LA VERDAD PURA DEL CORAZÓN FLAMENCO

Por Nadia Bermúdez

IG @nadia_b.t 


Bailar flamenco es navegar hacia el alma, al mismo tiempo que entiendes que tienes que ir reconstruyendo un barco que ni siquiera sabías que hacía aguas. Es un proceso tan nutritivo, que cuando los movimientos de tu cuerpo poco a poco van teniendo sentido y adaptándose al compás, te revelan una verdad mística, porque los movimientos siempre han estado dentro de ti, bloqueados. El flamenco se aprende mientras te permites sentir todo lo que te muestra el agua clara en la que te reflejas. La técnica crea los cimientos de una construcción privada e íntima que proyecta todas las fortalezas que un día dudaste de que poseías, y avanzas no solo en el camino de la danza, sino también en la manera de sentir la vida.

El flamenco modifica las estructuras de las emociones dirigidas a una misma, y reestablece un sistema interior que, a veces, ha estado sujeto a patrones limitantes y sometido a conceptos propios que no eran reales, y eso, curiosamente, se evidencia en las propias dificultades o en las habilidades que desarrollamos a lo largo del aprendizaje. Algunas de nosotras sentimos una dificultad enorme en mantener una correcta posición corporal, en interiorizar una coreografía, elevar los brazos, o actuar frente al público, que puede traducirse en el sostenimiento de creencias restrictivas, como el no merecimiento. Otras disfrutamos de una habilidad natural para interiorizar el compás, asimilar las emociones de la música y hacerlas propias, o para un buen funcionamiento de los movimientos de los pies. Y es aquí, donde se pone en marcha un sistema interno en el que, las habilidades se potencian al mismo tiempo que se superan las dificultades, y comienza a desencriptarse las fortalezas que ya habitan dentro de nosotras.  

Al bailar, las almas comienzan a brillar, a seducir, a reírse a carcajadas, a bromear, pero también se oscurecen, se llenan de humo, gritan, lloran, estallan, y todo construye esa verdad frente al espejo que el cuerpo puede dar forma a través de los movimientos de los brazos, los pies, la cabeza, los hombros y hasta los músculos de la cara, manifestando aquello que no tiene forma por sí mismo. Es el alma ofrecida. 

Cuando bailamos, estamos conectando el cuerpo con aquello que somos dentro de nuestro propio universo, de manera bidireccional, es decir, bailamos lo que somos y somos lo que bailamos, por lo que se podría decir, que los movimientos están creando nuevas verdades que al mismo tiempo crean nuevos movimientos, por lo que el crecimiento personal se convierte en un ser vivo con fuerza propia para fijar mejores realidades dentro de nuestras profundidades. Y todo este ejercicio se traslada a la cotidianidad de la vida de una manera orgánica, que hace que caminemos más erguidas, que seamos conscientes de nuestras capacidades, o que ocupemos el espacio que nos pertenece sin culpa. 

La música, y su poder sanador, es el conducto por el que el flujo de las emociones nos energiza y activa espacios internos que iluminan elementos que han estado ocultos. Porque el flamenco canta oscuro y luminoso, entre sombras y luces, de noches y mañanas. Canta entre las prendas tendidas al sol, olor a café, brisas de primavera, hogueras en noches frías, pañuelos llenos de lágrimas y humo de tabaco.

Escuchar las letras de los diferentes palos, que se ajustan a cada momento de la vida, y atreverse a transitar por todo lo feo, lo agónico, la muerte, la desesperanza, el anhelo y el dolor, y también dejarse encender por la lumbre de la pasión, el amor, el jaleo y la alegría, nos devuelve una materialidad que a veces no entendemos, y que camina entre la Seguiriya y la Rumba, entre el Fandango y la Bulería, entre el Martinete y el Garrotín, entre el ayer y el mañana. Esas letras hablan de mí, de ti, porque los pellizcos en el alma los sentimos todos.

Últimamente pienso que el flamenco es enamorarse: sufrir ausencias, provocar risas, soñar roces, llorar desengaños, gritar desconciertos, buscar gestos, abrazar soledades, encontrar caricias, morir por el beso, excitar el deseo, beberse los miedos del otro, y charlar con los propios demonios. Porque el amor, propio y a otros, está presente en el baile como luz y como sombra. Como fuego, como brasa, como ascua, como humo, y como ceniza.

Y es una llave que no abre ninguna puerta, ninguna caja, ninguna cancela. Abre el alma, le levanta el castigo, y la trae de vuelta, porque un cuerpo no funciona sin su alma. El cuerpo al que le arrebatan el alma, no responde, no habita el mundo porque sus engranajes están atascados de imposiciones y exigencias. El flamenco, abre todas las ventanas y te preguntas: “¿qué hago yo con tanta luz?, ¿qué hago yo con tanto aire?”

Sencillamente vivir. El flamenco es vivir.