LOS GENES DANZAN CONTIGO

Por Helena Lorenzo

Dra. en Biología, pedagoga, profesora didacta de Biodanza, profesora de Yoga y Flow Dance, Dj de Ecstatic Dance y terapeuta forestal.

@biodanzahelena




Danza y epigenética

Durante gran parte del siglo XX se pensó que el ADN era un libro cerrado, escrito desde el momento del nacimiento. Cada una de nuestras células contiene la misma secuencia genética, la misma molécula química, como una inmensa biblioteca que nos acompaña durante toda la vida. Sin embargo, la biología contemporánea ha transformado profundamente esta visión. Hoy sabemos que los genes no son un programa rígido e inmutable, sino un repertorio de posibilidades cuya expresión depende, en gran medida, de la interacción continua entre el organismo y el ambiente (Bird, 2007; Jirtle y Skinner, 2007). Así nació un campo fascinante de la biología; la epigenética.


La palabra significa literalmente «por encima de los genes» y hace referencia al conjunto de mecanismos bioquímicos que regulan qué genes se expresan y cuáles permanecen silenciados, sin modificar la secuencia del ADN. Es decir, el texto del libro permanece intacto, pero cambia la forma en que es leído. Unos genes se activan y otros se «apagan».


Cuando nos movemos, algo más que los músculos entran en acción. El cerebro se reorganiza, las hormonas cambian y las emociones dejan huella. El organismo pone en marcha respuestas biológicas que, cuando el movimiento se repite y se integra en el estilo de vida, pueden llegar a modificar la actividad de numerosos genes relacionados con la adaptación, la plasticidad y la salud. Quizá por eso podamos decir, sin caer en la metáfora vacía, que los genes también danzan contigo.


Cada experiencia deja una huella biológica. Un nuevo movimiento creativo envía una señal al cerebro. Son las llamadas señales «de abajo arriba» (bottom-up), mediante las cuales la información procedente del cuerpo modifica continuamente la actividad cerebral, la emoción y la cognición (Damasio, 1999; Craig, 2002; Porges, 2011).


Otros factores, como la alimentación, el descanso, el estrés, la calidad del sueño, el ejercicio físico, el contacto con la naturaleza, la música, las relaciones afectivas y el movimiento corporal, constituyen señales capaces de llegar hasta el núcleo de nuestras células y modular la actividad genética (Plaza-Díaz et al., 2022).


La danza ocupa un lugar privilegiado dentro de ese diálogo permanente entre el organismo y el ambiente. Cuando el cuerpo se mueve de forma integrada, millones de receptores sensoriales comienzan a enviar información hacia el sistema nervioso. Los músculos liberan moléculas señalizadoras; aumenta la circulación sanguínea; cambia la respiración; se modifica el equilibrio hormonal y el cerebro reorganiza continuamente sus conexiones neuronales. Nada permanece inmóvil. La biodanza, por ejemplo, incorpora elementos difíciles de encontrar simultáneamente en otras disciplinas: música seleccionada, movimiento orgánico, comunicación no verbal, contacto afectivo, integración grupal, juego, creatividad y vivencias emocionales profundas. Desde una perspectiva biológica, todos estos factores participan en la regulación del sistema nervioso autónomo y del sistema endocrino. Cuando disminuye la percepción de amenaza, el organismo reduce progresivamente la secreción mantenida de cortisol. Paralelamente aumenta la disponibilidad de neurotransmisores relacionados con el bienestar y el vínculo humano, como la dopamina, la serotonina, las endorfinas y la oxitocina. El funcionamiento interno del organismo cambia.

Es importante señalar que, hasta el momento, no existen investigaciones que hayan demostrado de forma directa los efectos epigenéticos específicos de la danza o de la biodanza. Sin embargo, sí disponemos de abundante evidencia científica que demuestra que el ejercicio físico, la reducción del estrés, la regulación emocional y las relaciones sociales positivas influyen sobre procesos biológicos relacionados con la expresión génica (Fernandes, Arida y Gomez-Pinilla, 2017).

Esta idea transforma profundamente la manera de entender la salud. La herencia genética ya no representa un destino inamovible. Aunque no podemos modificar la secuencia de nuestros genes, sí podemos influir, en cierta medida, sobre la forma en que muchos de ellos se expresan mediante hábitos y experiencias. Cada experiencia significativa reorganiza circuitos neuronales, modifica patrones hormonales, fortalece determinadas conexiones y favorece nuevas formas de adaptación.

No cambiamos quienes somos de un día para otro, pero sí podemos transformar la manera en que nuestro organismo responde a la vida.

La danza representa uno de los lenguajes más antiguos de la humanidad. Mucho antes de que existieran las palabras, el cuerpo ya narraba emociones, celebraba encuentros, afrontaba pérdidas y fortalecía los vínculos del grupo mediante el movimiento compartido. Quizá esa memoria evolutiva siga habitando en nosotros.


Al fin y al cabo, la danza no cambia nuestro ADN; cambia el diálogo que la vida mantiene con él.



Bibliografía Bird, A. (2007). Perceptions of Epigenetics. Nature, 447(7143), 396–398. Craig, A. D. (2002). How do you feel? Interoception: the sense of the physiological condition of the body. Nature Reviews Neuroscience, 3(8), 655–666. Damasio, A. R. (1999). The Feeling of What Happens: Body and Emotion in the Making of Consciousness. Harcourt Brace. Fernandes, J., Arida, R. M., & Gomez-Pinilla, F. (2017). Physical Exercise as an Epigenetic Modulator of Brain Plasticity and Cognition. Neuroscience & Biobehavioral Reviews, 80, 443–456. Jirtle, R. L., & Skinner, M. K. (2007). Environmental Epigenomics and Disease Susceptibility. Nature Reviews Genetics, 8, 253–262. Plaza-Díaz, J., et al. (2022). Impact of Physical Activity and Exercise on the Epigenome in Skeletal Muscle and Other Tissues. International Journal of Molecular Sciences, 23. Porges, S. W. (2011). The Polyvagal Theory. W. W. Norton & Company.