Por Luisa Martínez Saldarriaga
IG @lademiradaencantadora
A la danza la he vivido, la he experimentado, la he estudiado, la he olvidado, la he amado y me he peleado con ella unas cuantas veces; pero apenas ahora empiezo a pensar en ella y, aún más importante, desde ella: porque sí, resulta que ambas cosas son diferentes.
En el último tiempo he aprendido que una cosa es sentarse a analizar la manifestación artística desde afuera, con separación y haciendo distinción entre el bailarín y el espectador, entre la puesta en escena y “la vida real”, como si el arte -cualquier tipo de arte- no hiciera ya parte esencial de la vida misma; y otra cosa muy distinta, es reflexionar sobre su presencia en la experiencia humana con la intención de acortar esa barrera.
La danza funciona de igual manera como causa y efecto de la sociedad y, como tal, es inevitable reconocer su carácter transformador en aspectos relacionados con la cotidianeidad; y es que, ¿qué hay más cotidiano que la estética? ¿O crees que es posible vivir una vida plenamente humana sin ella? Y cuando digo plenamente humana, a lo que me refiero es a la capacidad de habitar la emoción, que es el puente entre el mundo interior y el exterior, conectándonos con aquello a lo que la estética realmente nos incita: a ampliar nuestra capacidad de percibir.
Pero entonces, ¿qué percibimos de la danza? ¿Qué miramos cuando miramos bailar? Solo observamos la coreografía, la técnica, el cuerpo en movimiento; o de manera muchas veces súbita e inconsciente, logramos también captar otra información a través de las emociones, de la interacción entre quienes bailan o de códigos estéticos no sonoros como la escena y el atuendo; elementos que, incluso antes de iniciar la melodía, ya nos comunican una energía y un género musical, llevándonos, incluso, a viajar en el tiempo-espacio hacia diferentes épocas o zonas geográficas, reales o imaginadas.
De modo que empezamos a hacernos preguntas como: ¿Qué es la estética? ¿Cómo se ve un cuerpo cuando baila? ¿Es posible tocar la danza? ¿Qué queda de ella cuando el movimiento cesa?
Algunas palabras se repiten en la cotidianeidad con tanta frecuencia y ligereza que las incorporamos en nuestro vocabulario habitual con naturalidad y dejamos de preguntarnos qué significan realmente; estética, es una de ellas.
Solemos usarla para referirnos a algo visualmente agradable —bonito— como un vestuario bien logrado, un escenario armonioso, una combinación de colores que funciona, un estilo reconocido y alusivo a cierta época o tendencia, en algún área del diseño o de las artes.
Decimos que algo “es estético” cuando es aceptado masivamente o cuando nos gusta cómo se ve de manera individual. Y aunque todo ello está relacionado con la estética, lo cierto es que también se queda corto.
La estética, de manera más amplia, estudia la belleza, el arte y la experiencia sensible. Se pregunta por aquello que experimentamos cuando algo nos conmueve, nos atrae, nos parece bello e incluso, cuando nos resulta extraño o nos incomoda. No se ocupa únicamente de lo que vemos sino también de cómo percibimos y de lo que hacemos con ello.
Para el filósofo alemán Alexander Baumgarten, conocido como el fundador de la estética moderna, “es la ciencia del conocimiento sensible.” Más que reducir la experiencia estética a decidir si algo es bello o no, esta idea nos invita a preguntarnos cómo conocemos y experimentamos el mundo a través de los sentidos.
Desde este punto de vista, nos es posible cambiar el enfoque de la mirada, moviéndola desde la obra como punto de partida para dirigirla hacia la vivencia, tanto del observador como del artista, haciéndolos a ambos participantes activos y correlacionados de dicha construcción estética y, por ende, también creativa… ahora, cocreativa.
Es precisamente por esta dimensión sensible y experiencial que tiene sentido hablar de estética al hablar de la danza. Cuando danzamos, se generan sensaciones tanto en el bailarín como en su público. Incluso cuando no hay una audiencia, existe un espectador, y esto sucede aunque los ojos que miren lo hagan a través del espejo -porque pertenecen al artista mismo-, ya sea que esté practicando, disfrutando, calificándose o, simplemente, habitando su propio arte: su manera creativa de existir.
Hay estética en la danza porque antes de preguntarnos si alguien baila bien, sucede algo entre ese cuerpo en movimiento y nuestra mirada. Vemos una silueta, una manera de ocupar el espacio, una velocidad, una pausa, un gesto. Percibimos un vestido que se abre al girar, un pelo que acompaña el movimiento, un tocado, un maquillaje artístico o la ausencia de él, unos pies descalzos o unos zapatos de tacón, una determinada combinación de colores. Escuchamos la música pero también vemos cómo el sonido se mimetiza con un cuerpo; en ocasiones, incluso, vemos a varios cuerpos trenzando las fronteras del espacio y fundiéndose entre sí, convirtiéndose en uno con la ocasión y con todo lo que la ocupa en ese preciso, pasajero y eterno momento.
La estética, en la danza como en el mundo, está íntimamente asociada al contexto. Un vestido de lentejuelas y medias veladas puede parecernos perfectamente natural en una competencia de salsa y completamente fuera de lugar en un círculo de danza ritual. Un tutú puede ser inseparable del ballet, mientras que unos pantalones anchos pueden resultar casi inevitables cuando pensamos en ciertos estilos urbanos. Unos zapatos de tango cuentan algo antes de que la pareja dé el primer paso, mientras los pies descalzos son para el bailarín de danza contemporánea un medio ineludible para conectarse con su arte.
Nada de esto ocurre por casualidad y, cuando comprendemos esta naturaleza intrínseca, presente en las artes y en la existencia misma, estamos aprendiendo a mirar de una forma más auténtica y profunda. Porque hablar de estética cuando hablamos de danza es aprender a prestar atención, y prestar atención cambia aquello que percibimos ya que amplía nuestro rango de captación y enriquece nuestra forma de integrarlo en la vida individual y colectiva.
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