el amor, el jaleo y la alegría, nos devuelve una materialidad que, a veces, no entendemos, y que camina entre la Seguiriya y la Rumba; entre el Fandango y la Bulería; entre el Martinete y el Garrotín; entre el ayer y el mañana. Esas letras hablan de mí, de ti, porque los pellizcos en el alma los sentimos todos.
Últimamente pienso que el flamenco es enamorarse: sufrir ausencias, provocar risas, soñar roces, llorar desengaños, gritar desconciertos, buscar gestos, abrazar soledades, encontrar caricias, morir por el beso, excitar el deseo, beberse los miedos del otro, y charlar con los propios demonios. Porque el amor, propio y a otros, está presente en el baile como luz y como sombra. Como fuego, como brasa, como ascua, como humo, y como ceniza.
Y es una llave que no abre ninguna puerta, ninguna caja, ninguna cancela. Abre el alma, le levanta el castigo y la trae de vuelta, porque un cuerpo no funciona sin su alma. El cuerpo al que le arrebatan el alma no responde, no habita el mundo, porque sus engranajes están atascados de imposiciones y exigencias. El flamenco, abre todas las ventanas y te preguntas: ¿qué hago yo con tanta luz? ¿qué hago yo con tanto aire?
Sencillamente, vivir. Bailar flamenco es vivir.
Por Nadia Bermúdez
IG @nadia_b.t
El flamenco te encuentra. Tú no lo eliges, él te elige a ti, porque entiende que necesitas sanar algo que dentro tienes confuso, atascado, latente, sedado. Por tu renuncia a ser lo que realmente eres, por tu convencimiento de que las prioridades son otras, por la creencia de que no eres, no sientes, no vives, no sueñas, lo que realmente siempre ha estado oculto detrás de tu alma. Te provoca, y te enfrenta en una batalla a muerte contra lo irreal, lo lineal, lo confuso, la mentira que te susurras una y otra vez. En ese combate, pierdes, te resbalas, te hieres, lloras, gritas y vomitas todo lo que durante mucho tiempo ha estado envenenándote de sombras reflejadas en la pared, de lo incierto, y te revuelves, luchas contra tus monstruos y, en un instante, después de sangrar tus heridas más profundas, aceptas la victoria. Porque ganas, por fin ganas, y comienza la aventura de ser tú misma. De sanar tus llantos tragados, de decir “adiós” a la desconfianza, de entender el amor en toda su grandeza: el propio. Reconoces la inmensidad de tu divinidad, el agradecimiento por todo lo aprendido y lo que está aún oculto, colmándote de bendiciones porque entendiste que eres luz. Que tú también eres luz, y tienes derecho a sentirlo.
Te enfrentas a un espejo descomunal que te devuelve a ti misma, y te grita, porque tienes que elegir qué quieres ver. ¿Quieres ver tus defectos, tus carencias, tu ridículo, todas las ausencias, tus ahogos, tus fracasos, tu parte quebrada? ¿O quieres ver tu fuerza, tu arrojo, tus convicciones, tu mesura, todo lo que ya eres, y todo lo que quieres llegar a ser?
Y eliges, porque sigues enfrentándote a ese espejo delator, clase tras clase, y no te miras, y te miras mal, y te miras de reojo. Y miras a las otras mujeres, y te ves a ti. Porque ellas son tú. Y no hay peligro, estás en casa, al abrigo de las emociones de todas ellas, porque todas nosotras pertenecemos a la misma carne, a la misma sangre, a los mismos miedos y las mismas incertidumbres.
El baile nos une en una magia ancestral, un origen brujo que mueve los molinos de las energías de un universo que es nuestro mientras suena la música de nuestros zapatos, y los aires de nuestras alas. Y lo entendemos todo. El universo somos nosotras.
Tropiezas, te pierdes, dudas, pero nunca olvidas por qué estás allí. Entre todas emerge una fuerza con la potencia suficiente para levantarte, encontrarte y reafirmarte, transitando por el aprendizaje de sus fortalezas y sus debilidades, llenándote de sus emociones, elevando el pecho al cielo susurrando en silencio “somos todas”.
