Por Jhenifer Guadalupe Farrera Peña
IG @fotografia_farrera_
Hay territorios que no aparecen en los mapas.
El cuerpo es uno de ellos.
En el sur de México, en Chiapas, el cuerpo no es solo materia ni movimiento: es memoria viva. Guarda lo que la historia no nombra, lo que las instituciones no sostienen, lo que la precariedad deja como huella. Aquí, hablar de una “vida sana” no puede reducirse a una idea abstracta de bienestar: implica preguntarnos cómo se cuida un cuerpo en medio de la desigualdad, cómo se sostiene la vida cuando las condiciones son adversas.
Aprendí a danzar no desde la perfección, sino desde la grieta. Desde el cansancio acumulado, desde la incertidumbre de los espacios que no siempre existen. Y sin embargo, el cuerpo insiste. Se levanta. Se mueve. Como si supiera que en ese gesto hay una posibilidad de equilibrio, aunque sea momentáneo.
En este sentido, la danza ha sido para mí una práctica de sanación situada. No como un ideal de plenitud, sino como una forma cotidiana de volver al cuerpo, de escucharlo, de habitarlo con mayor conciencia. Una vida sana, desde aquí, no significa ausencia de dolor, sino la capacidad de reconocerlo sin quedar completamente atrapada en él. Significa generar espacios donde el cuerpo pueda respirar, moverse, encontrarse con otros.
La experiencia espiritual de la danza emerge justamente en ese encuentro. No como evasión, sino como presencia. Hay un instante, breve, pero profundo, en el que los cuerpos que se mueven juntos logran sincronizarse más allá de la técnica. En ese momento, el cuerpo deja de ser únicamente carga y se convierte en canal: de energía, de vínculo, de sentido compartido. Ahí también hay salud. Una salud que no es individual, sino colectiva.
Formo parte de The Parahumans, una compañía que trabaja en la creación y formación de bailarinas en Chiapas. Dentro de este espacio, la danza se vuelve una herramienta concreta de cuidado: permite fortalecer el cuerpo, sí, pero también la autoestima, la confianza y la capacidad de imaginar otras formas de vida. En contextos donde el acceso a espacios seguros es limitado, estos procesos se convierten en pequeñas islas de bienestar compartido.
Sin embargo, hablar de vida sana también exige nombrar lo que la dificulta. La falta de infraestructura, el escaso apoyo institucional, la necesidad constante de autogestión. La salud del cuerpo no puede separarse de las condiciones materiales que lo atraviesan. Por eso, la sanación no es solo una experiencia interna: es también una práctica política.
Mi trabajo en la comunicación y el periodismo se sitúa en esa misma línea. Como parte de la Red Nacional de Periodistas de México y de la Red de Periodistas y Comunicadoras de Chiapas, contribuyo a la divulgación con perspectiva de género, entendiendo que la información también es una forma de cuidado. Nombrar las violencias, visibilizar las resistencias y generar narrativas más justas forma parte de construir entornos más habitables.
Desde la fotografía documental y teatral, busco capturar aquello que sostiene la vida en medio de la adversidad. La danza, efímera por naturaleza, encuentra en la imagen una extensión: una posibilidad de permanecer, de circular, de tocar otros cuerpos a la distancia. Cuando estas prácticas se comparten en redes, lo que ocurre en un barrio o en una calle de Chiapas puede resonar en otros territorios. Ahí, lo íntimo se vuelve colectivo.
En los espacios no pensados como escenario —calles, patios, barrios— los cuerpos siguen danzando. No siempre como espectáculo, sino como necesidad. Como una forma de habitar el mundo con dignidad. Cuando esos movimientos se documentan y circulan, se construyen redes de reconocimiento, de acompañamiento, de cuidado.
Ahí también hay una forma de vida sana: en la posibilidad de no estar solas, de sabernos parte de algo más amplio.
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