EL FLAMENCO TE ENCUENTRA

Por Nadia Bermúdez

IG @nadia_b.t 



El flamenco te encuentra. Tú no lo eliges, él te elige a ti, porque entiende que necesitas sanar algo que dentro tienes confuso, atascado, latente, sedado. Por tu renuncia a ser lo que realmente eres, por tu convencimiento de que las prioridades son otras, por la creencia de que no eres, no sientes, no vives, no sueñas, lo que realmente siempre ha estado oculto detrás de tu alma. Te provoca, y te enfrenta en una batalla a muerte contra lo irreal, lo lineal, lo confuso, la mentira que te susurras una y otra vez. En ese combate, pierdes, te resbalas, te hieres, lloras, gritas y vomitas todo lo que durante mucho tiempo ha estado envenenándote de sombras reflejadas en la pared, de lo incierto, y te revuelves, luchas contra tus monstruos y, en un instante, después de sangrar tus heridas más profundas, aceptas la victoria. Porque ganas, por fin ganas, y comienza la aventura de ser tú misma. De sanar tus llantos tragados, de decir “adiós” a la desconfianza, de entender el amor en toda su grandeza: el propio. Reconoces la inmensidad de tu divinidad, el agradecimiento por todo lo aprendido y lo que está aún oculto, colmándote de bendiciones porque entendiste que eres luz. Que tú también eres luz, y tienes derecho a sentirlo.

Te enfrentas a un espejo descomunal que te devuelve a ti misma, y te grita, porque tienes que elegir qué quieres ver. ¿Quieres ver tus defectos, tus carencias, tu ridículo, todas las ausencias, tus ahogos, tus fracasos, tu parte quebrada? ¿O quieres ver tu fuerza, tu arrojo, tus convicciones, tu mesura, todo lo que ya eres, y todo lo que quieres llegar a ser? 

Y eliges, porque sigues enfrentándote a ese espejo delator, clase tras clase, y no te miras, y te miras mal, y te miras de reojo. Y miras a las otras mujeres, y te ves a ti. Porque ellas son tú. Y no hay peligro, estás en casa, al abrigo de las emociones de todas ellas, porque todas nosotras pertenecemos a la misma carne, a la misma sangre, a los mismos miedos y las mismas incertidumbres. 

El baile nos une en una magia ancestral, un origen brujo que mueve los molinos de las energías de un universo que es nuestro mientras suena la música de nuestros zapatos, y los aires de nuestras alas. Y lo entendemos todo. El universo somos nosotras.

Tropiezas, te pierdes, dudas, pero nunca olvidas por qué estás allí. Entre todas emerge una fuerza con la potencia suficiente para levantarte, encontrarte y reafirmarte, transitando por el aprendizaje de sus fortalezas y sus debilidades, llenándote de sus emociones, elevando el pecho al cielo susurrando en silencio “somos todas”.

No es sólo bailar, es crecer. Es entender que la postura de tu cuerpo es el resultado del peso de la culpa. Que los hombros ocultan un corazón herido, los brazos nunca subieron al cielo, las caderas frenaron un progreso, y la cabeza miraba por donde pisabas para no hacer demasiado ruido. Que siempre pediste perdón, que no ocupaste el espacio que te pertenecía, y que caminaste con mucho cuidado. 

El flamenco te activa el prisma de lo femenino, el orgullo de ser procuradora del propio bienestar, y portadora de la capacidad de validar todas las emociones, manifestando tu “ser” y tu “estar” en equilibrio, enraizada a la tierra, abarcando con los brazos espacios a tu alrededor, que nuca fueron tuyos y sí de otros, reclamándolos, y elevando el pecho, descubriéndolo sin miedo tu propia vulnerabilidad, ofreciéndolo a la herida, porque ya sabes que nada te vence. 

No bailas bien, no tienes técnica, y las manos se quedan quietas demasiadas veces. Repites un millón de veces los mismos pasos mal efectuados, y no entiendes cómo se transita de una postura a otra, o cómo se remata, se taconea, o se mueve la cabeza, ni dónde colocas las manos, y olvidas elevar los codos. Pero no importa, porque tu cuerpo y tu mente se están activando, y están estableciendo nuevas relaciones suprasensoriales, hacia dentro y hacia fuera, que te provocan bienestar y una conexión onírica con tus zonas más olvidadas, como la sensualidad, el impulso, el arraigo, o la valentía.

Conviertes la música en una herramienta imprescindible para vivir. Respiras cada compás, bebes de cada nota, y te alimentas del cante, la guitarra, las palmas, los ayeos, y sueñas con que llegue el día en el que seas capaz de honrar al flamenco con tu cuerpo. Entiendes que esa es tu riqueza, tu legado.

No, no es sólo bailar.