DANZA. MEDICINA PARA EL ALMA

Por Laly Alejandra Balcazar Arevalo

lalywood.india@live.fr

IG @lalybalcazar



Gentileza Laly Balcazar Arevalo



Luego de experimentar un gran crecimiento y sanación personal a través de la práctica de la danza, he tenido la fortuna de constatar lo que nuestro arte genera en mis estudiantes, y en las personas que han ido conectando con esta práctica, a través de los años. 

En muchas ocasiones, la danza es vista como una forma de diversión o un medio para celebrar. En la realidad es y ha sido una manera de expresión de los seres humanos desde la antigüedad. Lo que el cuerpo y el ser pueden experimentar a través de la danza, en ocasiones puede ser indescriptible con la palabra, pero muy visible gracias al cambio que produce a nivel corporal y de expresión, en el día a día. 

Cuando mis estudiantes llegan a una clase de danza, generalmente suelen imaginar que llegarán para moverse al ritmo de una música y crear una coreografía, o experimentar algunos movimientos. La sorpresa inicia al darse cuenta de que, antes de llegar a esa parte, lo primero es conectar con el cuerpo, prepararlo para la exigencia que nos pedirá la danza como tal y, en esa preparación, inicia un proceso donde el universo interno experimenta mucho movimiento. Cada persona es un universo aparte, y aunque las clases son colectivas, el proceso es personal y el ritmo de cada uno debe ser respetado. Considero que ésta es la base para vivir un proceso sano y armonioso que nos permita vivir la danza como una medicina para nuestra alma. 

A medida que avanzamos, nos vamos confrontando con las dificultades; salen a flote nuestros miedos, dudas, falta de disciplina e inconstancia. Cuando el proceso se torna difícil y produce dolor, la primera reacción suele ser abandonar; o bien cuando los movimientos nos exigen més de nosotros mismos, ponemos excusas. Las clases empiezan a cruzarse con cosas de la vida cotidiana: la cita médica, el trabajo que no logré terminar, y las mil y una excusas que, como seres humanos, inconscientemente logramos encontrar para salir de allí con la cabeza lo más alta posible. 

La magia sucede cuando, a pesar de todo lo que internamente mueve en nosotros la práctica de la danza, continuamos y vamos descubriendo nuestras capacidades, conectando así con nosotros mismos. Nada es más lindo que poder mirar de frente a cada dificultad, reconocerla, aceptarla y trabajar en ella para transformarla. Cuando la danza empieza a tener efecto en nuestro cuerpo, la luz de nuestro ser interno toma más fuerza. Ésto se refleja en nuestra mirada, en nuestros comportamientos o bien, en el simple caminar de cada día: es allí donde aquel regalo de amor se hace presente en la relación que instalo con mi cuerpo, el vehículo que me permite transitar esta existencia. 

El aprendizaje es constante y la confrontación con uno mismo es permanente. Al principio, las dificultades nos confrontan internamente, pero a medida que vamos avanzando, la confrontación se amplía, extendiéndose hacia la relación con los demás: en primera fila, las personas con quienes compartimos el espacio de clase, donde pueden surgir las comparaciones; donde el famosísimo ego hace su aparición para llenarnos de dudas o, por el contrario, llenarnos de orgullo y prepotencia por ser más ágiles en la evolución de los aprendizaje que el resto del grupo. Luego, está nuestro círculo más cercano que son nuestra familia y amigos, el cual puede generar una presión por no decepcionar a quienes esperan vernos hechos unas estrellas en el escenario. En este camino también encontramos a los colegas, quienes están siempre con el ojo bien abierto para compararse y opinar. Una vez que logramos pasar por todas esta barreras y nos entregamos a nuestra danza, venciendo todas estas dinámicas que hacen el proceso más difícil, nuestro regalo de amor a nosotros mismos se intensifica; nos liberamos de todas las presiones y la danza nos permite ser quienes somos en realidad. Ella va moldeando nuestro carácter a la par con el moldeamiento de nuestro cuerpo y nuestro sentir; se entrega a nosotros como una herramienta de amor y liberación donde puedo ser, produciendo bienestar personal y felicidad infinita, y dándome la consciencia de la importancia de estar presentes y conectados con nosotros mismos.

Es maravilloso ver los procesos de los estudiantes, la transformación año tras año, donde se van abriendo como flores de un jardín sin límites. Las conexiones profundas que genera la danza son, sin dudas, el mejor regalo que la práctica de la misma entrega a nuestra existencia. Siempre he dicho que el arte es la medicina del alma: los artistas somos los médicos y cada arte es una medicina que permite que nuestro ser interno se libere, fluya y brille con su propia luz.