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CUERPO Y ALMA EN LA DANZA CONTEMPORÁNEA

Por Alia Ramirez Canton


Fuente - Pinterest


Esta práctica, sobre la cual te quiero hablar, es la danza contemporánea. 


Para muchos bailarines clásicos, el lenguaje contemporáneo es bastante diferente y, en cierto sentido, pesado, pues implica tener que salir de esa zona de confort que significa todo lo aprendido en el ballet; a veces, esto se trata simplemente de rodar y hacer cosas de contorsionista. 


Aunque sí es cierto que el esfuerzo que los bailarines realizan al practicar danza contemporánea, como por ejemplo, sentir las raspadas de las rodillas contra el piso, o ese cansancio extremo en la columna, puede ser un castigo. Pero es también una completa recompensa.


Claro que para algunas audiencias, el lenguaje contemporáneo no tiene ni pies ni cabeza: creen que se trata de moverse como si los huesos no existieran; pero esto no es cierto, ya que el cansancio de los brazos y los movimientos, para siempre escritos en la memoria muscular, son una prueba de la belleza de lo no convencional. 


Incluso la misma creadora de los antecedentes de este estilo, Isadora Duncan, quiso crear algo nuevo, moderno y disruptivo. Por lo tanto, creo que lo excepcional siempre es juzgado o mal visto.


Pero cuando ves a los bailarines contemporáneos danzando, percibes que su alma se vuelve una con la coreografía. Bailan como si sus pies no dolieran, y como si sus pulmones no estuvieran intentando no cansarse. 


¡Ver danza contemporánea es algo emotivo y muy fuerte! Aunque se sienta como extraño, o difícil, quienes la practicamos nos brindamos en alma y esencia. Cuando los cuerpos bailan llevados por los sentimientos... Ésto es originalidad pura. 


EL CUERPO NO HABLA, SUSURRA

Por Karla Maldonado

IG @karlamaldonado.n 


Fuente - Pinterest


Hace algunas noches me encontraba acostada en mi cama en posición fetal, lista para dejarme caer en los brazos del sueño. Ahí, en el limbo entre el inconsciente y el consciente, en cuestión de milésimas de segundos, un pensamiento detonó un recuerdo que no esperaba tener en ese momento. La posición fetal me recordó a cuando era una bebé, y me pregunté: ¿cómo fue la primera vez que llegué al mundo? Entonces, imágenes y sensaciones aparecieron, sin saber si estaba soñando, recordando o imaginando.

El sonido era similar a cuando te encuentras debajo del agua con una ligera presión en los oídos. Dentro del vientre de mi mamá sentía un líquido calentito y mi cuerpo flotaba sin el más mínimo esfuerzo, abrazada por la oscuridad. Algunos sonidos llegaban desde afuera, aunque en ese momento no sabía siquiera que eran voces de otros humanos, o que aquí se les llamara "sonidos". Calma, paz, seguridad. Yo solo era, y no había que ser nada más. 

Y entonces, después de unos borrosos recuerdos, el frío tocó mi piel. Unas manos sostuvieron mi cuerpo, sustituyendo el flotar eterno. Mi piel contra otra piel que volvió a calentarme, y una voz familiar diciéndome: "hola princesa". Mi papá.

Regresé. La nostalgia y la ternura inundaron mi cuerpo y ahí, en mi cama, me quedé quieta un momento, dejando que el hormigueo y la belleza del recuerdo me recorrieran.

Para mí no había sido solo un recuerdo, sino un mensaje para la etapa en la que me encuentro viviendo. Así que no pude evitar preguntarme: si el cuerpo tiene la hermosa capacidad de recordar desde el inicio de nuestras vidas, ¿qué otros recuerdos y mensajes guarda sin que lo sepamos?

Así, caminamos, interactuamos y vivimos todos los días; portando un cuerpo construido biológicamente que se transforma con cada experiencia recolectada; modificando no solo nuestra postura y movimientos, sino también nuestros ideales, metas y pensamientos. Traumas o no traumas, memorables o casi borrosos, el cuerpo guarda toda la información que vamos recopilando a lo largo de nuestras vidas. Y sí, a veces da miedo saber qué es lo que guarda, pues como testigo sin juicio que nos acompaña hasta el final, no discierne entre qué experiencias conservar y cuáles no. Para el cuerpo no hay bueno ni malo, como en la moral humana, sino que todo simplemente es. Las experiencias son experiencias, y es el conjunto de todas ellas lo que nos hace ser quienes somos hoy. Desear eliminar una sola podría ser el equivalente a quitar un ladrillo de una construcción: cada una contribuye a lo que somos.

