Por Fionna Viscido
Bailarina del Ballet Estable de la Provincia de San Miguel de Tucumán
Estudiante avanzada de Licenciatura en Psicología (UNT)
IG @ffionnaviscido
¿Cómo entender las obras clásicas dentro del sistema capitalista? ¿Podríamos pensar que el mismo incide en su alienación? Una persona sometida a constantes estímulos veloces, ¿soporta un repertorio de ópera, orquesta o ballet clásico de al menos dos horas? ¿Sucederá, acaso, una pérdida progresiva de interés en las formas de relato no inmediatas? Es importante no tomar estos interrogantes como una crítica sino como una reflexión acerca de lo que nadie se encuentra exento.
En plena época dominada por el capitalismo y el consumo, es una paradoja que los teatros se encuentren cada vez más vacíos. Mas allá de una cuestión socioeconómica, podríamos pensar que el destino de los lujos económicos ya no se encuentra destinado a pasar el tiempo en los teatros, sino a realizar una inversión, de dinero y de tiempo de ocio, en entretenimientos diferentes. La mayoría de las invitaciones al teatro, sobre todo en adolescentes y jóvenes, son rechazadas por falta de motivación, interés o presupuesto.
Sin embargo, enfocándonos en la parte de la sociedad privilegiada que aún puede permitirse ciertas inversiones en “shows” musicales y teatrales, podemos observar una elección por “lo mainstream” o bien, “lo que está de moda”. Es decir, un adolescente se encuentra mucho más interesado en escuchar música “de moda” que, a su vez, está acompañada por danza moderna.
A partir de ello quisiera abrir las siguientes preguntas, sin intención de cerrar sus sentidos: ¿Se trataría solamente de una cuestión de gustos y una coincidencia etaria en su público? O quizás, ¿estaría esto relacionado con el capitalismo, y sus estímulos constantes, rápidos y de “fácil interpretación”?
Byung-Chul Han en su libro “Buen entretenimiento” realiza una división del arte en dos aspectos. Por un lado, el “arte agradable” como arte de entretenimiento: un mero goce y una mera diversión. El autor nos dice que “el arte agradable solo sirve para un entretenimiento momentáneo, no da nada que pensar",
En este sentido, las nuevas letras de canciones, las nuevas formas populares de danza que, incluso, cruzan el límite con la sexualizacion de niños y adolescentes, no dan nada que pensar. Son una forma de arte que protege la línea de rapidez que propone el capitalismo, pero casi como una forma de imposición que se instala sin que el sujeto de cuenta de ello.
Por otro lado, desde una referencia a Kant, el autor realiza esta división del “arte agradable” y del “arte bello” y nos dice: “El placer que proporciona el arte bello no es un placer de disfrute, sino de la reflexión, al que antecede un juicio distanciado sobre el objeto".
Entonces, sobre esta idea podríamos decir que “el arte agradable” es el arte mainstream o de moda socialmente impuesto, que no da que pensar y se opone al "arte bello” que necesita de un juicio del público porque está compuesto por una trama compleja que requiere interpretaciones subjetivas. ¿Qué forma de arte es favorecida por el capitalismo?
Sin intención de cerrar sentido alguno sobre este interrogante, sostengo que “el arte agradable” se encuentra favorecido por el capitalismo en tanto proporciona un lugar de “vagancia” o bien “sin interpretación” con bailes y letras de canciones que no dan lugar a buscar otros sentidos singulares. Esto implica un resultado desfavorable y un peligro para “el arte bello”, porque es aquel que invita a pensar, a producir una interpretación propia, una comunicación que no esté previamente determinada por sentidos; una lectura singular de la danza, de la música, del cine, de las pinturas, de los libros, entre otros, en un mundo sostenido por un modelo económico que solo nos invita a consumir. ¡Qué gran esfuerzo implica, entonces, permanecer sentado durante dos horas escuchando y observando obras de repertorio complejas, como por ejemplo Wagner, o los grandes repertorios de ballet clásico de Petipa! Conlleva un esfuerzo encontrarse sentado en una sala de teatro que nos invita, por y a partir de su arquitectura misma, a sentir de una manera particular.
Esta división funcionaría como un recurso de entendimiento y no como una aseveración que busca la cancelación del consumo sobre el arte mainstream. Por el contrario, en un mundo repleto de imperativos y deberes morales son necesarias las distracciones agradables y sin sentidos propios, que permitan la cancelación momentánea de la producción de pensamientos. El problema surge cuando dicha cancelación se vuelve total en la vida del sujeto y pasa de ser consumidor voluntario a ser consumido absoluta y totalmente por esa única forma de arte.
Si bien abrir una discusión semejante repercute en separar el arte, en bueno y malo, sería un intento absurdo pretender arribar a un significado sobre el arte. Pero esta calificación, lejos de la literalidad de las palabras “bueno” y “malo”, implica la posibilidad de pensar un poco más allá.
Según Wagner, la marca de lo bueno consiste en que “existe por si mismo” y no necesita del público. Lo bueno en su forma pura, que solo se consuma en la “obra del genio”, no se acerca a la demanda de entretenimiento. Por el contrario, lo “malo en el arte” surge de la intención exclusiva de agradar. (Byung-Chul Han, “Buen entretenimiento”)
Creo que aún en el “arte bueno” es necesario el público para que el mismo subsista en la lógica del capitalismo “que vende, y por lo que vende es bueno”. Es necesario que la gente vuelva a sentir interés por el ballet y que no sea éste el que deba adaptarse a la modernidad, porque si bien todo nuevo repertorio es un incremento, “lo clásico” no debe tomarse como “lo viejo”.
Por otro lado, creo que “lo malo en el arte” (entendiendo “malo” como lo citado anteriormente) también es necesario, porque son formas de danza y de música que pertenecen a sectores con los cuales los sujetos logran cierta identificación.
Concluyo, a partir de esta cita sobre la teoría del arte de un gran maestro y compositor como lo fue Richard Wagner, que la discusión acerca del arte bueno y malo, se encuentra vigente desde hace muchísimos años, y dudo que se llegue a una única conclusión universal. Pero, ¿no es acaso preocupante que el capitalismo, el consumo inmediato y la intención del no pensar -tanto como la de hacer arte para agradar dentro de la moda vigente- nos lleve cada vez más cerca de la aniquilación de la propia producción de sentidos?
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