No es sólo bailar, es crecer. Es entender que la postura de tu cuerpo es el resultado del peso de la culpa. Que los hombros ocultan un corazón herido, los brazos nunca subieron al cielo, las caderas frenaron un progreso, y la cabeza miraba por donde pisabas para no hacer demasiado ruido. Que siempre pediste perdón, que no ocupaste el espacio que te pertenecía, y que caminaste con mucho cuidado.
El flamenco te activa el prisma de lo femenino, el orgullo de ser procuradora del propio bienestar, y portadora de la capacidad de validar todas las emociones, manifestando tu “ser” y tu “estar” en equilibrio, enraizada a la tierra, abarcando con los brazos espacios a tu alrededor, que nuca fueron tuyos y sí de otros, reclamándolos, y elevando el pecho, descubriéndolo sin miedo tu propia vulnerabilidad, ofreciéndolo a la herida, porque ya sabes que nada te vence.
No bailas bien, no tienes técnica, y las manos se quedan quietas demasiadas veces. Repites un millón de veces los mismos pasos mal efectuados, y no entiendes cómo se transita de una postura a otra, o cómo se remata, se taconea, o se mueve la cabeza, ni dónde colocas las manos, y olvidas elevar los codos. Pero no importa, porque tu cuerpo y tu mente se están activando, y están estableciendo nuevas relaciones suprasensoriales, hacia dentro y hacia fuera, que te provocan bienestar y una conexión onírica con tus zonas más olvidadas, como la sensualidad, el impulso, el arraigo, o la valentía.
Conviertes la música en una herramienta imprescindible para vivir. Respiras cada compás, bebes de cada nota, y te alimentas del cante, la guitarra, las palmas, los ayeos, y sueñas con que llegue el día en el que seas capaz de honrar al flamenco con tu cuerpo. Entiendes que esa es tu riqueza, tu legado.
No, no es sólo bailar.
Por Nadia Bermúdez
IG @nadia_b.t
Es posible bailar el silencio. Y es posible porque el compás forma parte de nuestro cuerpo, de nuestra raíz.
Dentro de cada una de nosotras existe la energía universal de la que se alimentan nuestras emociones, nuestra música ancestral que impregna nuestra fuerza y clama por expresarse a través del movimiento de nuestros cuerpos. Esa semilla que busca el camino hacia nuestros brazos, nuestros pies, a través de la bendita locura que es dejar que emerja la belleza que cultivamos en el interior de nuestras almas, acariciando generaciones de mujeres que no permitieron que ninguna circunstancia rompiera su naturaleza. Y florece cuando nos permitimos ser exactamente lo que somos, cuando nos permitimos merecer, y rompemos con las cadenas que nos insisten en qué debemos amar, cómo debemos hacerlo, y cuál es momento adecuado.
Alzamos los brazos, creamos figuras hermosas con las manos, percutimos con nuestros pies, con zapatos o descalzas, recorriendo espacios y tiempos que nos pertenecen, en nuestro orden, a nuestro placer, sintiendo la libertad que heredamos de aquellas que antes que nosotras, rompieron sus frustraciones, y conectaron con ellas mismas.
La expresión artística a través del flamenco es un sedimento formado por las experiencias de mujeres a lo largo de la historia que nutre nuestras almas, pero también nos invita a definir quiénes somos, quiénes queremos ser, y así dejar nuestra propia impronta en la energía universal de las mujeres que vendrán. Porque no consiste en bailar con una técnica impecable, en no tropezar, en la perfección, la simetría. El flamenco nos pide ser nuestras, reales, francas con nuestras emociones, y rebelarnos ante todo aquello que nos reprime o pretende transformarnos.
Mostrar nuestras vulnerabilidades no nos convierte en presas sentenciadas al fracaso, al dolor, a la herida. Mostrar nuestras vulnerabilidades nos convierte en heroínas de nuestro propio cuento, porque ya no queda nada que proteger, y esa fuerza que antes aplicábamos a la defensa, ahora puede dirigirse a nuestro crecimiento interior, entendiendo que todas tenemos derecho a ser frágiles, y bailar como si fuéramos cristal, si así lo sentimos.
