Por María Cecilia Morini
Turquesa. De un bello color turquesa fue mi primera malla de expresión corporal.
Recuerdo que mi madre le había preguntado a la docente cuáles serían las características necesarias de la vestimenta para poder asistir a las clases; luego, tengo la imagen casi nítida de ir rapidito a Casa “ANI” (la más famosa y completa tienda de danzas de Rosario) en aquellos años tan movidos, cuando el hombre se acercaba a la luna como nunca antes lo había hecho, y la sorprendente escalada planetaria parecía no tener límites.
La profesora del Pro Música había respondido, entonces: ¡Colores fuertes!. Y así fue. Ya que no solo fue de un color turquesa brillante (que, estoy segura, tuvo alguna consecuencia en mis movimientos enérgicos, alegres y saltarines de mi tercer año de vida) sino que, además, estaba confeccionada con el más puro y resistente “stretch”, material fortissimo e indestructible que se había vuelto muy popular en Argentina, a finales de los años 60.
Luego, llegaron las academias y todo se tornó hacia los tonos rosa pálido (para medias y zapatillas media puntas), y el negro infaltable del “torso” con y sin mangas; variando, eso sí, el color de las polainas o la faldita de gasa, según el espacio educativo lo exigía.
Sin excepción, coronaba la imagen con el rodete reglamentario, artilugio que se conseguía arremolinando el pelo con un par de gomitas estiradas, invisibles abiertas y “redecillas” (dispositivo que, por suerte, ya ha caducado con el cambio de milenio).
Debo decir que, quienes fuimos a academias de barrio entre los años 70 y 80, teníamos bien diferenciados ambos peinados y funciones: rodete alto para ballet y rodete bajo para bailes españoles; estilos que caracterizaron a la educación dancística argentina durante muchísimos años, gracias a nuestra relación con España desde los años 50.
Cada estilo, una altura; cada calidad de movimiento, una estética diferente y hasta opuesta, podría observar.
Luego llegaron los 80, y en esa vorágine de música y estímulos, se vieron manifestados en una serie de contrastes, no sólo en los estilismos, sino en las formas, texturas y colores.
Tengo imágenes muy claras de momentos donde, mientras salía de la clase del Maestro del ballet Atilio S., y corría por las peatonales de la ciudad en un outfit (como se dice ahora), entre hippie-hindú mixturado con ciertas modas de jeans de marcas nacionales, aparecían en los medios (tv y revistas ad hoc) arriesgadas combinaciones de colores que se viralizaron rápidamente, como el turquesa (tan amado) pegado al furioso fucsia, o la tríada del blanco, el rojo y el azul.
Todo el fashion mood que nos rodeaba, se teñía de pronto en estos tonos en un verano. Y en cada oportunidad de baile social, de encuentro popular, parecíamos pertenecer todos a una misma agrupación. Me parecía muy divertido... ¡la uniformidad al poder!
Entonces, para romper esta monotonía visual, la danza comenzaba a improvisarse un poco más con la soltura que iría a movilizarse desde la música del rock nacional (y de otras latitudes también), enmarcados por aquellos peinados super producidos que tomaban tiempo y esfuerzo por mantenerse erguidos en esas alturas arquitectónicas, logrando rígidas verticales en flequillos o crestas coloridas a base de jabón, limón o kilos de gomina, enmarcados por las hombreras exageradas e inolvidables de los sacones ochentosos.
También estábamos todos a full, entrenando aeróbicamente, en pleno auge de la danza y la gimnasia jazz, lo que exigía, al menos, una gran variedad de calzas de lycra de colores variados al mejor estilo de la nueva gurú del gym saludable, Jane Fonda.
Entre los años 90 y los 2000 entro de cabeza al más bello de nuestros bailes sociales: el tango. Entonces, entiendo todo. La pilcha me da todas las pistas de cómo se baila el tango, más allá de la orquesta y o del cantor.