A diferencia de algunas creencias, el cuerpo no castiga sino que revela lo que hemos vivido desde que comenzó a formarse en el vientre de mamá. Por eso, es nuestro mejor amigo; el más honesto y cercano que encontraremos, pues será quien nos muestre lo que hemos cosechado con el tiempo y lo que necesitamos trabajar para seguir creciendo. Solo hemos de darle espacio y silencio para dejarlo hablar.

Dicen por ahí que el cuerpo habla, y que cuando habla, lo hace gritando. Y sí, algunas veces, después de tanto tiempo sin ser escuchado, no le queda otra más que gritar. Pero me gusta pensar que la mayoría de las veces el cuerpo se comunica a través de susurros. Cambios sutiles; a veces, aparentemente imperceptibles pero cargados de mucha información. Hay que aprender su lenguaje, que es muy diferente al de las palabras. Algunos cuerpos gustan de sensaciones para comunicarse; otros, de imágenes, o incluso, de dolores. No sé si exista un lenguaje universal para que puedas comunicarte con tu cuerpo y así acceder a la información que guarda para ti. Pero lo que sí sé, es que el camino ya está trazado. Tan sólo necesitas escucharlo y permitir que te lo muestre. 

Así que, si hoy eligieras guardar silencio por un momento, ¿qué susurro escucharías de tu cuerpo?

LA PROFANACIÓN DEL TIEMPO

Por María Luján Rossi

IG @lujiss


Fuente - Pinterest


“No se juega con eso” me dijo la amiga de mi mamá cuando agarré el reloj de  arena del estante que estaba en el living. Me pareció bastante egoísta de su parte pretender que me conformara con pedirle siempre las figuritas abrillantadas que tenía en esa lata con inscripciones, en un idioma que desconocía por completo. Yo tenía un hermoso mundo imaginario, dentro del cual todo era posible. Bueno,  en realidad, casi todo. Lo horrendo no tenía lugar alguno, no existía en mi imaginación  la posibilidad de que algo malo sucediera; era mi espacio impenetrable. 


Ante la negativa de aquella tirana, y mientras resolvía qué hacer con mi enojo, me quedé mirando ese objeto sagrado, negado a mis manos, con detenimiento. Era el  mediodía en la casa de Banfield, el clima era perfecto y el sol entraba por la ventada del jardín donde estaban Griselda, mi mamá, mi papá y mis dos hermanos.


Era un reloj de bronce, medio viejo, pero no por eso menos brillante. La arena  estaba aplastada contra el fondo y pedía a gritos ser movida y sacada de ese tedio  permanente que nadie parecía advertir, y con el que nada podía hacerse. Algunos granos  eran más opacos que otros; el vidrio del lado de adentro parecía resguardar en el polvo  los restos de otros granos que supieron ser. Me pregunté si algo de aire ingresaría por algún espacio distraído del objeto. Parecía una estatua, un dios griego, como un castillo inalterable, un monumento, o una de esas catedrales que parecen abarcarlo todo; la imagen de un santo o ese cuchillo filoso que tampoco puede tocarse. Me generaba admiración y temor en simultáneo. Me pregunte por el origen de la arena, por cuántos  minutos tardaría en vaciar un lado y llenar el otro, por la velocidad de la caída, por todo  lo que habrán tardado en construirlo, y el por qué de que no pudiera usarlo. 


Mi cuerpo se empezaba a inquietar. Miraba a ese santo inmaculado cada vez con mayor intensidad; trataba de encontrar algún mínimo movimiento, alguna mínima  modificación en ese interior que, para mí, lo era todo. Un adentro que modificaba mi  adentro, que ya no me era ajeno. El reloj se me había hecho cuerpo. Quería ser yo esa arena cayendo por los bordes y las curvas del vidrio, quería entrar y sacar el polvo para ver mejor, quería lustrar el afuera para que la luz solar rebotara aún más en sus bordes, en sus pilares, en sus bases. Todo ese bronce que sostenía la estructura contenedora de ese oro polvo granulado, parecía un titán antiguo sosteniendo el mundo. Uno frágil  e invencible, al mismo tiempo. 


