BAILAR EL SILENCIO

Por Nadia Bermúdez

IG @nadia_b.t 


Fotografía - Pinterest


Es posible bailar el silencio. Y es posible porque el compás forma parte de nuestro cuerpo, de nuestra raíz.

Dentro de cada una de nosotras existe la energía universal de la que se alimentan nuestras emociones, nuestra música ancestral que impregna nuestra fuerza y clama por expresarse a través del movimiento de nuestros cuerpos. Esa semilla que busca el camino hacia nuestros brazos, nuestros pies, a través de la bendita locura que es dejar que emerja la belleza que cultivamos en el interior de nuestras almas, acariciando generaciones de mujeres que no permitieron que ninguna circunstancia rompiera su naturaleza. Y florece cuando nos permitimos ser exactamente lo que somos, cuando nos permitimos merecer, y rompemos con las cadenas que nos insisten en qué debemos amar, cómo debemos hacerlo, y cuál es momento adecuado. 

Alzamos los brazos, creamos figuras hermosas con las manos, percutimos con nuestros pies, con zapatos o descalzas, recorriendo espacios y tiempos que nos pertenecen, en nuestro orden, a nuestro placer, sintiendo la libertad que heredamos de aquellas que antes que nosotras, rompieron sus frustraciones, y conectaron con ellas mismas.

La expresión artística a través del flamenco es un sedimento formado por las experiencias de mujeres a lo largo de la historia que nutre nuestras almas, pero también nos invita a definir quiénes somos, quiénes queremos ser, y así dejar nuestra propia impronta en la energía universal de las mujeres que vendrán. Porque no consiste en bailar con una técnica impecable, en no tropezar, en la perfección, la simetría. El flamenco nos pide ser nuestras, reales, francas con nuestras emociones, y rebelarnos ante todo aquello que nos reprime o pretende transformarnos. 

Mostrar nuestras vulnerabilidades no nos convierte en presas sentenciadas al fracaso, al dolor, a la herida. Mostrar nuestras vulnerabilidades nos convierte en heroínas de nuestro propio cuento, porque ya no queda nada que proteger, y esa fuerza que antes aplicábamos a la defensa, ahora puede dirigirse a nuestro crecimiento interior, entendiendo que todas tenemos derecho a ser frágiles, y bailar como si fuéramos cristal, si así lo sentimos.

Y también poseemos la divina fuerza de crear el planeta en el que queremos residir. Nuestro interior está repleto de todas aquellas cosas que nos hacen impulsarnos hacia nuestros colores, nuestras melodías, nuestros olores, y así residir nuestros cuerpos con la valentía de enfrentarnos a nuestras oscuridades, aceptándolas para convertirlas en nuestras historias. Solo nuestras.

La Singla era sorda y aprendió a asimilar el compás de las palmas de su madre, quebrando el mundo con su expresión corporal rebosante de sentimiento, bailando las vibraciones de la guitarra, contando su historia con la expresión de su rostro y movimientos llenos de pasión. Bailaba en muchas ocasiones en pantalones, sin las florituras de los volantes, en crudo, sin miedo a mostrar sin artificios, sin colores, sin lunares, su leyenda, su esencia, su verdad, su fuerza. Sin pedir permiso, y sin pedir perdón. 

Quedémonos, sin atropellos, con ese legado. El que nos arroja a bailar desde nuestra raíz, desde nuestro centro de gravedad, con el propósito troncal de vivir la experiencia, aceptar, y hacer explotar las emociones que llevamos cargadas, para darles forma con nuestro cuerpo, sin apuro, porque ese universo, nos pertenece.