ARTE SIN COLOR: UNA IDENTIDAD MONOCROMÁTICA

Por Wendy del Castillo

IG @wendydel


Fuente - Pinterest


Vivimos, en el siglo XXI, una era marcada por el exceso de estímulos: más imágenes, más mensajes, más opciones; en esencia, una realidad saturada de ruido. En el intento por encontrar tranquilidad en el cotidiano, hay quienes se inclinan hacia la simplicidad estética, adoptando el minimalismo y el normcore. Esta búsqueda de limpieza visual ha resultado en espacios y discursos monocromáticos: una tendencia a reducir los estímulos visuales para volverlo todo más funcional y homogéneo, lo que provoca una pérdida del color.

De hecho, según un estudio del Museo de Ciencias de Londres, el mundo se ha vuelto más gris con el tiempo. Actualmente, existe un predominio de la restricción cromática, donde se hace un uso generalizado de paletas neutras como blancos, negros, grises y tonos tierra. El resto de los colores se han quedado fuera, lo que reafirma esta inclinación por simplificar la vida, reducir los estímulos visuales y homogeneizar la experiencia. 

Se piensa global y se actúa poco local, despersonalizar da pie a encajar. Se crean ambientes homogéneos, espacios monocromáticos que, aunque no son como el propio hogar, sí buscan que te sientas como en tal, lo crean así para gustarle a las masas. Se reduce el ruido, la fricción y, poco a poco, también se pierden la identidad y la pertenencia.

Esta falta de identidad se filtra peligrosamente en el arte, debilitando la originalidad de la creación. La estética contemporánea se define, paradójicamente, por una tendencia a la renuncia. En la creación escénica, el afán de ser más agradable para el público lleva al artista a recurrir al minimalismo cromático.

Esta restricción debilita el propósito esencial de la creación, lo que provoca una seria pérdida de identidad, de originalidad y de la capacidad de sostener especificidad cultural y un discurso artístico diferenciado. 

Es crucial distinguir este minimalismo complaciente de antecedentes como el «Teatro Pobre» de Jerzy Grotowski. En su propuesta, la escasez visual era un acto ideológico, no un fin estético. Su reduccionismo no era una elección estética para simplemente ser más bello, sino una intención clara de eliminar cualquier elemento que opacara al actor y su conexión con el espectador. Su minimalismo se justificaba por un propósito radicalmente centrando en el intérprete. 

En contraste, este minimalismo vacío o identidad monocromática complaciente actual prioriza la facilidad de consumo sobre el potencial simbólico complejo. Utiliza la estética de la eliminación como mecanismo de silenciamiento cultural. La obra se vuelve inmediatamente comprensible, pero potencialmente superficial. El artista pierde su esencia para volverse más apetecible para el público, neutralizándose para encajar en el molde aceptable. 

La presión hacia la estandarización no proviene solo de una sociedad de consumo vanal, sino también de las estructuras de financiación. La necesidad de ajustarse a las pautas de una convocatoria o de alcanzar una amplia audiencia inclina al creador a diluir su propuesta, el creador se ve forzado a lavar su personalidad para asegurar la viabilidad de su proyecto. La autocensura creativa se vuelve una estrategia de supervivencia institucional.

El arte necesita expresiones reales, de fondo, visiones propias capaces de romper con la homogeneización y la lógica del copy-paste de aquello que le funcionó a alguien más. Necesita traer al frente emociones con las que uno pueda espejearse: su visión, su historia, su estética. La propuesta escénica que consigue conectar verdaderamente con su audiencia es aquella que no busca, ni puede, complacer a todo el mundo.

La salud de la creación escénica depende de que el artista elija la fricción del significado sobre la fluidez del encaje, priorizando la verdad estética y un nivel profundo de emociones y sensorialidad por encima de la conveniencia comercial. 

El artista debe permitirse romper con los permisos internos autoimpuestos, negándose a pedir licencia para ser visto, para no encajar en el molde complaciente o para ocupar espacios rebajando su voz. La única salida a la complacencia es atreverse: en la era del gris, ser inevitablemente color.