Y también poseemos la divina fuerza de crear el planeta en el que queremos residir. Nuestro interior está repleto de todas aquellas cosas que nos hacen impulsarnos hacia nuestros colores, nuestras melodías, nuestros olores, y así residir nuestros cuerpos con la valentía de enfrentarnos a nuestras oscuridades, aceptándolas para convertirlas en nuestras historias. Solo nuestras.
La Singla era sorda y aprendió a asimilar el compás de las palmas de su madre, quebrando el mundo con su expresión corporal rebosante de sentimiento, bailando las vibraciones de la guitarra, contando su historia con la expresión de su rostro y movimientos llenos de pasión. Bailaba en muchas ocasiones en pantalones, sin las florituras de los volantes, en crudo, sin miedo a mostrar sin artificios, sin colores, sin lunares, su leyenda, su esencia, su verdad, su fuerza. Sin pedir permiso, y sin pedir perdón.
Quedémonos, sin atropellos, con ese legado. El que nos arroja a bailar desde nuestra raíz, desde nuestro centro de gravedad, con el propósito troncal de vivir la experiencia, aceptar, y hacer explotar las emociones que llevamos cargadas, para darles forma con nuestro cuerpo, sin apuro, porque ese universo, nos pertenece.
Por Eugenia Macías Guzmán
IG @eugeniamacias5
EDUARDO GUERRERO Y MARÍA JUNCAL
UNIR CAMINOS Y SINGULARIDADES EN EL FLAMENCO
Eduardo Guerrero y María Juncal se presentaron juntos este 2025 en Juncal Tablao Flamenco, en la colonia Roma de la Ciudad de México, como parte de las celebraciones por el tercer aniversario de este sitio que hoy es uno de los enclaves más representativos del flamenco actual en esta urbe.
Al compás de Soleá por Bulería, el espectáculo comenzó donde ambos se complementan encontrándose en unísonos y luego desfasando sus movimientos. Transitaron hacia una bulería donde cada uno exhibió sus artes en el vigor y el compás del zapateado para luego terminar juntos con llamadas que introducen el vigoroso cante de José Cachito Díaz, hijo de Mario Díaz, una familia que ha colaborado con los Amaya en México.
Braceos contundentes y presencia de energía emanaban de sus torsos, terminando secciones por llamadas álgidas para luego desarrollar secuencias más coreográficas, desplegando todo el cuerpo en su expresividad.
Después, cada uno desarrolló un baile propio: María Juncal, unas Alegrías vigorosas y vivas replanteando el vestuario flamenco hacia atuendos que priorizan la propia manera en que la bailarina quiere vestir en escena, y ya no tanto cánones rígidos, luciéndolo con la naturalidad de sus movimientos y su habilidad para ejecutar secuencias complejas, manteniendo el tiempo y el carácter del baile.
Eduardo Guerrero hizo lo suyo por su parte: una Soleá en la que desplegó sus diálogos con las corporalidades de otras disciplinas de la danza y el movimiento, permitiéndose libertades en saltos, inclinaciones y giros donde coexisten zapateados rigurosos con la estructura del cante y la métrica.
Guerrero activó momentos plenos de múltiples sonidos y en contratiempos que diversificaron la sonoridad, para luego acelerar e integrar cada vez más elementos, en esa dinámica de intensidad que sube y sube -tan característica en el flamenco- a la que añadió expresiones de esfuerzo, sacudidas de brazos y cabeza, gestos que generan armonías estrechas con los elementos rítmicos de la percusión en el cajón, a cargo de Héctor Aguilar, también colaborador de los Amaya en México, pues su hermano Santiago es compañero de Mercedes “Wini” Amaya.
María Juncal y Eduardo Guerrero han sido docentes en el festival Ibérica Contemporánea que se celebra cada dos años en la ciudad de Querétaro, reuniendo a bailaoras y bailaores, músicos, cantaoras y cantaores representativos de la escena contemporánea del flamenco en España y en México, en un generoso esfuerzo docente para transmitir a manos llenas sus artes.
