LAS PAREDES DEL SALÓN UNA VEZ ME DIJERON

Por Karla Maldonado

IG @karlamaldonado.n 







Ahora me imagino a mí misma entrando de nuevo

en aquel altísimo salón de danza,

decorado con cálidos candelabros en su techo

y unos hermosos vitrales en sus paredes.


La luz de un nuevo día pasa a través del vidrio de colores.

Sus luces siguen iluminando el salón

con colores arcoíris proyectados en la oscuridad del linóleo,

como si hubieran decidido poéticamente hacerlo en el negro.


Aquel que fue alguna vez un cuartel militar,

hoy sigue conteniendo creatividad,

solo que diferente en su expresar.


Me imagino de nuevo, entrando en ese salón que parecía de ensueño.

Pero ahora ya no hay pies saltando en el acolchonado linóleo.

Ya no hay mochilas que se yerguen cabizbajas sobre la pared.

Ya no hay puertas ni ventanas abiertas.

Ni alguien que escuche el canto de las palomas o los pasos andar.


Sin nadie dentro, el espacio pesa más.

Los instrumentos esperando tocar

y el salón diseñado para bailar.


Pensamos que los únicos beneficiados de la danza somos los seres humanos,

¿pero y si no?

¿Y si las paredes amaban escuchar la música?

¿Y si las plantas disfrutaban y gozaban bailar con nosotros?


Y nosotros, tan inocentes,

ignorando que cuando una clase de baile termina,

también termina para el espacio que lo albergó y lo sostuvo:

las columnas que sostuvieron el techo,

el linóleo que amortigua,

y las luces que iluminan.


Así, quizás deberíamos aprender de los espacios.

Esos que no se resisten a nada

y que fluyen con la llegada y la partida de nuevas personas.

Algunos se ponen tristes, sí.

Pero solo a algunos les hace falta un poco de vida

para contagiarse y renacer.