Se me presenta semejante epifanía, entre bailes de milonga, libros y videos trasnochados, y me vuelvo una observadora obsesiva y una ferviente admiradora del cine argentino y de las divas (y divos) nacionales.
Una tarde, Valentino me obsequió su espectacular Tango Francés con una dama envuelta en su enorme mantón de Manila, cuya falda desflecada y hombro descubierto se fundían en un baile fenomenal, lleno de miradas penetrantes y caminatas acompasadas, haciendo pandán con la danza más elegante del bailarín, de bombacha gaucha y sombrero cordobés, quien supuestamente estaba representando a un argentino típico de principios de 1900 (algo absolutamente irreal y, evidentemente, creado sólo para esta escena iconica).
Así viajé con las películas de Tita y Libertad, Olinda y Mimí; con sus voces y sus yeites pal baile, pudiéndome adentrar en la época de oro del tango, que fueron los años 40 y 50, con vestuarios que se caraterizaban, entre otras cosas, por la falda tubo y los tacos más finos y altos que en los 20, creando así una silueta de cintura marcada y talle muy estilizado.
En esos años se consolidan las orquestas, y el tango-danza pasa a formar parte de la identidad del país. Entonces, todos bailan tango, así como también algunos ritmos de jazz (foxtrot, swing, etc) donde el encuentro ocurre en las calles de los barrios, clubes, salones y hasta casas de citas y cabarets, obligando a todos, especialmente a los organizadores de las milongas del centro de Buenos Aires, a reglamentar la pista y a organizar así su concurrencia.
Había muy poco lugar en estos salones para danzar, y bailar con pasos y secuencias pequeñas era la única forma posible. Además, estaba el condicionamiento de la ropa de los bailarines: traje entallado para ellos, muchas veces con chaleco de tres botones más corbata, sumado al sombrero; faldas y camisas muy ceñidas para las bailarinas, que definían así la postura vertical y distinguida del abrazo de la pareja.
Allí nace el tango milonguero, caracterizado por su abrazo continuo y muy cercano, que no permite que el desplazamiento de la pareja danzarina desarme ese contacto casi permanente de los torsos, (lo que se llama comúnmente, bailar “apilado” o “en puente”).
Es en el delicado equilibrio de este diálogo, donde dos cuerpos sumados dan por resultado un solo cuerpo sentido; es allí donde se funden la conexión del abrazo y la música del tango.
La vuelta a la democracia también genera cambios, pues allí el tango comienza a interactuar con otras técnicas y otras danzas; entonces, el tango nuevo, propone investigar con sistemas propios de la danza contemporánea (improvisación) posibilidades corporales y musicales que se suman al repertorio expresivo del baile popular.
Desde ese momento hasta hoy, he pasado por diversas modas, especialmente, en cuestión de calzados para bailar. Desde los zapatos que llevábamos al zapatero para “reforzar” y así duraban un poco más, hasta el último grito de la moda en zapatillas y zapatos de baile, que ahora los hay super acolchados, con base de cromo, arco de metal inalterable o suelas intercambiables, según lo exija la situación.
La IA me informa que gran parte del mundo está tendiendo al blanco y negro, grises y neutros en sus elecciones, por ejemplo, para indumentaria cotidiana.
Pero también estamos quienes no nos resignamos y militamos los tonos vibrantes, estampados osados y combinaciones llenas de vida; texturas nuevas que acompañan a las más antiguas, como en esa foto de una pareja conformada por un abuelo y su nieta, bailando el vals en una fiesta de 15.
Valoro mucho todas las posibilidades técnicas de la danza académica, que nutren a las más populares, siendo parte de la evolución de nuestra danza identitaria, enriqueciéndola emocional y creativamente.
No importa si usas zapatos profesionales, si bailas descalzo o con borcegos punk; lo que importa es que, bailando solo o en pareja, tus colores propios se manifestarán con cada gesto, en cada paso, ya que cada movimiento que cuente tu historia, que hable de vos, dibujará un pequeño destello de color imperceptible: espejo del alma del quien baila que, en mi caso, será turquesa.