Sobre los artistas
Eduardo Guerrero nació en Cádiz y baila desde niño. Comenzó en la escuela de una de sus abuelas, Carmen Guerrero y luego se formó con Mario Maya, Antonio Canales, Manolo Marín, el Conservatorio de Danza en esa ciudad. Ha colaborado profesionalmente en la compañía de Aída Gómez, el Ballet Nacional de España, con Eva La Yerbabuena, Rocío Molina, Javier Latorre entre otros. A partir de 2011 al ganar el Premio Concurso Coreográfico Conservatorios Profesionales, comenzó su carrera y su creación coreográfica en solitario con obras como Mayo (2011), en ese certamen, Re-torno, Teatro de la Abadía de Madrid (2014), Qualitätskontrolle, Amsterdam Der Kappel (2016), Guerrero, Teatro Mayor de Bogotá (2017), Gaditania, gira por Estados Unidos (2018), entre otras.
María Juncal, originaria de Las Palmas en Gran Canaria, también estuvo cercana al flamenco desde muy pequeña, formada con su tía abuela Trini Borrull, y luego en el Centro de Arte Flamenco Amor de Dios con maestros como Ciro, Merche Esmeralda, Güito, Manolete, La Tati, Cristobal Reyes, entre otros. Ha recibido premios como el Antonio Gades de Danza en Córdoba, el Trofeo Desplante en el Festival de Las Minas, por mencionar algunos. Tiene desde hace casi 30 años una estrecha relación con México a través de procesos docentes y distintos montajes escénicos en distintas ciudades del país y en otras latitudes tales como Destemplao, Quimera, El encierro de Anne Frank, Bailaoras, La vida es un romance, por mencionar algunos. Colabora en proyectos comunitarios y sociales como A compás flamenco en barrios de La Habana y con la fundación CONFE para personas con condiciones especiales.
El Día Internacional del Flamenco se celebra cada año el 16 de noviembre, una fecha que conmemora el día en que la UNESCO incluyó al flamenco en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, en el año 2010. Desde entonces, esta jornada sirve para rendir homenaje a los artistas, escuelas, peñas y aficionados que mantienen viva esta tradición.
El 16 de noviembre no solo es una fecha de celebración en Andalucía (la cuna del flamenco), sino que también se celebra en toda España y en muchos otros países donde este arte ha encontrado eco. Ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla, Jerez de la Frontera, Granada o Córdoba organizan espectáculos, clases abiertas, exposiciones y festivales dedicados a difundir la riqueza del flamenco en todas sus formas.
Durante esta jornada, los teatros, conservatorios, asociaciones culturales y centros educativos programan actividades especiales: desde actuaciones de bailaores y guitarristas, hasta charlas y talleres que enseñan los palos del flamenco, como la soleá, la bulería, la seguiriya o el fandango.
Además, en redes sociales, miles de personas comparten vídeos, actuaciones y mensajes bajo etiquetas como #DíaInternacionalDelFlamenco o #FlamencoEsCultura, mostrando cómo este arte sigue vivo y evolucionando sin perder su esencia.
¿Por qué se celebra el Día Internacional del Flamenco?
El Día Internacional del Flamenco se celebra para reconocer y proteger un arte que forma parte esencial de la identidad cultural española y que ha influido en la música y el baile de todo el mundo. El flamenco es mucho más que una forma de entretenimiento: es un lenguaje universal de emociones, una herencia transmitida de generación en generación.
El flamenco tiene sus raíces en Andalucía, aunque también se nutre de influencias árabes, judías, gitanas y africanas. Su historia es el resultado de siglos de convivencia entre culturas diversas que dejaron su huella en la música, el ritmo y el sentimiento.
La UNESCO decidió reconocerlo como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2010, precisamente por su valor artístico y su papel como símbolo de la diversidad cultural. Con esta declaración, se buscaba asegurar la preservación del flamenco, fomentar su enseñanza y garantizar que las nuevas generaciones comprendan su importancia y continúen difundiéndolo.
