DE LA PACIENCIA Y OTRAS CANCIONES

Por Lucero Dávila

IG @lucerodavilaarte


Fuente: Pinterest


Un, dos, tres, cuatro; un, dos, tres, cuatro; un, dos, tres, cuatro… y podemos seguir a este ritmo, indefinidamente; pero lejos de ser algo tedioso, rutinario y aburrido, resulta ser todo lo contrario.

En la danza, la repetición es el eje principal de su aprendizaje, además de un conjunto de fases sucesivas que disfruto muchísimo. Tener la capacidad de replicar una instrucción con mi cuerpo y ver cómo se transforma en movimiento natural, es un tránsito fascinante y maravilloso que me llena de alegría.  

El acto de repetir algo constantemente podría llevar a muchos a la locura; pero en la danza, la reiteración de un ejercicio requiere el desarrollo de la paciencia, la misma que se va sembrando en cada práctica y poco a poco se expande a los demás aspectos de la vida. Hacer lo mismo rutinariamente y exigirte mejorar en cada momento del trabajo, requiere fuerza de voluntad para dominar el carácter impulsivo y voluntarioso con el que nacimos algunos. Pretender, ya mismo, hacer un arabesque y saltar por toda la sala, no es posible; debes aprender mucho, entrenar tu cuerpo y colocar tu atención en los detalles durante cada ejecución que conlleva el proceso. No podrás lograrlo sin antes probar tu fortaleza de carácter, reforzando la paciencia. 

Pararte firme frente al espejo, tocar suavemente la barra, apretar el estómago, los glúteos, ejecutar lentamente un relevé mientras escuchas el compás del: un, dos, tres, cua.., vez tras vez, no sería posible si primero no escuchas la canción que la paciencia entona dentro de ti.  

De repente, te das cuenta de que mientras tu cuerpo se va volviendo firme, tú soportas el tráfico sin reclamar como lo hacías antes; ahora esperas con tranquilidad en la cola del cajero, miras el cielo mientras aguardas el cambio de luz en el semáforo y caes en la cuenta de que es celeste, tiene nubes y siempre estuvo allí. Sabes que ahora puedes escuchar con calma la melodía del mundo y confiar en el tiempo perfecto para recibir lo que la vida tiene para ti. 

La paciencia es una virtud que todos podemos desarrollar si no nacimos con ella. Habrá momentos en los que será difícil y otros, en los que será aún más difícil; pero si encontramos un espacio, un ejercicio o una persona que nos ayude; la práctica de ella no sólo será buena para nosotros, sino también, para quienes nos rodean.

Aprender a tener paciencia se convertirá en un trabajo diario, en un enfoque y estudio constante de cómo y quienes somos. Pero cuando encontremos ese algo que nos ayude, que nos lleve a recordarlo diariamente, empezaremos a comprender que tenemos de dónde sujetarnos en esos días complicados, y aunque no siempre podamos ser pacientes, sí podremos recordar cómo serlo, porque habremos aprendido a estar quietos y a soltar la barra que nos sostiene para pararnos en equilibrio sobre el espacio pequeño de nuestras falanges, durante un breve instante. Al intentarlo nuevamente, una y otra vez, lograremos sostener la posición durante períodos más largos de tiempo, hasta que, el hacerlo, ya no demande tanto esfuerzo, y cada repetición lo lleve a convertirse en un acto orgánico, lo cual hará que parezca que nacimos con la capacidad de lograr ese relevé.

Fue la danza quien me mostró este abanico de hechos posibles. No soy la persona más feliz del mundo; al menos, no siempre; tampoco soy la más paciente: me cuesta demasiado; pero soy alguien que puede recordar cuándo lo fue y lo que encontró en sí misma para llegar allí. Entonces, ciertamente, la paciencia es una canción que se repite en el Ipod de nuestro interior, la que vamos tarareando mientras revivimos cómo fue ese instante, esperando que un día se impregne en nosotros para ayudarnos a resolver con mayor facilidad los problemas que nos asaltan, o las vicisitudes con las que, a veces, la vida nos sorprende. Por tanto, estaremos listos -como dije antes-, para escuchar con calma la melodía del mundo y confiar en el tiempo perfecto para recibir lo que la vida tiene para todos nosotros.