No sé si podría describir en extremo detalle su forma. Era uno de esos que replican la forma del número 8 o el signo del infinito, pero en orientación vertical, de un vidrio transparente que, por el paso de los años, ya parecía un cristal en sepia. La arena tenía diferentes grosores, de color entre amarillo y un incipiente ocre. Estaba entre dos  bases circulares que sobresalían, y a los costados, a lo largo, estas dos bases se conectaban por dos columnas o pilares verticales, contorneadas con relieves y forma  helicoidal. Toda la estructura de bronce parecía intervenida por la técnica del patinado. Era un diseño simétrico, intervenido con grabados que parecían egipcios o arabescos.


Yo estaba fascinada. Por momentos me quedaba de pie y la observaba de costado, moviendo mi cabeza de un lado al otro. Me acercaba para mirar los detalles o intentar percibir algún olor. Luego, me alejaba corriéndome de lado a lado para tratar de identificar desde que ángulo le daba mejor el sol. Tenía que apurarme porque pasaban los minutos y ese mismo sol se iba corriendo, dejando más sombras cada vez. Era  increíble cómo cambiaba de tonalidad toda la estructura, como si su integralidad sufriera  algún tipo de metamorfosis cromática. Me volvía a acercar y lo miraba desde arriba, me sentaba casi debajo con las piernas cruzadas, acostada boca arriba y boca abajo. De tanto girar empecé a bailar o jugar, no sé cuál sería ahora la diferencia; en ese entonces, no pensé en esto.


Trataba de rolar sobre mi cuerpo sin apartar la mirada del reloj. La sensación de torsión me llevaba a la imagen de las serpientes, y entonces fui una cobra retorciéndome en la arena, diseñando senderos que se borraban con el viento del desierto, hasta que empecé a buscar la verticalidad serpenteando como si un instrumento de viento me invitara a despegarme del suelo. Sentía cómo cada grano de arena que estaba pegado a mi piel se desprendía y caía rodando por mi cuerpo. Escuchaba una melodía sinuosa, misteriosa, que guiaba cada curva, acelerando y desacelerando, en un ritmo infinito como los recorridos de ese signo. No había principio ni fin. Era un continuo energético por el que fluía sin detenerme. Tanto me ondulé que empecé a tomar velocidad, y como si algo invisible me empujara, empecé a saltar y  desplazarme por el espacio, mis brazos eran como dos látigos que me impulsaban hacia  arriba, caía con un pie o con los dos y me despegaba del piso de la misma manera.


Me  imaginé los pies otra vez, en la arena, hundiéndose, dejando huellas entre mis dedos todo ese polvo granulado que, además, friccionaba mi cara, enredaba mi pelo y un sol brillante de mediodía me impedía, por momentos, abrir los ojos para ver la vastedad del desierto que me rodeaba. Pude escuchar las dunas moviéndose conmigo, modificando también sus formas. En algún momento fui remolino que, progresivamente, se iba ralentizando y acelerando. Y de repente, estaba dentro del reloj y era cada grano y todos, cayendo ahí dentro. Una dirección ambivalente de ir hacia abajo lentamente y aplastarme toda yo. En esa caída, estar de nuevo arriba para deshacerme y reiniciar ese hacia abajo. A veces, quedaba completamente dada vuelta y me veía a mí misma en algún reflejo, doble. Mis cabezas se apoyaban una sobre la otra y mis pies se saludaban  desde los extremos: una figura simétrica y multiforme, al mismo tiempo.