Celebrar este día también significa reconocer a los artistas flamencos, desde los grandes nombres de la historia, como Camarón de la Isla, Paco de Lucía o Carmen Amaya, hasta los intérpretes contemporáneos que mantienen vivo su espíritu y lo reinventan constantemente.
El flamenco ha traspasado fronteras y hoy se enseña y se baila en países tan diversos como Japón, México, Francia, Estados Unidos o Argentina. En todos ellos, los aficionados celebran también el 16 de noviembre como una jornada para rendir tributo a esta manifestación artística que emociona y conecta a las personas sin importar su idioma o cultura.
En definitiva, el Día Internacional del Flamenco se celebra para honrar la pasión, el arte y la historia de un género que es patrimonio de la humanidad, y que sigue evolucionando sin perder su raíz.
Fuente: Mundo Deportivo. ¡Gracias!
Por Daffne Padilla
IG @daffnek
Si tuviera que escribir un libro para comunicar lo que ya sé,
nunca tendría el valor de comenzarlo. Escribo precisamente porque
no sé qué pensar sobre un tema que atrae mi atención.
Al plantearlo así, el libro me transforma, cambia mis puntos de vista.
Como consecuencia, cada nuevo libro altera profundamente
los términos de los conceptos alcanzados en los trabajos anteriores. […]
Cuando escribo, lo hago, por sobre todas las cosas,
para cambiarme a mí mismo y no pensar lo mismo que antes.
MICHEL FOUCAULT[1]
¿Quién puede responder, hoy por hoy, a qué llamamos flamenco? O simplemente, ¿qué es Flamenco? ¿Quién puede decir, por imaginar un ejemplo, que al mismo momento de nacer el baile flamenco entre los andaluces, no estaba generando ya una discusión, de si era o no más puro el cante por seguiriya con baile que sin baile? ¿Qué nombramos, qué significamos, qué simbolizamos al referirnos al flamenco? ¿Y qué hay detrás? Lo que queda sin ser dicho del propio discurso, porque las palabras no clausuran el lenguaje ni alcanzan la totalidad de su definición ni de su función simbólica.
Me parece, entonces, que el baile se transforma en la manera en que lo flamenco habla de aquello que no puede decir una letra por soleá; habla con lenguaje simbólico del discurso prohibido del flamenco; de lo que sucede debajo -de lo oculto-, y deja entrever la grieta del propio sistema; y así se convierte en la ruptura, en lo que tensa la cuerda y, a la vez, en una verdad necesaria que transforma el baile con el aire que da vida a la voz flamenca.
Al tomar la línea del pensamiento del filósofo Nelson Goodman[2], quizás deberíamos empezar a plantear y suplir la pregunta “¿qué es flamenco?” por “¿cuándo hay flamenco?”. y así revisar el paradigma, los mitos, la historia, y comprender el presente: este tiempo de postflamenco, de evolución.
El baile flamenco, emancipado de todas las creencias étnicas regionalistas, se transforma, por lo tanto, en un lenguaje artístico capaz de conmover a cualquier espectador y a quien lo realiza.
Habría que empezar a pensar en la danza –o movimiento del cuerpo de un bailaor flamenco– desde una multiplicidad de formas e incluir una mirada objetiva desde la contemporaneidad. Un cuerpo que danza es visto más como una forma estética que como la herencia cultural de sus ancestros. Un espectador no necesita conocer el pasado de quien baila; le basta con verlo bailar.
Vivimos un tiempo que favorece el cruce de disciplinas, el intercambio artístico, la mezcla de lenguajes, y eso se refleja en la producción artística.
El recorrido propuesto por los diferentes actores que conformaron las corrientes artísticas de la danza mediante el vaivén entre vanguardia y tradición, experimentación y creación, deja en claro que, actualmente, la frontera sólo se encuentra en algunos relatos. Flamenco o no flamenco, ¿quién puede decir a ciencia cierta “hasta aquí es”, “desde aquí no lo es”? ¿Por qué no mejor pensar “esto también” puede ser flamenco?
Los bailaores de esta contemporaneidad seguirán provocando una ruptura dentro del lenguaje flamenco y creando una nueva cartografía del arte del movimiento: un mapa que une tradiciones y futuros al deslindarse de su pasado para intentar construir un nuevo paraje estético – cultural.