Ese tiempo mío, infranqueable, fue interrumpido de golpe por la voz de mi mamá que me llamaba desde el jardín para avisarme que ella y Griselda se estaban yendo a  la panadería. Mi cuerpo quedó un instante congelado, en una pausa que reunía todas  mis danzas recientes, mi corazón se aceleró tanto que cualquiera podría haberlo  advertido si miraba mi pecho, porque la respiración también se había modificado. Me  vibraban los ojos, el balanceo de mi cuerpo sobre los pies era pequeño e intenso, mis  manos transpiraban, los dedos se movían alternada y rápidamente. Respondí al llamado para asegurarme que nadie viniera hasta donde me encontraba. Escuché la puerta cerrarse. Sus voces, la de mi mamá y Griselda, alejándose. El silencio pareció eterno; era un puma agazapado frente al reloj, como si fuera su presa. Pensé un instante en la  posibilidad de que el polvo debajo de él evidenciara el crimen que estaba por cometer, la desobediencia más terrible de todas: ir hacia lo intocable. Pensé en la arena adherida al fondo, en qué sucedería si no se despegaba, en ser descubierta y, por lo tanto,  castigada por los dioses, obligada al exilio, a no volver jamás a esa casa. Hice cuentas sobre ningún dato certero en relación a cuánto tardarían ellas en volver y cuánto tardaría  la arena en vaciar una mitad, llenar la otra y replicar de una vez todo ese polvo apelmazado de qué sé yo cuántos de existencia incorruptible. Ese instante apareció inacabable, tenía que decidir si arriesgarme o ser obediente. Inspiré tanto que los  hombros casi tocan las orejas, retuve el aire y, como el puma dando el zarpazo para  atrapar esa presa inmóvil, en vez de tomar el reloj, pasé mi brazo por encima y atrapé el aire. 


Ese segundo antes de tomarlo pasó en cámara lenta y advertí que me resultaba mucho más atractiva la idea de darle vuelta, que darle vuelta en sí mismo. Al llegar mi  mamá y Griselda, me pidieron que fuera con ellas hacia el jardín para merendar con unas facturas que habían comprado. Mientras mis hermanos jugaban por ahí, ellas dos junto a mi papá sostenían una conversación animada sobre política. Ésa fue la  oportunidad perfecta para abstraerme y dar vuelta el reloj sin necesidad de moverme de donde estaba.  Lo imaginé como si realmente hubiera sucedido. Me vi tomando con mis propias  manos el reloj de arena, dándole vuelta velozmente. Estaba parada frente a él, justo  después del acto inaugural de una desobediencia poco sutil. Primero me alejé como si  fuera a explotar; el mismo corazón que había latido con fuerza, ahora parecía detenerse. Esto, hasta que la arena empezó a deslizarse poco a poco por ese estrecho que separa el cielo de la tierra, el universo de nuestro planeta, el pasto de las estrellas. El embudo  de un agujero negro hacia lo desconocido, una nueva oportunidad hacia otros infinitos.  El sonido fino que se generaba tenía el sabor de la audacia. Yo sonreía frente a esa inmovilidad que parecía incorruptible, había logrado restituir el dinamismo a una  temporalidad forzada al olvido y la mera exposición. La arena seguía cayendo mientras  recuperaba poco a poco el aliento. Qué más puede decirse cuando accedemos a aquello que parecía inaccesible, a la posibilidad de mover el tiempo que nos es negado. Qué más que ese instante de gracia donde un solo gesto reúne todos los anteriores. Cuánto  más que ese juego entre el adentro y el afuera, que nos permite vencer el tedio, burlarnos de lo sagrado, hacer propio el mundo. 


Ese reloj, como símbolo del tiempo antiguo, fue para mí un desierto, un portal abierto a la danza donde fui cobra, granos de arena, un puma agazapado, un remolino. No fueron sólo imágenes, sino que pude encarnarlas. Salí de mi cuerpo y el reloj salió de la repisa para encontrarnos en otro espacio. No es que no hubiera sido satisfactorio moverlo; sin embargo, entendí que había algo más allá de esa prohibición y era la posibilidad de utilizarlo sin que nadie más lo supiera. Nadie podría jamás sumergirse en  mi imaginación ni podrían dirigir mis danzas, porque tampoco sabrían de dónde provienen.


Me pregunto hoy: ¿puede la danza constituirse como una forma de profanación del tiempo? Mientras busco respuestas, encuentro en la imaginación ese espacio donde la  profanación se vuelve posible. Allí puedo ser diosa y humana, entre lo sagrado y lo profano.



Bibliografía utilizada

Agamben, Giorgio. Elogio de la profanación. 

Agamben, Giorgio. Ninfas.  

Badiou, Alain. La danza como metáfora del pensamiento.