El espectador dejará de ser un simple voyeur para convertirse en un participante activo. Con ello, la tensión entre lo moderno y lo tradicional la resuelve un espectador emancipado de sus propios saberes sobre el discurso flamenco y sus creencias sobre lo gitano o lo no gitano, lo flamenco y lo no flamenco, y serlo o representarlo.
Tuve la oportunidad de asistir a un evento organizado por el Centro Nacional de las Artes, llamado Jornadas de Danza Española, en la Ciudad de México, cuyo objetivo era motivar a jóvenes preparatorianos a estudiar la Licenciatura en Danza. Entre los participantes, me impactó mucho uno (no recuerdo su nombre), pues hasta ahora coincido con su manera de pensar. Comentaba que no baila mejor quien más rápido se mueve, es decir, el que tiene más velocidad. No. La velocidad va acompañada de tiempos, de acentuaciones. Y si éstas se respetan y si en vez de pegar veinte golpes dan diez, pero caen con gusto, con musicalidad y caen en los acentos flamencos, éso es maravilloso.
Hay poco que decir sobre quienes consideran que lo puro tiene valor en sí mismo, como cuando Paco de Lucía (1947 – 2014) decía que mucha gente llama puro a lo viejo y lo viejo es, solamente, viejo. Explorar artísticamente cuando hay flamenco podría liberarnos de los juicios acerca de su pureza.
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[1] El yo minimalista y otras conversaciones, Buenos Aires, La Marca Editora, 2003, p. 9.
[2] Filósofo estadounidense que propone un cambio en la reflexión del arte y en la pregunta original de ¿qué es el arte? Por ¿cuándo hay arte?, en el libro Manera de hacer mundos, Madrid, Editorial Visor, 1990, pp. 87-102. Disponible en https://monoskop.org/images/I/If/Good-man_Nelson_Maneras_de_hacer_mundos.pdf
CATALINA retrata a una persona angustiada y atormentada por los recuerdos, transmitiendo, a través de su letra, una sensación de desesperanza y desgarro, al punto de desear la muerte. Algunas metáforas, como "la mano fría", evocan el consuelo en la agonía y el dolor extremo por la ausencia del ser amado. La canción fue incluida en el álbum "Los Ángeles" (Rosalía, 2017), un disco que explora temas como la muerte y el duelo, considerada por la misma Rosalía como un disco de duelo.
Aunque popularizada en los últimos años por la cantante española Rosalía, La Catalina es una canción escrita por Manuel Vallejo, y tiene un largo recorrido dentro del mundo flamenco. Grandes artistas de la talla de Isabelita de Jerez, Canalejas de Puerto Real o Naranjito de Triana la han incluido en sus repertorios.
Se trata de un tema muy sentimental en el que se relata el sufrimiento que Catalina le causa a la persona que interpreta la canción. Un dato curioso es que "la china" que se menciona en la letra es la manera en la que, en aquella época, se apodaban a las criadas del hogar. La versión de Manuel Vallejo, grabada en 1926 bajo el sello Gramófono, registra esta canción como tangos, siendo el primer documento sonoro que conocemos. Únicamente escuchamos la voz de Vallejo y la guitarra de Miguel Borrull, acompañados de palmas y jaleos. La estructura es la siguiente:
VERSIÓN DE VALLEJO
1º. La canción comienza con una falseta punteada del guitarrista. La falseta consiste en una pequeña frase melódica que interpreta el guitarrista solo, con carácter improvisatorio sobre la armonía.
2º. Primera estrofa del cantante.
3º. Estribillo.
4º. Punteado corto del guitarrista.
5º. Segunda estrofa. Es interesante señalar que la guitarra en este momento realiza una nueva falseta, acompañada de palmas y jaleos, al terminar la frase melódica del cantante. Estas palmas y jaleos envuelven a la grabación de un carácter festivo y cercano.
6º. Estribillo final.
AQUÍ podrás escuchar LA CATALINA, por Manuel Vallejo
Agradecemos al portal AFLAMÉNCANTE por su valiosa colaboración